Querido diario (51)

© Ilustración: Avelino Fierro.
© Ilustración: Avelino Fierro.

Entre lo real y lo imaginario, el autor escribe la crónica de la presentación de su libro, “Una habitación en Europa”, en una librería madrileña. Un acto al que acudió acompañado de familiares y amigos y en el que actuó como padrino un reconocidísimo escritor.

Por AVELINO FIERRO

Un cielo bajo de tormenta ennegrece la escena cuando el tren emprende su marcha. A ambos lados del vagón, en la lejanía, se mantiene la claridad de la media tarde. Llevamos días de tiempo inestable, un otoño caprichoso desconcierta nuestras rutinas. Y así, puede que luego veamos ponerse el sol en la llanura de Urueña. Antes, en el tramo en que ha de producirse el cambio de vías, durante unos minutos, tiene lugar el acostumbrado bailoteo. El traqueteo produce extraños comportamientos en los pasajeros. Yo creo que es algo beneficioso, porque si fijas tu mirada en alguien, y éste lo advierte, en algún momento aparecerá en él una sonrisa; sólo los más adustos tejen muecas de fastidio.

Algunas personas se comportan con afable resignación. Suele tratarse de una mujer gordita. Su trasero incontrolable adquiere un bamboleo rítmico, sube hacia el tronco hasta llegar al espesor de los michelines, mece los pechos enormes y en el rostro aparece el rubor. Tú, que no le quitas ojos, escudriñando el proceso, exageras el gesto meciendo un poco más tu cuerpo y sonríes, a la vez que enarcas las cejas y abres un poquito las aletas de la nariz… Y si ella es de ley, y no está con su mirada perdida en el techo, te responde con el mismo comportamiento. Pero ahí se queda todo, en esa especie de imitación o respuesta al gesto amable que tú le envías. Como la escena se prolonga un buen rato ¿qué nos ha impedido siempre iniciar un bailoteo como ese que ha puesto de moda alguna película del cine hindú, una danza del tipo bollywood que contagie luego a los pasajeros de todo el vagón?

Esas elucubraciones tontas tenía uno por no dar en pensar en lo que nos llevaba a la capital, un acto trascendental para un escritor novel, la presentación de su libro en el cogollito madrileño ante críticos, lectores, mujeres desconocidas y periodistas exigentes.

Andaba yo en esas meditaciones irresponsables y escapistas, infantiles, como las del escolar que piensa que ese día de lección mal aprendida verá, al dar la vuelta a la esquina de la plaza en que se levanta su colegio, cómo sobre él se ha derrumbado un pedazo del cielo o cómo arde el despacho del director y los bomberos y policía impiden el paso al edificio. Y, sin embargo, como el bollywod, nunca sucede.

Tenía mis motivos: mis anteriores comparecencias públicas relacionadas con la literatura habían sido un desastre. La última de ellas había tenido lugar en la presentación del libro en la ciudad de provincias en la que uno tiene su residencia.

Acudió tanta gente que yo traté de explicarlo luego hablando de una “conjunción planetaria”, como hizo aquella ministra del último gobierno socialista. Hacía calor, nos retrasamos bastante y yo leí muy rápido a pesar de que me sentía un poco mareado. Miraba a las primeras filas por el rabillo del ojo y había, sobre todo, mujeres —uno tiene su público femenino, qué le vamos a hacer— que se movían como las azafatas de un avión, subiendo y bajando los brazos, tratando de decirme algo; luego, durante el vino español, me comentaban: “Levantábamos los brazos para que alzaras la voz porque no se te oía y además, cada vez que te acercaban el micrófono, lo apartabas de un manotazo, y los movíamos hacia abajo para que hablaras más despacio”. Bueno, me consolaba pensando que, al menos, las chicas de las primeras filas habían intentado algo parecido a la imposible danza hindú.

El lugar de la presentación en la capital era una librería en la zona norte. Me reuní antes con quien me apadrinaría en aquella puesta de largo. Elegí como indumentaria unos vaqueros nuevos, camisa de cuadros azules y grises y chaqueta de marca, con un logo bien a la vista, por no parecer un paleto. Cinturón y zapatos, del mismo color; los zapatos, quizá un poco invernales, pero iba obligado a ello porque no había podido pasar consulta con el callista y sólo aquel zapato izquierdo aguantaba la plantilla de silicona. En caso contrario, el dolor me habría producido claudicación, una leve cojera.

La cuestión capilar estaba medianamente resuelta con una espuma fijadora que amainaba el alboroto de la escasez, que con el calor que yo esperaba en lo que me habían dicho que sería un sótano libresco, se tornaría levantisca, se encresparía hasta hacerme parecer un ser electrificado —como les sucede a esas mujeres a las que sorprende la lluvia al salir de la peluquería, y andan al rato arruinadas si no han podido tocarse con una bolsa de supermercado para evitar los rizos—. Apagas sin embargo un fuego y avivas otro, porque la espuma aglomeraba en parcos grupos los cabellos y hacía que la cabeza fuera todavía más yerma y tuviera cierto relumbre (con el inconveniente que ello conlleva para una buena pose fotográfica).

Decía que había quedado minutos antes con mi padrino. Aquello también era un motivo de preocupación. Le admiro —es un reconocidísimo escritor— y en un principio no pensé que iba a aceptar mi proposición, mi atrevimiento al pedirle que hiciera de presentador. Eso hizo que al llegar a la cafetería en la que él ya esperaba mis piernas mostrasen un ostensible temblor. Algo advirtió y tuvo que repetirme varias veces que me tranquilizase. Cuando me sugirió que me ayudara con un wiski, pedí uno doble.

Empecé a coger cierto aplomo y confianza, aunque nada parecía definitivamente resuelto. Hasta estuve tentado de pedirle que me llevase de la mano —como hacen mis enfermeras cuando en algún reconocimiento en el hospital tengo que quitarme las gafas— y hacer así nuestra entrada en la librería, una especie de amago a lo bollywood.

La charla, ya lo dije, iba a tener lugar en el sótano. Llegamos diez minutos tarde y todos esperaban formales. Al verlos aperruñados en aquel lugar algo agobiante, iluminado por leves luces imparciales, rodeados de libros, caí de bruces en la metáfora tonta y dije que nos parecíamos a los primeros cristianos escondidos en las catacumbas, y dado que mi presentador había declarado no hacía mucho que los aficionados a la lectura son una especie en extinción, dije que nosotros seríamos los últimos lectores, que estaríamos siempre escondidos y seríamos perseguidos por los analfabetos digitales. Que nuestra fe tendría como recompensa el martirio.

Hacía calor y empecé a sudar. Ocupé mi lugar en una sillita, a la misma altura y escasa distancia de los asistentes; casi no podía uno espurrirse, estirar las piernas. Aquello era de una intimidad ominosa. Aquel era un acto importantísimo para mí, perfectamente serio, que iba a irse al traste.

Entre aquel roce de alientos no iba a quitarme la chaqueta en un gesto de gran impudor, así que aguanté. Ahora que lo recuerdo con tranquilidad, mientras escribo viendo espacios abiertos desde la ventana con una luz tamizada y afable por el rosa del amanecer, vuelvo a sudar. No sé muy bien cómo salí airoso. Puede que me ayudase el posar la mirada sobre los familiares y amigos, apretujados y oscuros como en una patera. Los citaré y así le haré un favor a Eloísa Otero para editar este texto agrupándole las negritas: Mar —mi mujer, mi Marina Castaño—, Ramón S. y Perfecto Andrés y sus mujeres, Julio y Cerebro, Cecilia –de quien he tomado el leit motiv del baile hindú–, Roberto B., mi hermano Javier y mi cuñada Teresa, Javichu, Itziar y Miguel, Jose Navarro y María Luisa, Betty y José Carlón —que luego pasaría toda la cena hablando de los frailes jerónimos—, Konrad y María, Roberto Díez y Vicente Velázquez, Nacho Abad y una chica japonesa, Jesús Glez. Torres y una amiga, José Miguel de la Rosa, Elvira y Javier Z., un ex rector de la Complutense, lectores desconocidos y un señor de Alcorcón —lo supe luego al firmar, me lo dijo así, con aplomo, “vengo de Alcorcón”; “capital mundial del Ébola”, le faltó por añadir. Quizá esperaba ver mi reacción… pero no me tembló el pulso al estamparle la dedicatoria—, Chema Hidalgo —que llegó muy tarde porque se confundió de librería y esperó sentado en la Machado hasta que cayó en la cuenta de que estábamos en la Alberti—, J. Guereñu e Isabel… Y Félix de Azúa, padrino (del que soy discípulo, compro sus libros y predico su palabra desde los diecisiete años); Lola Larumbe, librera, y Héctor Escobar, editor.

También contribuyó a mi calma el que llevase conmigo dos talismanes, un librito de una editorial periférica que en su portada lleva la efigie del escritor creador del “bovarismo” —algo así perseguiremos siempre los plumíferos: que una palabra tuya baste para sanarte, que quede para la posteridad, que haga que puedas bailar un zapateado en el Olimpo—, y una frase anotada del argentino ciego, “la certidumbre de que todo está escrito nos anula y nos afantasma”, que pensaba meter con calzador en el turno de preguntas y que me tranquiliza porque con ella siempre se cura uno en salud. Así que me quité el peso del mundo de mi espalda y comencé hablando de algo que nos incumbía a todos, de propalar en estos tiempos digitales los beneficios de la lectura en el libro de papel (aunque en aquel momento recordé la carta de una lectora: “El autor se defiende con uñas y dientes de las nuevas tecnologías, pero Una habitación en Europa es un magnífico hipertexto).

Luego vinieron algunas citas, “quien lee vive más”, “sólo la lectura atenta y constante proporciona y desarrolla una personalidad autónoma”, “en la prolongada soledad de la lectura el tiempo nos pertenece”…

Y las de ese filósofo coreano y heideggeriano: “la comunicación digital destruye el silencio”, “el escribir colectivo de la Red es meramente aditivo”, “lo aditivo que engendra el ruido comunicativo no es el modo de andar del espíritu”.

Hablé del lector que soy, aplicado a la “casta lujuria” del leer; un lector no voraz, con muchas lagunas; un lector no “adicto” ni “insomne”. Hablé del escaso tiempo que dedico a escribir —los viernes por la tarde y eso si la luz es variada y algo eterna—. Y, por ello, de lo poco que soy de fiar como escritor a tiempo parcial. De que el escribir es un acto de soberbia. Y más un diario, la novela del ego. De que todo lo que había escrito hasta ahora había sido por encargo; que para “negro” ya estaba yo.

Di las gracias a mi presentador, le quise hacer un poco la ola. También le agradecí sus desvelos al amigo escritor que reseñó el libro con un texto hermosísimo en un diario nacional y que quiere sacarme a toda costa de la quietud provinciana. He hice algo de publicidad, como me había pedido la librera, sin sonrojarme demasiado. Más o menos las últimas palabras que pronuncié han venido a ser éstas, entrándole a la concurrencia por lo sentimental, aludiendo a las dudas, a las pupas del alma, a la pobretería del escritor:

“Pensando en mi editor y en mis libreros, voy a hacer un poco de ‘marketing’. Los críticos lo han mimado en sus reseñas. El libro se está vendiendo muy bien —pregúntenle a mi editor, que se está cambiando de casa—. Como objeto, es bonito. Ha quedado elegante: la portada es hermosa (entren en la web de su autor para ver lo que es un ilustrador como Dios manda) y hay varios dibujos míos y se regalan dos postales de las fotos que se reproducen en el libro, una cacerolada del 15M y la del poeta loco que pasará a la posteridad.

El libro está gustando, pero me asalta una preocupación. Algunos lectores, muy lectores: mi médico del estómago, una profesora de literatura, chicas rubias que se lo han llevado —en contra de mi opinión— a la playa, me dicen: ‘tu libro me ha ayudado’; ‘tenía unos días malos y me ha venido muy bien’, ‘me ha sentado estupendamente’, ‘he disfrutado y he llorado de risa con él’, ‘agradezco al autor que haya mejorado considerablemente mi nivel de endorfinas’…

Hasta alguien me habló de ‘una prosa jugosa’… Parece algo homeopático, incluso sexual. Como si yo preguntase: ‘Cariño, ¿qué te ha parecido?’. Y me respondiesen: ‘Muy bien, me has dejado muy satisfecha’. Y me digo: ¡Dios mío!, ¿no verán en mi escritura valores literarios, no verán otros méritos que esos tan benéficos que parece proporcionar su lectura? Parecen utilizar el libro como un escapulario, un espantamiedos, como una especie de farmacopea que se lleva bajo el brazo. Por ello, tengo la impresión de que las ventas seguirán en aumento, pero va a resultar que hemos alumbrado un libro de autoayuda.

Y, en todo caso, si faltasen compradores, yo tendría otra fuente de ingresos. He venido a saber que se han ido formando grupos de lectores que de forma organizada peregrinan por los bares que se citan en el libro: El Cuervo, Belmondo, Black Dog, Mongogo, Santo Martino… Hasta una agencia de viajes está pensando en ofertar ese recorrido como circuito literario y enológico. Estoy considerando seriamente la posibilidad de pedir mi comisión, no sé qué les parecerá a ustedes, pero yo creo que podría pedir un 3%, como ha venido haciendo desde hace más de 30 años gente muy honorable. Yo también quiero mudarme, cambiar de casa a un barrio más elegante. Me parece legítimo. Muchas gracias”.

Los asistentes aplaudieron larga y fervorosamente. Tomé de nuevo la palabra para agradecerles su entrega e insistir de nuevo en la defensa de la lectura clásica, en la “lectio divina”, en que no cedieran al silicio la tarea de pensar. Luego, en silencio, se ordenaron para la firma de sus libros. Advertí en todos ellos una fúlgida mirada.

Algo así, algo extraño, sucedía también conmigo. El calor y la humedad se habían concentrado tanto en el sótano que el sudor de mi cuerpo se transustanciaba en vaho. La lámpara que durante todo el acto apuntaba a mi cogote iluminaba ahora aquella especie de chamusquina, aquellas nieblas de misterio que me rodeaban y ascendían hacia el techo. Veía débilmente a través de los cristales empañados de las gafas. Cualquiera podía pensar que allí se estaba cociendo algo importante, al menos algo paranormal. Con menos mimbres se han construido, tras sucesos así, basílicas a las que luego acuden los fieles en loor de santidad.

Una sonrisa cómplice y a la vez de fortaleza, como de seres elegidos para las altas tareas del espíritu, apareció en todos los rostros. Salieron a la noche tocados por la Gracia, ungidos por la Escritura y la Palabra. Había dejado de llover. Como zombies, levitando levemente sobre el asfalto, como gráciles bailarines bollywoodianos, con sonrisa beatífica, sabiéndose elegidos, iban a dispersarse por aquel barrio de Argüelles, por la ciudad impía y corrupta, por el mundo, a predicar la Buena Nueva, el Verbo, las palabras del Profeta. Esta es, pues, la crónica, no de una muerte anunciada, sino de la anhelada Resurrección.

5 Comments

  1. El lector de Diarios busca impregnarse con las palabras del autor, verse reflejdo en experiencias parecidas o sentir el anhelo de compartir los sueños y deseos que va dejando la vida. La calidad literaria del texto lo envolverá, evitando así toda tentación de frivolidad.
    Creo por otro lado, que la lectura de un Diario, siempre acaba ayudando al lector.
    Y no tengas tanto pánico a lo digital. Es compatible. Un texto, se teclea con el pensamiento y se lee con el corazón.

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