Crónica del asalto al castillo de Trigueros del Valle

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Cada verano, desde hace diez años, los habitantes de Trigueros de Valle (Valladolid) llevan a escena el levantamiento que el pueblo, muerto de hambre y cansado de sufrir, realizó ante la tiranía del señor De Robles en el siglo XVI. La propia directora de este montaje escribe la crónica. 

Por MAGDALENA ALEJO CALZADA

Compromiso, emoción y trabajo en equipo son ingredientes básicos para llevar a cabo un proyecto teatral. Da igual la forma y contenido que se quiera poner en escena, lo importante es el sentimiento de unión, de pertenencia y creencia de grupo que trabaja por un fin y bien común, en este caso, el representar un hecho histórico.

Esto ocurre detrás de las murallas del castillo de Trigueros de Valle, en la provincia de Valladolid, todos los años alrededor de Santiago, el 25 de julio. Sus habitantes representan el levantamiento que el pueblo, muerto de hambre y cansado de sufrir, realizó ante la tiranía del señor De Robles. Semanas atrás los vecinos, ahora actores, acuden a los ensayos previos y necesarios para el aplauso del día de la actuación. Unas 30 personas forman el elenco con edades comprendidas entre los 4 y los 70 años; gran variedad de saberes se mezclan en esas tablas.

Con el paso de los años, diez llevan representando Asalto al castillo, estos actores aficionados han ido comprendiendo y apasionándose por lo que supone el trabajo actoral, el hecho teatral: esfuerzo, constancia, repetición, cansancio, creación, para llegar de manera segura y exitosa al día clave, cuando las puertas se abran y el público exija su premio, una buena representación. Con ahínco todos los participantes sacan lo mejor de sí: los actores en escena, los músicos afinando los instrumentos, los luchadores ensayando las caídas, las mujeres —porque en su mayoría son mujeres— preocupándose por el vestuario, los peinados, el calzado.

Un elenco entregado, con técnica teatral, con voces curtidas por el paso de los años, en busca de la interpretación y las emociones que requiere cada escena. Estamos ante un hecho histórico donde se hace un homenaje en cierta manera a esos antiguos pobladores que trabajaban de sol a sol a cambio de un trozo de pan, que sufrían penurias y los excesos del señor, donde las violaciones a las mujeres y los castigos a los hombres estaban a la orden del día. Cómo no emocionarse con alguno de sus párrafos, cómo no encontrar la ira en algún renglón. Un texto escrito por Raúl Camino que supo en su día anotar la palabra idónea en cada momento.

Después llega la parte técnica; el sonido, la microfonía, las luces que terminan de vestir y dan espectacularidad al entorno creado. Actores y técnicos saben lo que tienen que hacer, son semanas de ensayos, de malos sueños pero están preparados y listos para disfrutar.

El mejor halago es cuando al acabar alguno de los protagonistas dice: “¿y ahora qué hago el resto del verano por las tardes?, me había acostumbrado a venir aquí…”, o preguntan con cierto miedo e ingenuidad: “¿esto engancha no?, ahora quiero seguir actuando…”. Claro que engancha. El teatro es un veneno que cuando te pica ya no sale de la sangre y te pide que representes allá donde estés, quien lo ha probado sabe de lo que hablo. Porque el teatro hay que sentirlo, da igual dónde se esté, arriba o abajo de las tablas.

El pueblo se vuelca en el acontecimiento del verano, toda la comarca acude a ver la representación de sus vecinos; se interesa por cómo van los ensayos, si se hará también este año y si estará mejor que el año pasado, “¡que mira que estuvo bien…!”

Contar con la escenografía de un castillo es un lujo que en sí mismo viste el espectáculo sin necesidad de grandes engalanamientos; el atardecer, como luz que anuncia la representación, el viento que huele a historia, en el ambiente se crea una atmósfera difícil de explicar. Huele a teatro, “¡qué bien huele…!”, se mete esa noche en las sábanas de los que asistieron al castillo, las almidona y arrulla a los que en ellas reposan.

Emocionados por los aplausos durante varios días estos actores no pueden dejar de celebrar la actuación, la inercia y la adrenalina que corre por sus venas, el veneno, el maldito veneno del teatro ha picado fuerte un año más.

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