Querido diario (50)

© Ilustración: Avelino Fierro.
© Ilustración: Avelino Fierro.

Dos escritores bien distintos, Simenon y Ernesto Rodera, protagonizan las lecturas de verano de nuestro autor, que llega con ésta al medio centenar de entregas de las páginas de su diario.

Por AVELINO FIERRO

Sigilosos han llegado los primeros días de septiembre. Y aunque no han acabado mis vacaciones, sé que mis planes de lectura ya están arruinados. Ahí, en los estantes, seguirán esperando Hans Castorp, Madame Verdurin, Miguel Espinosa y las innumerables notas al pie de las páginas del Quijote en la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico. Me ha faltado algo, ha sido como quedarse a medias. Como estar masticando siempre del mismo lado.

Esas –las de la lectura– eran mis apetencias cuando llegaban los primeros días de julio: a otros pecados que uno piensa siempre cometer con la llegada del calor, de indolencia y lujuria, de paseos siguiendo la estela de risas jóvenes y cuerpos bulliciosos, de oír el caer de la noche y la llegada del frescor, se unía el de la gula: leer sin sosiego hasta sentir un ligero mareo o un chasquido en los párpados. Leer perezosamente una novela, o leer subrayando con lápiz la frase erudita o llamativa de un ensayo; pero leer sin preocupaciones horarias, como un viejo rentista sin otros quehaceres.

Sin lecturas casi diría que han pasado los días de manera menos plena, menos apasionada, como un pulso casi detenido, en los que ha sacado sus réditos, ha hecho su agosto, el hastío.

Porque la lectura es una fuente inagotable de placer. Y nos compensa por todas las renuncias y rutinas de la vida tonta.

Y quizá nunca había estado tan cerca de “lo literario”, ocupado en todas esas obligaciones que conllevó la publicación de Una habitación en Europa. Pero son ocupaciones industriosas que nada tienen que ver con el deleite, el goce, el conocimiento y emancipación que supone habitar esos mundos tan nuestros, paralelos a la insulsa realidad vestida de diario, que la prolongada soledad de la lectura nos entrega.

Así que, siendo la lectura lo genuinamente literario, estos días de verano se han transmutado en paseos a la librería del editor a comprar mi propio libro para regalárselo a familiares que me iban apareciendo y a parados y perceptores de la Renta Básica de Inserción. O en comprobar en los negocios de otros amigos libreros si disponían de las postales con fotos que ilustran el libro y que hacen las veces de marcapáginas. De vez en cuando, un cierto regocijo venía de la mano de las opiniones y parabienes de algunos lectores.

Pero nada ha brillado en demasía en estos días pasados, no hubo luciérnagas titilando en las noches del verano. Si tuviera que elegir algunos destellos librescos tendrían más que ver con otros que conmigo… Recuerdo a Piedi, leyendo al borde de la piscina, preguntando por el significado de “serendipity”, como, al comienzo del Ulises, Molly le pide a Bloom que busque un libro caído que ha estado leyendo y que le explique una palabra que ha subrayado y que no entiende, “metempsicosis”. O la entrega a mi hija, que me devuelve los ejemplares de sus últimas lecturas, del Guerra y Paz en la edición del taller de Mario Muchnick. O el libro de Piglia, retorciéndose bajo el tostadero del sol de Badajoz en la guantera del coche de Manolo Cerebro.

O Sali, señalando en el callejón del Cuervo a María José, a la que yo ya conocía, y diciéndome: “Esa chica es especialista en novela negra”. Quizá esa fue la señal. Porque Simenon, una novelita suya comprada hace tiempo en librería de viejo, en cuidada edición de 1951, y con un dibujito atractivo, “vintage” que dirían algunos, en la cubierta, fue la lectura que –junto a los dietarios literarios de un poeta– metí en la maleta para llevarme a la ciudad costera en la que pasamos cuatro días.

He caminado con el personaje y he visto con sus ojos, me ha resultado cercano, como las calles empedradas de París, las tabernas y los cocheros y criadas. Y hasta contiene reflexiones que servirían para analizar cierto estado de cosas muy actuales, de esas que nos desayunamos a diario en la radio o en las portadas de los periódicos, llenas de miserias morales, corrupciones y claudicaciones. Nuestro hombre va tras las huellas de un crimen en un medio social tan elevado que en él difícilmente tiene entrada un simple agente de policía.

Están bien construidos los ambientes por los que fluyen los personajes. Y aunque el argumento no es demasiado sólido ni abundan los enigmas y sobresaltos, no parece eso lo más importante. Y se agradece, porque todo es más creíble y soportable. Como dice Chesterton de las novelas de detectives, el autor no cae en el error materialista, en el equívoco de suponer que nuestro interés por la trama es mecánico, cuando en realidad, es moral.

Igual que Conan Doyle rodea a Sherlock Holmes de una atmósfera londinense, moderna y genuina, Simenon nos mete de cabeza en una madrugada de la ciudad lívida, con el viento haciendo correr a ras de suelo un polvillo de hielo, o en la habitación de una comisaría de barrio, con una estufa de hierro y el tubo que sube, se dobla, se pierde en la pared, y con un reloj encuadrado en negro que marca la una y veinticinco.

Esos arranques nos preparan para algo que será coherente y estará por encima de lo banal. Decía García Márquez que el inicio del texto, cómo comenzarlo, es algo primordial, que en una buena novela la primera frase contiene la historia entera. Recordaba esto al inicio de cada uno de los capítulos de mi novelita –siempre certeros– que leía en mi tumbona, cerca del cronómetro de las olas.

Y también recordaba el comienzo del libro de Ernesto Rodera al ver por la arena a trotones de todos los pelajes: “Tengo cuarenta y cinco años. Peso noventa kilos. Mido uno ochenta. Hoy, después de no hacer ejercicio sistemático desde hace dos décadas, salgo a correr”. Confieso que con ese comienzo, como de breviario de autoayuda, con esa declaración de intenciones, arrugué la nariz cuando me dispuse a leerlo. Pero me equivoqué. Todo en ese libro está como centrifugado, sofreído, rebuscado ya desde el título, La obligada compañía del corredor en círculos (Menoslobos Taller Editorial, 2013). Todo aparece como después de haber hecho un viaje lejano, a Marte o por ahí, para tomar distancia de los lugares comunes de los asuntos que trata, o después de darles la vuelta para verles las dos caras. Y da igual que se trate de Sillitoe, o Truffaut, de los cómics del hombre mono o de los leotardos. Ernesto nos lo pone en el plato como un pescado sin espinas; tamizado y filtrado por la inteligencia, el humor y la ironía. Leer estas páginas es como tomarse una píldora contra los propósitos de enmienda de tener una vida distinta, más grácil y aeróbica, que nos acecha a ciertas edades en cada recodo del circuito urbano que uno repite a diario por ciertos bares y tabernas; leemos a Rodera y nos quedamos tranquilos en nuestro sillón, haciendo molinetes con los pulgares.

Ahora que en nuestras sociedades hipermodernas la desazón y la neurosis producen tantos fanáticos y, entre ellos, los que se han dado al labrantío del cuerpo, sus músculos y tatuajes, dietas y arreglos de bisturí, los desnortados que buscan la liberación personal y la autoestima recorriendo a carrera y de noche las cumbres de las cordilleras (como en esa oferta llamada “carros de fuego” que hemos visto anunciada en nuestro hotelito del Alto Pirineo donde hemos pasado otros días para quitarnos bien la arena de la playa), tendrían que saber que hay corredores-filósofos, gurús, escritores como nuestro Ernesto, al que deberían seguir. Uno prefiere la lectura y el sillón, pero obligado a elegir entre tareas que requieren cierto esfuerzo, escogería las hazañas amatorias de Simenon (presumía de haberse acostado con diez mil mujeres) a las de los récords de los triatletas.

Decíamos que La obligada compañía… es un libro estupendo, certeramente ilustrado y muy bien escrito, y en el que sólo he encontrado una errata, solitaria, aburrida, lamentándose de no poder salir a correr ni hablar con nadie. Por cierto que nuestro autor, a quien hace meses que no veo, no sé si será a estas alturas un maratoniano excelso, pero sin duda seguirá siendo un parlanchín infatigable.

6 Comentarios

  1. He subrayado y escrito la frase del cuarto párrafo en mi cuaderno de aforismos. También me encanta lo que citas de García Márquez porque me recuerda lo que sentí al empezar a leer las Memorias de Adriano, de Jourcenar. Estoy enganchada a tu diario. Muchas gracias y felicidades por la publicación.

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  2. Descubrí tus diarios a raíz del artículo de Julio Llamazares sobre tu libro «Una habitación en Europa» y los leo con admiración. Comparto plenamente el cuarto párrafo de tu artículo aunque yo añadiría a la lectura, la música. Ambas son para mi fuentes inagotables de placer.

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