Querido diario (47)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

En esta ocasión el autor escribe sobre el discurso cervantino de las armas y las letras, dando bandazos entre el hacer política con la literatura y los versos de barro y muerte. “Puede que la literatura sirva para bien poco, pero puede que valga al menos para procurarnos algo de consuelo, para que podamos sentarnos en la escalera, algo más ilusionados, a esperar el porvenir”.

Por AVELINO FIERRO

A Carlos Álvarez, Ángel Abajo, Chuso Anderson, Peperra y demás amigos de la farándula.

Un sol oblicuo dora con una pátina de rosa frío los balcones altos de las casas del barrio de San Lorenzo. Aquí, hace rato que la sombra ha caído sobre el parque y se han dejado de oír los gritos de los escolares. El viento desapacible mece ligero las copas del abeto y los prunos. Siluetas nerviosas de los pájaros tardíos cruzan por la escena que enmarca el cristal. Persiste aún el cielo azul rasgado por finos brochazos de nubes estériles, anémicas, sin sentido; no sé muy bien qué hacen ahí, ociosas, cruzadas de brazos.

En la mesa, al lado de papeles de trabajo, se apilan algunos libros de poesía y unos recortes de periódicos atrasados sobre la responsabilidad del escritor y sobre la Guerra del 14. En este presente desabrido, recorrido por cuchillos de sombra, puede oírse de nuevo esa copla a ritmo de seguidillas que Carmen Martín Gaite cita en un hermoso libro –que es homenaje y recuerdo de Ignacio Aldecoa, escritor en aquellos tiempos ásperos, destemplados del franquismo–: “Sentaíto en la escalera, / sentaíto en la escalera, / esperando el porvenir, / y el porvenir que no llega. / Y que no llega…, / Y que no llega…”.

Vuelven los suplementos culturales de los periódicos al debate de la literatura como instrumento de cambio social, a si es oportuna la littérature engagée, comprometida; o “puesta al tablero” como aparece ya en nuestros clásicos. Julien Benda primero y, después y sobre todo, Sartre en su libro ¿Qué es la literatura?, hablan del compromiso de los intelectuales. Para Sartre ni siquiera se es libre de no escoger, hay que apostar, la abstención es un modo de elegir. “Para nosotros el escritor no es Vestal ni Ariel; corre un riesgo, haga lo que haga, está marcado, comprometido, hasta en su más lejano retiro”.

Algo así pensábamos los jóvenes de mi generación: el arte, la literatura, el escribir, eran una manera de influir. Con diecisiete años comprábamos en la trastienda de la librería los libros de versos de León Felipe o acudíamos expectantes a algún recital o representación teatral que puede que no tuvieran lugar, o se suspendieran una vez comenzados, o ni siquiera pudieran ser comentados al finalizar porque al salir del teatro habían llegado las “lecheras” con los “grises” y teníamos que caminar, silenciosos y en fila de a uno… hasta que alguien, más alejado y que ya había librado el paseíllo, pronunciaba los gritos de rigor, “¡amnistía, libertad!”, y se armaba la marimorena.

Blanco Aguinaga, Rodríguez Puértolas y Zavala en su Historia Social de la Literatura española, edición de 1987, cuentan cómo era aquel “sinvivir” del teatro.

“La censura teatral funcionó de modo tan implacable como aparentemente irracional, pero, en todo caso, de forma bien eficaz, como lo demuestra el hecho de las listas que pueden formarse de autores total o casi totalmente prohibidos. Alfonso Sastre, por ejemplo, ha estado sistemáticamente censurado desde 1967; Fernando Arrabal, desde 1959 hasta 1977; muchos de los autores más jóvenes son totalmente desconocidos para el público español. Los criterios de la censura son, desde luego, políticos, y también religiosos y “morales”, si bien esto último no quedó tan claro en los años recientes de aperturismo europeizante a través del erotismo. Aparte de una exasperante lentitud burocrática, seguida muchas veces de silencio administrativo, hay que tener en cuenta que era preciso someter a censura, para empezar, el texto de la obra, el cual podía –solía– ser devuelto con una condena de prohibición total o parcial. Convenientemente retocado y depurado, ese texto era utilizado para el ensayo general, supervisado de cerca por un funcionario del extinto Ministerio de Información y Turismo, el cual podía –y así ha sucedido en más de una ocasión– volver a censurar toda o parte de la obra, incluso hacer observaciones acerca del modo de representar ciertos papeles o del montaje de ciertas escenas. Superado todo esto, seguían los problemas. Una obra podía ser autorizada para sesión única; para representación en “teatro de cámara” o de “aficionados”, pero no en escenario profesional; para una ciudad mas no para otra, formando una casuística de estreno tan completa como irritante. Y en fin, una obra podía, sencillamente, ser prohibida ya después de su representación en público, a la vista de las reacciones de éste, del éxito, de la coyuntura política general o incluso del humor de los funcionarios gubernamentales. Por otro lado, quedaba el recurso de intentar publicar la obra no representada, con lo cual entramos en otro ámbito del mundo de la censura: la obra podía ser autorizada como parte integrante de un volumen que incluyera otras, pero no “suelta”, o a la inversa; podía también ser denegada su publicación en cualquier forma…”.

Unos años antes, en la turbia posguerra, Celaya escribía: “Cantemos como quien respira. Hablemos de lo que cada día nos ocupa… Nada de lo humano debe quedar fuera de nuestra obra. En el poema debe haber barro, con perdón de los poetas poetísimos… La Poesía no es un fin en sí. La Poesía es un instrumento, entre otros, para transformar el mundo”.

La obra de Sartre es de 1947. La hora del lector, de Castellet, de 1957; Los problemas de la novela, de Goytisolo, de 1959; La responsabilidad del escritor y otros ensayos, de Salinas, que compré hace unos días, de 1961. En la antología de poesía de Castellet leí, de jovenzuelo, con atento espíritu transgresor y de resistente, poemas cargados de futuro que hablaban de un porvenir mejor. Entre aquellos autores estaba Blas de Otero, en el que yo no podía ver, cegado como estaba por las soflamas de la calle, su obediencia al estremecimiento de la palabra, su respeto y conocimiento de la tradición poética española, su sumisión a su oficio, a “lo doloroso que resulta escribir con cuidado”. Aprendí de memoria alguno de sus poemas; aquel “árboles abolidos”, siempre me gustó especialmente, como le sucede ahora a otro joven letraherido, ¿verdad, Álvaro?

A principios del siglo XX otros poetas se alistan para participar en la Gran Guerra. La literatura deja testimonio, sobre todo, de los ingleses. Catherine Reilly ha registrado 2.225 escritores británicos que vivieron la experiencia de la I Guerra Mundial. Son recordados los 11 de noviembre en las calles de Londres por los ciudadanos, que ese día llevan una pequeña amapola roja en sus solapas.  Allá fueron Wilfred Owen o Henri Gaudier-Brzeska; para no volver.

Entre estos recortes de periódico un artículo recomienda varios libros y novelas para entender esa guerra. Y entre ellos no están los libros de Gaziel (Agustí Calvet), que son los que prefiero.

Cien años han tardado los editores en volver a publicar esas obras. Yo tengo varias en primeras ediciones. No tiene ello ningún mérito: hace años a nadie le interesaba Gaziel y sus libros de hace un siglo –con sus puntos de óxido como restos de metralla entre sus páginas y el papel amarillento– se conseguían a precio de saldo. En su Diario de un estudiante en París, editado en 1915 por Casa Editorial Estvdio, en Barcelona, narra el primer mes de guerra, agosto de 1914. En el primer día aparecen ya pasquines oficiales por las calles ordenando a alemanes y austríacos que abandonen París. Y Gaziel cuenta cómo su compañera de pensión, Mlle. Ericka, pianista, que no sabe nada, lo mira con estupor al recibir la noticia: “Sobre su canotier color de bronce, una pluma negra con reflejos metálicos se mueve blandamente. Ericka, la alemana que ama tanto París, interroga con sus ojos claros a sus jóvenes amigas de Francia sentadas a la mesa. Y la expresión de su rostro parece decir: ‘Por qué me echáis’. Después de cenar, todos salimos a despedirla a la puerta. Y sus amigas de Francia se esconden para llorar”. Líneas más abajo escribe: “Jamás pueblo en el mundo habrá ido a la lucha tan sin querer como este pueblo de Francia”.

Esos militares franceses son los que encontramos en otra de las obras de ese período, De París a Monastir”, que ahora tengo entre mis manos, mimosamente restaurado y encuadernado por mi amigo Chema. Esos franceses acampados en Zeitenlik, cerca de Salónica, en noviembre de 1915, en unas instalaciones rudimentarias e indecisas, donde todo aparece revuelto, sin ninguna simetría. Rumor, intensidad, alegría y bullicioso desorden que contrastan con el silencio, comodidad, coordinación y simetría del campamento británico, donde se encuentran tiendas grandes y espaciosas para los soldados y en las que se pueden ver en sus estanterías “poesías de Tennyson, novelas de Conan Doyle o de Wells, viajes exploradores de Stanley, relatos coloniales de Kypling, el reglamento del juego de tennis y el manual ilustrado del perfecto futbolista”. Cuando al final, entre columnas de fugitivos que se arrastran pugnando por desasirse del fango, vuelven hacia Salónica, su guía detiene el coche para que escuchen el rumor hondo, largo, grave, como de un trueno lejano, de las baterías búlgaras.

Gaziel nos transporta allí con su escritura de obligado periodista, pero sus reflexiones filosóficas, de alta política a veces, su lirismo, su pulcritud, su inteligencia para la anécdota mínima y para la categorización de situaciones que otros ni siquiera advertirían, sus descripciones con mirada abarcadora –como de urbanista, diría yo– y gráfica, nos hace ver y sentir y entender ese escenario irracional, ese mundo en bancarrota moral.

Algo parecido vemos en los cómics de Jacques Tardi; su ¡Puta guerra!, con guion y documentación de Jean-Pierre Verney, con imágenes tan duras y descarnadas que ponen los pelos de punta. Es una edición cuidadísima que compré en la tienda de Alicia, cuyo local ocupa el mismo lugar que la vieja librería en la que jugábamos a conspirar en los años setenta. O en Thomas MacGreevy, en el primer poema de su poesía completa, “Nocturno”, y que yo imagino como las palabras dichas por un joven soldado inglés, un escritor que vaga de noche, desorientado, en el frente del Somme tras ver morir a sus compañeros: “Solo, cohibido, temeroso, aturdido, / me afano en un paisaje baldío; / a lo lejos, las estrellas giran en el espacio, / a mis pies, susurra la tierra con voz queda”. Esa Guerra y Tras-guerra interrumpieron, al decir de D’Ors, como un paréntesis lamentable, la obra del Novecientos, fueron algo así como una recaída en el siglo XIX.

Llevo un buen rato escribiendo sobre el discurso cervantino de las armas y las letras, dando estos bandazos entre el hacer política con la literatura y los versos de barro y muerte.

Es noche cerrada. La luna estará llena en un par de días. Saldré a dar un paseo y veré las calles casi vacías. Sentiré a veces el reflejo de los programas obscenos de las televisiones a los que se acogen los temerosos a la reflexión, a los tiempos muertos, al silencio, enganchados a las rutinas que salvan como una religión. “La sociedad entera es una enorme sala de espera, llena de endeudados a lo siguiente”, dice Ignacio Castro Rey.

Puede que la literatura sirva para bien poco, pero puede que valga al menos para procurarnos algo de consuelo, para que podamos sentarnos en la escalera, algo más ilusionados, a esperar el porvenir.

 

  1. MARTA PRIETO SARRO

    La literatura vale para mucho, pero algunos no lo sabrán nunca. Una maravilla, Avelino, como siempre. Y un beso cibernético, también como siempre

  2. Anónimo

    Reflexión:
    No he encontrado las camperas, ni las camisas sin cuello, ni la chaqueta de pana ni nuestras barbas -unas incipientes y otras más guevarianas- pero estamos a las puertas del último estreno de Grutélipo, Melpómene o Experimental 5. Seguro que nos encontramos en el Zara, el Húmedo o en casa de Carlón, mientras esperamos a Quino,a Emiliano, y a Julio, una vez acabéis de ensayar Mar y tu-.o mejor, quedamos mañana en la librería de Jhonny.
    Como siempre: expléndido texto y muy emotiva dedicatoria.
    M. Escanciano

  3. La literatura me regaló lo que la sociedad no me supo dar. Esto es lo que fui descubriendo a partir de los quince años aunque es cierto que desordenadamente. Ella borró muchas de las mentiras sociales grabadas a fuego en mi mente como el herrado de los becerros tras su destete. Desde entonces, maestros de la literatura forjaron mi pensamiento, dejé también que los profesores sumaran otros conocimientos, sin duda también muy importantes, cómo cristalizaba la pirita, cómo se traducía el ut con subjuntivo y así miles de cosas más que condicionaron mi vida.
    Me alegra que menciones a Alfonso Sastre, un hombre generoso pero siempre desubicado en un país de nula conciencia humana. Mientras en España se le detenía, se le perseguía y se le prohibía, en Tánger luchábamos por representar tres de sus obras (por este orden: Escuadra hacia la muerte, La cornada y La mordaza) sin ningún éxito pues los tentáculos del Movimiento lo impedían. Buscábamos lo alternativo pues sabíamos que lo oficial estaba manido,

  4. Pilar

    Qué bueno, Avelino.

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