La historia de Mariano y Tomasa

Vista general de la Casa Museo de la Ribera, en Peñafiel. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Vista general de la Casa Museo de la Ribera, en Peñafiel. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Han pasado quince años desde que José Luis Alonso Ponga pusiera en marcha una visita guiada en Peñafiel (Valladolid), siguiendo la historia de Tomasa y Mariano. La tarea teatralizada de dos paisanos que cuentan a los asistentes, en la casa-museo de la Ribera, sus peripecias personales de hace un siglo. En realidad, la cultura de muchas vidas.

Por MAGDALENA ALEJO CALZADA

“Dame el albañal”, así empieza el pase para los actores y la visita guiada de la casa-museo de la Ribera de Peñafiel, en la provincia de Valladolid. Un museo de historias de vida, que este año cumple tres lustros desde su inauguración.

Este proyecto se ubica en el corazón de la denominación de origen Ribera de Duero donde confluyen dos términos, el museístico y el teatral. Si comenzamos por el primero este surge con el propósito de acercar la etnografía, las costumbres y tradiciones, de una manera diferente a la conocida hasta el momento. Como comenta el catedrático de Antropología de la UVA y creador del proyecto, José Luis Alonso Ponga, “se trataba de hacer un museo donde transmitir historias de vida y poder contar la historia de la comarca, pretendíamos crear una identidad de la zona, fomentar la autoestima a través del patrimonio inmaterial con que cuenta”.

No se perseguía hacer un contenedor de arte, de utensilios, donde el visitante de una manera más o menos pasiva circulase por un edifico haciéndose una idea de la vida a principios del siglo pasado. Nada más lejos de la realidad. Quien se acerca a esta casa se adentra en el juego de participar en un viaje en el tiempo que le conducirá por una experiencia sensorial, ancestral, encontrarse con sus antepasados.

Lar de la casa donde se mantenía la lumbre para distintos usos. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Lar de la casa donde se mantenía la lumbre para distintos usos. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

El visitante que acude hasta el edificio es protagonista en primera persona de la visita a la casa. El museo cobra vida gracias a que el público participa en el pase. Claro que hay un trasfondo museístico, al fin y al cabo es un museo, pero el visitante que busque arte que contemplar sin más, se equivoca de sitio. La intervención museística llevada a cabo con esmero, dedicación y amor, ha conseguido que este museo sea materia viva en su interior.

La guía, en el zaguán, recibe a las visitas que ya pueden empezar a disfrutar de la sensorialidad del lugar por medio de elementos como el agua que corre por el albañal, el olor que desprende la entrada, la luz acogedora, el panel explicativo que cuelga en una de las paredes y que ubica al recién llegado.

La invitación de la guía de manera directa para participar en este juego dramático comienza con la petición de que los visitantes apaguen el móvil, eviten fotos y se trasladen mentalmente a la década de 1910 aproximadamente, fecha donde transcurre la visita. De entrada, el público tiene que querer participar de esta premisa para después poder disfrutar del viaje en la representación.

Luego llegan las estancias de la casa; la taberna, la cuadra o el lagar como espacio del hombre; la sala, la cocina, como espacio de la mujer; el desván donde depositan los productos de la matanza y los fantasmas de algún antepasado que se fue dejando cuentas pendientes…pero eso es otra historia.

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Estancia de la Casa Museo de La Ribera, Peñafiel. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Viene a continuación un recorrido cargado de recuerdos para el visitante donde afloran vivencias de la infancia en muchos casos. Algunos participantes comentan: “esto estaba en casa de mi abuela”…, “me recuerda a la casa de mis abuelos…”, “esto me lo contó mi madre…”. La melancolía, la nostalgia, el recuerdo de lo pasado emociona a los visitantes, más a las personas mayores que todavía en muchas ocasiones, casi vivieron lo que aquí se cuenta. Aparece alguna lágrima o esbozo de ella mientras sonríen tiernamente por el tiempo transcurrido… Como afirma Alonso Ponga “llegamos a lo universal desde el lenguaje local, no al revés”.

Espacios vivos

Los objetos que habitan la casa: muebles, ropa, cuadros, todos ellos cuidados y tratados con mimo, reflejan la ingente labor de documentación que se ha llevado a cabo y también evidencian la selección previa que se ha tenido que hacer del material; qué elegir para cada estancia; qué coger; qué mostrar que sea significativo; qué dejar en las vitrinas sin que vea la luz, sin duda, la parte más dolorosa para un documentalista; la elección del material… Alicia Gómez responsable de Sercam, la empresa que realizó la parte museística del proyecto con gran experiencia en este campo, comenta la necesidad de crear espacios vivos para el visitante porque “el proyecto era más ambicioso tanto que se quería que fuera el centro de dinamización de toda la comarca para poner en valor la zona”. Y añade: “lo más gratificante fue el contacto con la gente que donó el material”.

El olor de cada habitación y la luz son elementos que ayudan a potenciar los momentos más íntimos del pase, una hora aproximadamente cargada de simbolismo, tradición que invita a una segunda visita para fijarse en todo lo que no dio tiempo en la primera. Me gusta que la gente piense cuando llega a un museo”, afirma Gómez, y eso se intuye en la visita.

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Utensilios que recuerdan la vida de Mariano y Tomasa. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Teatralizar la vida

Si nos centramos en el aspecto teatral nos encontramos con el matrimonio Mariano y Tomasa, moradores del lugar donde por medio de su actitud, forma de recibir al visitante, vocabulario y maneras de comportarse nos hacemos a la idea de cómo eran las personas a principios del siglo pasado. En cierto modo, en algunos aspectos nos sorprendemos por lo poco que hemos evolucionado y en otros, por lo mucho que hemos cambiado.

El trabajo actoral que implica la creación de un personaje, con las herramientas que los profesionales de la escena que encarnan a esta pareja, tienen que tener un componente de improvisación e intuición muy sobresaliente. Cada pase es un espectáculo diferente al anterior. Los actores tienen un guion marcado donde saben qué deben explicar de la casa, qué deben decir, pero hay un tiempo otorgado a la improvisación y al azar del momento que hace más rico el recorrido. Cada grupo es diferente, único e intransferible.

A Cruz García Casado, la directora teatral artífice de los pases, se le pidió no hacer una simple caricatura, una representación al uso. Al echar la vista atrás, ella recuerda que “fue apasionante el reto de dar a conocer una cultura, que yo conozco tan bien, pues he nacido a escasos veinte kilómetros de la zona. Es cierto que hay una recreación de los personajes pero no están inventados del todo; están basados en personas reales. No se quería hacer teatro dentro del museo, se quería teatralizar la vida”, aclara.

Una documentación previa, una investigación sobre el carácter castellano, el vestuario y las formas de la época, mucho más liberal que después de la guerra —“antes de la guerra se cantaba y después no”, afirma García Casado—, fueron la base para la posterior recreación.

Otra dependencia de la Casa Museo de La Ribera. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Otra dependencia de la Casa Museo de La Ribera. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

“Si vas a Peñafiel, dales recuerdos…”

Grupos concertados de excursiones, despedidas de soltero, familias con niños, asociaciones de sordos, de colegios o de jueces, turistas despistados o algunos que han sido aconsejados por amigos: “si vas a Peñafiel no te olvides de ir donde el Mariano y la Tomasa, a La Casa de la Ribera y dales recuerdos…”, insinúan.

Hasta este espacio de Peñafiel han llegado personas de todos los rincones de España, por supuesto, pero también de multitud de nacionalidades, pases con traductores, sin traductores… La Casa de la Ribera es visitada por cuantos mortales quieren saber de su pasado, para vivir el presente sabiendo que será futuro. Necesitamos saber de dónde venimos para saber a dónde vamos.

Este es un pase teatralizado donde los actores no salen a saludar. Son moradores que vuelven a sus quehaceres. No es la primera vez que alguien del público pregunta a la guía: ¿”son actores o son de verdad”? Quizá para averiguarlo debamos acudir un día a uno de sus pases.

En estos quince años el museo ha ido evolucionando y el trabajo de los actores también. Dos de ellos llevan todo este tiempo en la casa, Félix Muñiz y Magdalena Moreda, representando al matrimonio formado por “el Mariano” y “la Tomasa”. Quince años recreando un personaje. Nos parece atractivo y nos seduce la idea de los actores de Katakali de India o de la Ópera de Pekín, intérpretes que están toda la vida perfeccionando un personaje, el ejemplo castellano es este. Quince años recreando, amando un personaje, dando vida a unos moradores de una casa, invocando su figura para hacer las delicias del turista que llega a Peñafiel buscando “un museo que no es un museo, sino algo muy diferente,” como sugiere Alicia Gómez.

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Lagar donde se transformaba la uva en vino. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Una familia que crece

En la creación del personaje estos actores se han podido dar el gusto de realizar sus pequeños homenajes a sus familiares, quizá buscando una forma de hablar o de andar y de hacer del abuelo, del tío o de la vecina que se pasaba el día en la casa familiar siendo parte de la misma. Castellanos recios, honrados de corazón, con aparente carácter tosco pero de una gran generosidad, una vez conocidos.

Un trabajo de improvisación teatral que siempre está en la cuerda floja, atento a las potencialidades de cada grupo a la hora de escuchar, responder a la pregunta que se formula o al comentario espontáneo del aforo. Cuando termina la visita siempre se acaba con más personas en esta familia de las que empezaron. Mariano ha solicitado a algún joven para que vaya de mozo en vendimia, para ayudar a las labores vitícolas, y Tomasa, por su parte, ha quedado con alguna mujer para coser por las tardes mientras echan una parlada.

La casa-museo de La Ribera se encuentra en una zona donde la oferta museística es muy amplia ya que atesora museos locales o regionales dedicados a divulgar la riqueza de la Ribera de Duero, los primeros pobladores, la tradición del vino, los hallazgos arqueológicos, etc. No podemos olvidar que Castilla y León es una de las regiones de España con más patrimonio cultural, ciudades patrimonio de la humanidad, y recursos artísticos sin explotar en muchos casos. Un atractivo turístico económico, social, cultural, sensorial o histórico. La cultura, prestigio de una sociedad, rebosa en cualquier rincón de esta región.

Bodega de la Casa Museo de La Ribera, en Peñafiel. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Bodega de la Casa Museo de La Ribera, en Peñafiel. © Fotografía: Daniel Fernández Adeva.

Encrucijada de culturas

En época de crisis como esta que estamos viviendo no podemos dejar de lado algunas acciones que tan importantes beneficios económicos, pero no solo económicos. La cultura una vez más no se debe medir solo por el montante que deja en la arcas del municipio sino por otras varas. Peñafiel está en el mapa, en cierta medida, porque actividades museísticas como ésta han potenciado a la localidad, ligada la cultura del vino a otros fenómenos culturales también atractivos para el turista que recala en la zona.

Otras propuestas llevadas a cabo en la casa han sido los pases nocturnos, con el afán de atraer turistas a la zona para aumentar las pernoctaciones en el pueblo. Aquí los resultados no han sido totalmente exitosos, no por falta de interés, no por desdén de los trabajadores de la casa, ¡quién sabe por qué…! Quizá más adelante se puedan retomar las visitas y mostrar la vida nocturna de la Castilla de entonces.

Han pasado quince años, pero son los primeros, y detrás de este museo hay muchas personas, algunas anónimas, todas aquellas que cedieron sus objetos, las que subieron a los desvanes o bajaron a la bodega a desenterrar parte de su historia para cederla o donarla al museo… Estas gentes aparecen reflejadas en los cuadros diseminados por las estancias de la casa. Necesariamente, hay que referirse a Félix Ángel Martín y Roberto Díez, ex-alcalde y alcalde de Peñafiel, respectivamente, que creyeron en el proyecto.

¿Cómo contabilizar los sueños que se hacen realidad? ¿Los minutos agradables que hacen felices a los demás? ¿Los recuerdos que traes a la memoria de la gente? No figura en el PIB pero es riqueza, riqueza de 24 quilates…

Solo se pude valorar como necesaria una iniciativa de estas características cuando se combina cultura con entretenimiento, diversión con historia, teatro con museo, conocimiento con cercanía. Después de quince años la cantidad de público que ha visitado la casa, abierta todo el año excepto las Navidades, forma una nómina muy extensa. Brindemos por otros quince años. ¡Quince años, quince veces siete contando historias de vida!

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