Jugábamos a no retroceder

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

Dan ganas de morirse, en un lugar tan bonito, la verdad. Giró la cara instintivamente Andrés sentado en la frontera imaginaria de butacas que separaba a las familias y amigos de la Sala 3 y la Sala 4. Un falso lago japonés modesto pero relajante se mostraba ante ellos, dando al casual reencuentro un aire chic, mundano, global, a pesar de encontrarse los dos en el Tanatorio de Eras de Renueva de León. Sonrió ella y le preguntó: ¿no me recuerdas ya, Andrés? La calle de las Ánforas. Creo que nos conocimos hacia 1975…

Los ojos del hombre se abrieron como platos. “La última vez que la vi fue en 1995. Un sábado. Saliendo del Layla. Yo llegaba con mis amigos y ella intentaba arrancar la Vespa. Su Vespa amarilla con la pegatina de Fanta en la barriga derecha… y al abrirse la puerta cada poco se oía “Barefootin”. La de Robert Parker
Se perdió dirección Lancia con el pelo al aire tras saludarme con una mezcla de torpeza y enfado mal disimulado. Una última vez bien amarga…”

—Han pasado casi 20 años, Clara, si no me falla la memoria… me dijeron que te habías ido de León y ya no supe más de ti. ¿Quién se ha muerto?

Tita Rosa. Era lo que me quedaba aquí de familia. Y ha sido una vuelta extraña. Al entrar he visto la esquela de Vicen. Era un año más joven que nosotros, ¿no? Imaginé entonces que estaríais todos por aquí. Una coincidencia muy triste que no imaginaba.

Vicen… ya sabes. La fiesta era lo suyo. Y estuvo de fiesta hasta la semana pasada. Esa que empezamos en el 89. Él se la tomó en serio del todo, el pobre. Ha dicho que pongamos la canción. Pero insistió en que fuera la versión de Johnny Winter. Ya sabes cómo le gustaba llevar la contraria.

—Sí, pero lo importante y mágico es que nos poníamos en la pista del Layla bajo la bola de espejos, nos descalzábamos y bailábamos juntos sin importar los cristales rotos que pudiera haber en el suelo. La tribu que no temía los vidrios afilados y traidores. Alguna brecha nos costó, pero vivimos esos años sin miedo, al menos. O eso creíamos. Me gustará oírla de nuevo. Es curativa, esa canción. Y remontándome a nuestros años de juegos por el barrio, en San Mamés…. ¿cómo era aquello a lo que jugábamos que nos gustaba tanto, Andrés?

—Creo que te refieres a “no retroceder”. Los dos equipos dando vueltas a la manzana en direcciones contrarias. Cada vez que tocabas a uno se quedaba en tu equipo. Cada vez iban quedando menos de los “buenos” y más de los “malos”. Podías pararte o correr hacia adelante. Nunca retroceder. Perdías si lo hacías…

—¿Te das cuenta, visto desde ahora, lo simbólico de ese juego? Es como la vida. Nos van haciendo de los suyos, poco a poco. Cada vez quedan menos de esos que sólo van hacia adelante. Los que enfrentan sin dar pasos atrás. Se van quedando solos hasta que cogen al último. Eso no era un juego. Era una lección de vida. Lástima sacarle el sentido tan tarde…

—¿Por qué te fuiste, Clara? Fue tan repentino…

—No creas, Andrés. Perímetros de oxígeno que se me agotaban. Cuando compré la Vespa, solía irme a los barrios de las afueras yo sola. Me faltaba el aire por aquí. Subía hasta los Hospitales. O me iba a los prados de La Corredera. Iba respirando así, cuando me disculpaba con vosotros y desaparecía. Pero llegó un día que ya con la moto no llegaba. Los círculos de oxígeno se me antojaban fuera de la cobertura de mi pequeña amiga amarilla. Necesité un tren que me llevase lejos, hasta la siguiente bolsa de aire puro. Y lo cogí.

—Me dejó muy mal sabor de boca que nos despidiésemos así. Sin despedirnos. Enfadados. Y dolidos.

—Yo no estaba enfadada, Andrés. Estaba cansada. Cansada de nuestras rutinas. Cansada de un fin de semana igual a otro. Cansada de bailar descalza bajo aquella bola de espejos con una copa en la mano. Sin avanzar ni un milímetro. Solo girando sin zapatos a tu alrededor, como un satélite invisible. No me quedó ni un gramo de amor para ti. Ni uno. Me fui vacía. Y llené lejos mis pulmones de aire nuevo. ¿Qué has hecho tú? ¿Seguiste con el piano?

—Aprobé unas oposiciones. Mis padres se cansaron de ver cómo me matriculaba en cuarto un año y otro. El piano está cubierto de fotos. Con la tapa cerrada. Ya lo había convertido mi madre en un mueble con sus tapetes de hilo. Aquellos tan horteras. Te acordarás bien. Cuando me fui a vivir solo ya no fui capaz de volverlo a convertir en un piano. O no supe. O no quise.

Se disculpó Andrés de forma algo torpe, avergonzado quizá al enfrentarse así al relato de su vida mientras se la explicaba a Clara, y se levantó nervioso dirigiéndose a la sala donde Vicen descansaba ya de su larga fiesta. Al entrar se cruzó con una persona que le hizo retroceder unos pasos.

Clara sonrió al ver el detalle. Se despidió atenta de las compañeras de cartas de tita Rosa y caminó hacia la salida. Subió la rampa sola. Algunas personas bajaban entonces en dirección contraria. Ella era la única que caminaba hacia la calle. Sin dudas. Sin mirar atrás. Nadie la rozó siquiera.

© José Pajares Iglesias 2014

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