El venerador

© Fotografía: Memoria Química.

© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS

“Amytal, Butisol, Mebaral, Seconal, Luminal, Solfoton, Vicodin y Oramorph, Don David. Según dice en la nota, cinco unidades de cada. Parece que quería asegurarse. Los envases están alineados perfectamente junto al vaso de agua y la jarra. En el mismo orden en que vienen detallados en la nota, de izquierda a derecha. Ordenado sí era, vaya…”

El secretario se seca el sudor de la frente mientras concluye el apresurado informe oral al recién llegado. David López Fernández, el magistrado-juez de guardia, va en ese momento a encender uno de sus mini pitillos de autoengaño pero la escena le deja absolutamente descolocado.

La habitación no es demasiado grande. La cama sí lo es. De dos por dos, calcula él. “Ésta habitación sólo servía para estar en la cama…”. Uno de los gatos se sube nervioso y contempla de forma severa el cadáver durante un minuto. Después vuelve la vista hacia los invasores y les mira realmente mal antes de desaparecer por la ventana entreabierta con cara de “éste muerto es mío… ésta cama es mía… ésta casa es mía… y vosotros sois míos también”.

El muerto yace boca arriba aunque no del todo. Uno de sus brazos se elevó en los últimos momentos en ese gesto cansino de rozarse la frente con el dorso de la mano que todos hacemos cada vez que nos suicidamos. Por eso ha quedado entre relajada y crispada. Se puede hacer el ejercicio de mirar esa mano parpadeando y cada vez que volvamos a abrir los ojos pensaremos una cosa diferente. Está absolutamente desnudo. En una primera inspección ocular la postura puede parecer casual, accidental, fruto del último rastro de vida consciente.

Si no fuera… por las proyecciones.

Don David queda hipnotizado con la visión. Jamás había visto un muerto tan performativo en sus años de ejercicio de profesión. “No es un muerto esto”, piensa burlón. “Es una instalación de museo de arte contemporáneo”. Cerca del techo, un venerable proyector escupe rítmica y pausadamente diapositivas en color. Siempre es la misma mujer. Proyectada sobre el lado derecho de la cama. Cuando uno levanta la vista y mira hacia ese techo, el espejo que lo cubre completamente hace que estemos en presencia de una pareja de amantes. Uno muerto de cuerpo presente. La otra proyectada junto a él. El señor magistrado, que creía haber ido a levantar un cadáver, de pronto tiene la extraña sensación de estar interrumpiendo algo. Y deja de sonreír.

La postura del acostado está ahora muy lejos de parecerle casual al señor juez. Cada nuevo latigazo síncrono del proyector pone casi en brazos del muerto a esa hermosa mujer de largo cabello rubio. La luz roja del dormitorio hace que todo lo irreal de esos dos seres que, no es que no estén en realidad juntos, sino que además no están realmente allí, torne terroríficamente palpable. Un cadáver y una mujer fotografiada. Una pareja perfecta como pocas se han visto. Le llaman la atención a Don David especialmente los ojos de él. Abiertos como si hubieran sido lo último en morir, barnizados ya con baba de caracol, replicando en la retina quien sabe si aún receptora de algún tipo de información una tras otra las imágenes escupidas por la máquina.

Y entonces, en medio de esa escena de fascinación, aparece de nuevo el secretario. Con la urna. Y con el libro grande.

“Señor juez, éstas dos cosas también estaban junto a las pastillas y la nota. Esto parece una urna funeraria. El libro no lo hemos mirado aún”

Toma el magistrado los dos objetos con cuidado. Deja sobre la cama el libro y mira la vitola metálica de la urna. Una leyenda que le resulta algo incomprensible dice “Yace aquí reducido a polvo todo el Universo. 1968-2011”. Toma entonces el libro. De gran formato y pastas duras grises. El título, troquelado en un elegante bajorrelieve dorado, reza: “Atlas de ti”. Al abrirlo retorna a su rostro la intensa fascinación que le ha abandonado de forma momentánea con la interrupción de su asistente. Es, en efecto, un atlas. Detallado. Minucioso. Hecho con mimo supremo. La labor de alguien apasionado, no por la geografía física del planeta, sino por el cuerpo humano. Por uno en concreto. Por el mismo que brota del techo rítmica y pausadamente para acostarse junto a quien ya ni siquiera se siente yacer. Don David pasa las páginas del atlas como lo hacía en los días de colegio pero no es Oceanía ni el Danubio o Yugoslavia lo que encuentra en esas hojas editadas con tanto detalle y cuidado. Hacia la mitad halla un sexo femenino abierto y sonrosado que parece emerger como aquellas cordilleras tantas veces repetidas en la infancia. Una mano descansa sobre la ingle como una península, conformando un paisaje armónico. Un poco más allá, el pecho fotografiado desde un lateral recuerda poderosamente orografías casi olvidadas que ahora repican de nuevo en la memoria salidas de ninguna parte. Los glúteos, dunas orgullosas que esconden sombras que se presumen oasis. Los hombros, cumbres alcanzables, ávidas de escaladores valientes. Y los nombres a pie de página o en los espacios para la latitud y longitud. Todos esos nombres evocadores que al leerse en voz alta traen la sonrisa al rostro del juez y le fuerzan una vez tras otra a dedicar miradas cómplices a quien yace en la gran cama. “Desfiladero del melocotón”, “Gruta de la perla”, “Isla de Perdición”… pasa Don David un buen rato estudiando Geografía mientras su secretario habla con un vecino a varios pasos. Ella murió hace tres años. Él casi no salía ya. Estaba aquí con los gatos y los recuerdos. Tenía una cosa grave en el corazón. Con esos ecos y los objetos que manipula en ese momento, el juez se va haciendo una idea clara de la situación. Entonces recuerda que el hombre dejó una nota y se la pide al secretario.

“El tiempo de los descubrimientos fue lo mejor de la vida. Cuando creía que había alcanzado el último manantial tras la última de las selvas aún mi boca se refrescaba agradecida en uno nuevo. Todo fue aventura pisando ese terreno que nunca pretendí virgen. Me bastaba con que nadie lo hubiese visto antes como yo. Las cascadas, los montes y los ríos. Las simas y las cumbres. Estaba todo aquí. Emprendí tantas expediciones que al final perdí la cuenta. Siempre era excitante el primer paso. Y no saber si habría un destino o una catástrofe. Otra cosa hubiese sido turismo. Y no era eso. Nunca lo fue. Ésta mujer fue origen, camino y destino. Aprendí a sentir el latido de la Tierra tan sólo con mirarla. Lo que palpitaba en su vientre conforma el magma del núcleo. En sus brazos arbóreos me dejé acunar y todas las fallas, los glaciares, las estepas, los desiertos, sabanas y junglas me fueron desvelados sin salir de éstas cuatro paredes. El fin de esa Tierra amada que nunca terminé de explorar fue mi fin. Los años que he sobrevivido al cataclismo último los he dedicado a recostarme junto a ella y a completar el atlas. Cuidad de los gatos. Respetad el libro…”

Vuelve el secretario con cara de preocupación al observar el rostro de profunda tristeza de su superior tras leer la nota. Le pregunta entonces tímido si sabe ya cual ha podido ser el motivo del más que probable suicidio.

López, como en trance, casi mecánicamente le contesta: “Hay que encargarse de esos gatos. Es imprescindible eso. El libro debería de estudiarse en los colegios. Y si no fuera poco profesional diría que ha muerto de muerte natural. Con las pruebas a nuestro alcance, lo natural es que haya muerto.”

© José Pajares Iglesias 2014

  1. Piedad Suárez Montiel

    Mis ojos han de parecerse, aún, a los de él: intentaré pestañear.
    ¡Qué bueno!

  2. El Pájaro

    Deslumbrante, para guardar en la memoria y usar en días de desconsuelo.

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