
El grupo palentino El Naán ha barruntado ya la primavera y, ante la evidencia del calentamiento del planeta, se ha adelantado a construir el nido de su nuevo disco a base de barro y ramas. Pese a estar en enero, ya han nacido las crías: Versos del páramo negro. Un cancionero de poesía envuelto en voces calientes, con un vuelo musical ágil y elegante en armonía con la propia naturaleza.
Por ISAAC MACHO
El joven Héctor Castrillejo, nacido y crecido entre el barro de un pueblo palentino que “se estaba vaciando de almas y llenando de desiertos”, con 20 años, decidió un buen día ir a Barcelona a comerse el mundo. Se bajó del tren y subió al metro cuando una señora madura, de olfato fino, le preguntó:
— Tú no eres de aquí, ¿verdad? ¿de dónde eres?
—De un pueblo de Palencia.
—Ya, pero ¿de qué pueblo?
—Uf, no lo conocerá.
—Dime.
—Tabanera de Cerrato.
Ni corta ni perezosa la hechicera dama rebuscó en su bolso y le mostró al mozo, con orgullo patrio y socarronería castellana, su carnet de identidad señalando su primer apellido: Castrillejo.
El joven que venía a descubrir el océano, sobresaltado, casi muere infartado al encontrarse, de pura potra, con una aborigen de Tabanera de Cerrato. Gustavo Duch, que contó esta historia, la remata afirmando que el joven “tampoco sabía que la palabra que define su actual profesión, trovador, en catalán significa la persona que encuentra”.
El destino tiene las letras muy gruesas y, por lo visto, los dioses le tenían marcada su estrella a este joven en las cavernas del Cerrato. Con otros camaradas se agrupó en torno a la tribu de El Naán, primero en trío y luego en formato septeto, para vivir en comunidad las religiones de lo sagrado, empezando por la música, la poesía y la canción

:: Rozalén y un corazón de barro
Y ya han llegado al quinto disco, “Versos del páramo negro”, cocido a fuego lento, tras cinco años de ebullición. Once canciones, algunas originales y otras de la tradición oral como “Romance de la loba parda”, “Serenita” o “A la rama”. En esta “elaboración de repertorio”, como le gusta señalar a Carlos Herrero, otro miembro de la cabila, destacan las voces de Rozalén, Anna Colom o Greg Duveau. La cantautora albaceteña puso alma a “En mi corazón de barro”:
“En mi corazón de barro
entra el relente y el frío
hace nido la culebra
es un palomar caído.
De tierra fue hecha mi casa
tierra es mi alma de gitano
la casa la tiró el tiempo
y mi alma estaba debajo.
Con ramitas de la encina
que el viento amasa
como hace la cigüeña
te voy a hacer una casa”. (…)
La canción está inspirada en otra pieza del disco Código de barros, aunque aquí cuenta con una instrumentación más delicada para adaptarla al estilo de la cantautora manchega, que “refleja todo lo que es el tema de la despoblación y las casas en ruinas así como el trauma que supone para la sociedad la desaparición del mundo campesino”, apunta Herrero.
Se da también la circunstancia de que Letur (Albacete), el pueblo de Rozalén, sufrió su propia dana a finales de octubre de 2024 en la que murieron 6 personas y “nos pareció que había una herida común entre las casas que desaparecen a lo largo del tiempo por abandono, que se deshacen poco a poco, y las viviendas que se llevó la riada de un zarpazo”, recuerda el músico.
Esa fue el motivo de los componentes de El Naán para invitar a Rozalén, “mostrarle la canción e invitarla a que la cantara. Como ella es muy generosa, nos dijo que sí, que estaba encantada y se vino a Tabanera. Grabamos la canción y también un vídeo en el barrio de abajo del pueblo, en ruinas, y desde entonces tenemos una buena amistad”, aclara.

En este quinto viaje musical también participa Anna Colom, cantaora, compositora y arreglista de flamenco en “Coplillas de la hierbabuena”.
“Como quieres que vaya
que vaya y vaya
con una criba al río
a cribar el agua.
Está lloviendo en el campo.
Mi amor se moja
quién fuera un arbolito
cargado de hojas.
Algún día fue teja
de tu tejado
y ahora soy arbolito
desamparado”. (…)
La nueva producción musical de El Naán es una apuesta por la poesía, “algo poco habitual en estos tiempos que tiene nuestro propio ritmo y donde seguimos siendo fieles a nuestra vedad”, reivindica Héctor Castrillejo, compositor y autor de los textos.
“En estos tiempos agitados, aunque no esté de moda maridar música y poesía, creemos que es un estandarte volver a la palabra, volver a las cosas hechas con cariño y cocinadas a fuego lento. Eso es lo que llevamos haciendo mucho tiempo”, recalca.
Carlos Herrero, responsable del aspecto musical de Versos del páramo negro, destaca que con este nuevo trabajo “volvemos al origen de El Naán en formato de trío con el que empezamos hace 15 años, ya que se trata de un recital poético-musical con la poesía como hilo conductor del disco”.

:: Una tribu, las filandorras y la cultura campesina
El nuevo estreno del grupo palentino de música étnica ibérica se levanta lentamente sobre el dolmen de su poesía pero también sobre los sonidos más ancestrales de la tradición ibérica, del Magreb y de la América indígena.
Una de las emociones colectivas del estreno de Versos del páramo negro en el Laboratorio de las Artes de Valladolid (LAVA) fue la rápida conexión entre la letra de la canción “La tribu perdida” y el personaje de La Filandorra, una de las once figuras de la mascarada “Los Carochos” de Riofrío de Aliste (Zamora) cargada de voluptuosidad.
“Toqué un cuerno blanco
de un buey negro
para sumarme al sagrado oficio del pregonero
llamé a la tribu
a la tribu perdida de la que procedemos
y respondieron
¿está ahí la tribu?
Un ejército de semillas prendidas cayó del cielo
dibujando constelaciones
que aún no tenían nombre
en el suelo.
Amansadores de lobos
que dieron leche de cabra a los lobeznos
para engendrar a los perros
geómetras de la tierra
geómetras de los surcos y del tiempo
esquiladores de viñas
acariciadores de bestias
en los días de nieblas
gentes que amamantaron al fuego”
(…)
Esto no es una guerra
cultivamos la alegría la música la danza
la palabra
somos la tribu salvaje
pero calla
calla
no digas nada
recuerda me dijeron
que salvaje es
el que se salva”.
La directora de Pez Luna Teatro, Mercedes Herrero, se encargó de la escenografía de esta canción donde diez filandorras, hembras y machos de la fertilidad, saltaron al escenario con “su fuerza, su alegría, su expresividad y su estética desbordante”, algo que encendió los ánimos del público.
“Es una manera de entender el teatro, el arte, la cultura y la comunidad para celebrar una fiesta unidos. Es la mirada a los ritos del mundo rural, de la fiesta, de lo comunitario compartido”, señala la responsable artística de esta compañía teatral.

Para el artífice de los versos de “La tribu perdida”, la conexión de este texto poético con las filandorras guarda relación con “el concepto de la recuperación de las culturas campesinas desde que, de muy jóvenes, visitamos las cunas indígenas de América Latina. Allí descubrimos nuestro folclore y nuestras raíces y entendimos cómo se conectaba la cultura campesina ancestral con la idea de lo indígena”, recapitula Héctor Castrillejo.
Vuelve El Naán cinco años después. Tras su quinta sementera, continúa a contracorriente de las modas musicales. No tiene prisa, pendiente de arar y pensar, aspira a almacenar en el “sobrao” cosechas de calidad, un directo para regocijo de la mente y el cuerpo. Les conmueven los entusiastas que cantan relatos esenciales en los que creen, que los engordan, los afinan, los sienten… cortejan la memoria colectiva.
Además de Héctor Castrillejo y Carlos Herrero han segado la mies de Versos del páramo negro Adal Pumarabín (percusión), César Díez (bajo), Rodrigo J. Ruiz y Diego Quintana (violín y violonchelo), las voces del grupo musical Ringorrango y Miguel Fraile (guitarra).
