Transgresión es norma

Los poetas Felipe Zapico (en una fotografía de Dulce Escribano) y Pablo Neruda en un montaje de Kokotera.

Los poetas Felipe Zapico (en una fotografía de Dulce Escribano) y Pablo Neruda en un montaje de Kokotera.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Retornando a las fuentes, María Moliner inevitable, confirmamos que transgredir era y sigue siendo, amén de quebrantar, violar y vulnerar, sobre todo desobedecer una orden, ley, etc., de cualquier clase. Entrados para más precisión en las enciclopedias y en las redes, descubrimos que aplicada esa acción al mundo de las artes constituye un acercamiento a la rebeldía, de tal manera que el arte transgresor es aquel que, yendo más allá de lo establecido, nos hace tambalear el concepto de lo que para nosotros es arte tradicional. Se le hace sinónimo incluso de arte shock y hay quienes por fin se atreven a afirmar que se trata de un valor en el arte del siglo XX.

Este último dato es fundamental, a nuestro modo de ver y de pensar: la transgresión como algo propio del pasado siglo, pues en él tuvo su embrión, desarrollo y esplendor. ¿También su ocaso? Posiblemente sí, y lo que ahora se extiende hacia la nueva centuria no sean más que cenizas transgresoras que apuran al máximo el lema del gran rompedor Alister Crowley: “Haz lo que quieras”. En tal caso, de compartirse esta tesis, lo que habrá que preguntarse es cómo continuar transgrediendo en este siglo XXI, en la edad poscontemporánea en la que habitamos. Y una sola es la respuesta: hoy la transgresión pasa por la recuperación de la norma.

Frente al imperio digital de esta edad, una revista en papel, aunque sea un fanzine transgresor, es doblemente trangresión porque supone una vuelta a lo normal, es decir, a la norma de la escritura y de la lectura mediante la edición comme il faut. No podemos encontrar muestra más evidente de tal proceso que esta publicación que sujetan ahora las manos de un lector o de una lectora, en lugar de emitirse por impulsos luminosos a través de una de las innúmeras pantallas que nos envuelven y amortiguan. De este modo, si seguimos el rastro en otros ámbitos, nada tan transgresor como reivindicar la línea clara en lugar del graffiti o el vinilo frente al byte; nada como recrearse en la inmaculada blancura de las indumentarias en Wimbledon para desterrar el colorido fosforescente y de dudoso gusto que hoy visten los tenistas; nada como la lentitud contra la velocidad o la enfermedad como remedio de la salud.

Es la hora, pues, de dejar de lado esas cosas de Zapico y volver a leer a Neruda u otros versos clásicos. Mejor aún, llegado es el momento para escapar de todos esos rituales poéticos tan de moda y tan poco transgresores en verdad: performances, ágoras, vídeo-clips, procesiones, fusiones, espectáculos y otras encrucijadas de poetas con sede en los museos (que, por cierto, son la anti-transgresión). No, recuperemos como norma la lectura apartada e íntima en el sillón orejero. O mejor todavía, seamos peripatéticos, ambulemos por nuestros pasillos privados entonando versos y recuperando el ritmo perdido por la poesía transgresora que tanto daño ha hecho a la poesía. Hagamos causa de la norma literaria y del canon, nuestra guía. Y sobre todo no nos dejemos tentar suponiendo que la red es la vanguardia. Como señala Cesare Gaffurri: “Tenemos muchos genios, muchos que en 140 caracteres han logrado dominar el mundo y ganarse a miles de seguidores. Sin embargo, el tuitero del siglo veintiuno piensa o cree que, por alguna razón, es un poeta y que, gracias a 140 caracteres, ya hace literatura, y de la mejor”.

No hay términos medios y es preciso militar en uno u otro lado del tiempo, es decir, de la norma o de lo anormal. Y mear contra el viento hoy sólo es posible, como antaño, si se ha atravesado navegando el Cabo de Hornos. Todo lo demás son poses enmohecidas y, además, nos salpicamos.

Publicado en Meando Contra Viento nº 4, mayo 2014.

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Un Comentario

  1. Agustín

    Tengo sentimientos contradictorios sobre este artículo, porque estoy de acuerdo con la filosofía que creo interpretar en él, pero no estoy tan de acuerdo en algunos planteamientos de lo que el autor propone como transgresión. Por ejemplo, no creo que sea transgresor reivindicar el vinilo frente al byte ni, mucho menos, “la inmaculada blancura” frente a los colorines de los tenistas. Eso suena más a nostalgia peterpaniana -si se me permite el barbarismo, que a transgresión artística. Pero comparto el sentimiento de banalización del arte que nos domina. Respecto a la poesía, en mi caso, no suelo frecuentar los ambientes poéticos tan de moda ahora en nuestra ciudad (creo que este auge de la poesía es una reacción frente a la crisis de valores políticos y sociales, lo cual me parece muy bien), salvo que sea la presentación de un libro de un amigo. No es una postura anti nada, sino que nunca me ha gustado que me lean la poesía, me gusta leerla yo solo, en silencio y en solitario. Creo que la poesía es un acto íntimo, interno, cuasi onanista. Pero cada uno siente el arte de una manera. Finalmente, lo único que encuentro innecesario e inadecuado (que no transgresor) es citar a Zapico para referirse a Neruda. Ya se sabe lo que pasa con las comparaciones.

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