Homenaje a la coherencia

Imagen del espectáculo "Penal de Ocaña". © Fotografía: Trinidad Osorio.

Imagen del espectáculo “Penal de Ocaña”. © Fotografía: Trinidad Osorio.

“Penal de Ocaña”, el espectáculo que Ana Zamora ha levantado sobre un texto de su abuela, María Josefa Canellada, con origen en la Guerra Civil rompe con los trabajos anteriores, de corte prebarroco. Con el mensaje de parar todas las guerras, habidas y por haber, la directora ha pasado por FETAL con el mismo sello de siempre: delicadeza, rigor, sencillez, contundencia…

Por MAGDALENA ALEJO CALZADA

Con Penal de Ocaña, Ana Zamora rinde homenaje a su abuela paterna, María Josefa Canellada, y a todas las mujeres anónimas que se entregaron en cuerpo y alma a una causa —ideológica y moral— en la Guerra Civil, durante, por y para la guerra. ¡Malditas guerras!

Bajo esta premisa, asistimos a una representación cargada de delicadeza donde de manera cronológica se va anunciando en el diario de la protagonista lo que día a día le acontecía. Enfermera voluntaria en el Penal de Ocaña y antes de llegar a él, nos cuenta su relación con los heridos, con los muy enfermos, “que saben que van a morir” se dice como una letanía en varios momentos de la obra, la relación con su futuro marido, Alonso Zamora, los pensamientos y reflexiones que Canellada hacía al final de cada larga jornada.

La protagonista nos narra sus vivencias pero, sobre todo, nos cuenta de manera directa su determinación ideológica y moral ante un hecho, la guerra, la posibilidad de marchar al extranjero dejando las penurias, el hambre, la falta de todo y la decisión de quedarse porque, como expresa en la obra, “su puesto estaba allí, con los heridos.

Nos encontramos ante una mujer que a sus veinte años es fuerte, valiente, determinante, inteligente. La actriz encargada de encarnar el papel, Eva Rufo, tiene el peso de reflejar todas estas características de Canellada y sale airosa del tema.

Una gran dicción, una buena técnica para llegar a la emoción sin que se coma el trabajo interpretativo. Acompañada al piano por Isabel Zamora, nieta del personaje, sus músicas ayudan al cambio de atmósfera, recrean ambientes o refuerzan el paso a otra escena, a otro momento dentro de la narración.

Un guion soberbio, de una alta calidad literaria, no podemos olvidar que María Josefa Canellada, discípula de Menéndez Pidal y de Pedro Salinas entre otros, fue finalista del premio de novela Café Gijón en 1954, gran filóloga. El texto entresacado de su diario personal da claras muestras de ello.

Nos encontramos con un espacio escénico casi vacío, si no fuera por el piano, la maleta del personaje, y parte del público que con la invitación de unas sillas situadas a los laterales de proscenio, pobló las tablas como si estuvieran incluidos en la escenografía de la obra. La luz, demasiado tenue en ocasiones, creaba ambientes un tanto sofocantes y de ansiedad, un objetivo, quizá, buscado desde la dirección.

En una entrevista realizada el año pasado a Ana Zamora, la directora, afirmaba que el teatro era un acto político y con este espectáculo lo deja claro: un acto político y de principios morales, añadiría. Con el Penal de Ocaña rememoramos una vez más, y siempre serán pocas, la época más vergonzosa de este país, donde se perdieron tantas vidas, tantas ilusiones y sueños rotos por culpa de la estupidez.

Nao d´Amores nos tenía acostumbrados a espectáculos con temática prebarroca: varios actores en escena, acompañados de otros tantos músicos. En esta ocasión, con un monólogo, logra la misma elegancia y profundidad que con las anteriores propuestas teatrales.

En palabras de Ana Zamora, Penal de Ocaña fue una obra compleja e incómoda en su época. No era suficientemente roja ni blanca y con una parte cristiana, que en este país se ha olvidado que eran cristianos de base muchos de ellos. Es importante intentar comprender todo aquello.

Sin duda alguna, no podemos olvidar. La memoria histórica vuelve a ser necesaria.

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