La última cumbre

...

¿Cómo habría sido mi vida si no hubiera ascendido ninguna cumbre?”. Es lo que se pregunta el narrador de este relato mientras asciende “por la cara norte al techo del mundo”.

Por KATI BELLO

El sol despuntará y acariciará alguna arista tras la cara este. Pronto habrá desflorado toda la cordillera y como un espejo de luz la devorará, multiplicado los matices y perfilando el horizonte.

Estoy ascendiendo por la cara norte al techo del mundo.

Si miro hacia atrás, cada montaña que calla, cada cordillera que silva en mi memoria, son solo el camino lento, meticuloso hacia esta última cumbre.

Ajusto los cordones de las botas mientras desalojo el dolor.

Aparece siempre, aquí, al principio de cada travesía. Vuelvo a ser niño huyendo de los golpes, sorprendiéndome de la preñez de nieve al amanecer hasta que miro desde la cima lo que he abandonado, y entonces desaparece.

Estoy sereno, clavo los bastones e inicio la marcha.

Otros picos, otras crestas, otras lomas, con texturas y vegetaciones diferentes pueblan mis recuerdos. Los subía para huir, pero sin la necesidad de huir, y sin embargo huyendo en una escapada hacia delante sin mas objetivo que el puro placer del ascenso. Un placer que me acompaña ahora.

Sin embargo con todos estos valles como vasijas de luz bajo mis pies, pienso ¿cómo habría sido mi vida si no hubiera ascendido ninguna cumbre?

¿Rutinaria? ¿Viendo crecer los cultivos año tras año?

¿Trashumante, caminando entre reses?

¿La de un venado defensor de su territorio expandiendo su progenie?

¿La de una abeja libando en los nectarios?

Hoy es el último día del último tramo de la última cima. He dejado atrás los cadáveres de todos esos hombres y mujeres que me enseñaron a caminar sin equipaje; a sobrevivir perdido entre caminos; a proteger la montaña en cada piedra; a interpretar el sonido que rebosa y brota por sus desfiladeros…

Me adiestraron para sentir lo poderoso y lo umbrío, lo que esta más allá, lo que no vemos.

Allá abajo, el primero, el de madre. La escarcha lo cubre…

Me enseñó a caminar, a manejar el silencio…

Tiemblo.

Mis vísceras se contraen…  el vacío delante…  como aquel día…

Una caída interminable por el desfiladero más largo de mi vida; luego el torniquete, la semi-inconsciencia y después el dolor implacable durante horas…

¿Sobrevaloré mis fuerzas? ¿Herré en el cálculo?

¡Quizá fue aquella prisa extraña! deslicé un crampón por la roca, rompiéndola, mutilándola.

¿Fue la atención sobre ese fragmento? o ¿fue la culpa lo que me arrastró pendiente abajo?

Algunas lesiones nunca mueren. Son como las erupciones de un volcán que duerme pero que si despertara podría alejarme de la montaña años, tal vez para siempre.

Desde entonces me sobrepongo al vacío…

No temo a la muerte, no dejo nada, nada me pertenece y nada ocurrirá si caigo al vacío o si alcanzo la cumbre. Tomo aliento, apuntalo el piolet y sigo adelante.

Hace ya algunos años que mi último compañero se dejó caer ladera abajo según le abandonaban las fuerzas. Volví a buscarlo zigzagueando por entre los terraplenes. No lo encontré.

Reconozco su cansancio. Está en mí ahora. He sobrepasado el mal de altura. Me siento.

Pliegues rugosos, cedazos oblongos, almohadillan mis pies, la respiración baja.

Es el último día del último solsticio de mi vida en que es posible para mí alcanzar esta cumbre. No sé si lo lograré. No temo pernoctar. No sé si llevo oxigeno pero he construido a lo largo del tiempo el hábito y la disciplina del que no puede dejarse traicionar jamás por la inprevisibilidad y sé que solo el tiempo y la gran dama sobre la que trepo lo decidirán.

La vieja brújula me acompaña siempre.

Enseñé su polaridad imantada a todos cuantos quisieron acompañarme en los ascensos cortos, pero en realidad la he guardado siempre solo con la certeza del que sabe que algún día construirá su casa o elegirá su tumba gracias a ella.

Una vez me hice tatuar su rosa de los vientos en el pecho pero nunca he sabido con exactitud cuando se metió en mí su orientación y me sometió a ese orden para siempre.

Ya no es necesaria para mí. La llevo porque aún no he elegido esos lugares, ese lugar…

Recuerdo la bruma de aquellos días que parecían interminables, dormíamos vestidos con la tienda abierta para evitar la condensación, el cansancio físico se acumulaba volviéndonos torpes de movimientos, y solo aquel claro durante unos instantes me la enseñó, la estrella polar. Desde entonces sé exactamente dónde está cuando amanece, aunque no la vea, y sé exactamente dónde aparecerá cuando oscurezca.

Antes me costaba siempre distinguirla, como si toda la bóveda celeste se fuera a desplomar aplastándome antes de encontrarla. Dudaba teniendo que renunciar durante días a la marcha.

Muchos años antes tuve que imantar entre los torrentes tumultuosos de los monzones una hebra de metal. Aún la llevo también dentro del saco, mi primera brújula. Pero nunca he vuelto a imantar ese pequeño filamento que todavía forma parte de mi equipo por indolencia. La indolencia con la que permito que me invadan  los recuerdos.

Ajusto las correas de cada crampón.

Ahora cruzo los pasos, zigzagueo, Espero con añoranza la sensación de la primera vez: la piedra, su poder, tiraba de mí al son de ese crujiente ritmo como el que baila sin objeto, por el puro placer de bailar, con esa música que brota y solo tú conoces y persigues hasta fusionarte con ella, con ellas, con todo…

Quise tener a alguien con quien bailar, con quien vivir. Y apareció, fue como aquella tormenta en el cono sur, brutal, tempestuoso, inevitable… Luego una suavidad perlada y húmeda nos envolvió durante años. Pero siempre aparecía aquel iceberg a la deriva flotando entre nosotros, fragmentándose, lacerándonos, hasta que nos rompió.

Deseaba tanto permanecer, me parecía tan seguro, creía que me hacía inmune a todo, a todos. No podía escuchar o ver nada, solo esa certeza en mí era mi asidero.

Pero el hielo no se disolvía nunca entre nosotros y finalmente fue dentando una a una las ramificaciones de mis extremidades. Perdí precisión, sensibilidad, hasta que finalmente lo acepté como se acepta la congelación y la pérdida de una falange y la soledad volvió a ser en mí una rutina.

Y sin embargo, mientras iba perdiendo movilidad, mientras mis dedos dejaban de ser míos, sabía que esa no era mi vida. Yo pertenecía a ese y a otros paisajes como éste por el tiempo que ellas, las estribaciones de las cordilleras, quisieran darme.

Y ahora ya no puedo concebir más sala de baile que las paredes y aristas de roca, ni más zapatos de salón que los crampones, ni más guirnaldas que la madera de mis piolets en todas sus longitudes y grosores y perfiles.

El perfume de las tundras me seda, envuelve mi garganta y se desliza viscoso hacia el estómago. Ya falta poco. Saco mi hornillo y algunos útiles para calentar algo.

No he sido nunca partidario de dejar huellas a mi paso. Estas cuerdas que tendí en mi juventud como un tendón entre fallas verticales intransitables de otro modo, eran lianas de mi deseo de reconocimiento.

Pero ahora sé que todo cuanto he aprendido no servirá a nadie.

Subí al cerro de mayor distancia al centro de la tierra. Un lugar muy venerado. Me dejé acunar por las fauces de la popularidad aunque en mi interior esta solo era otra cima más…

Asumí  la responsabilidad de guiar a otros por senderos a veces desconocidos también para mí.

Era el tiempo de la admiración por mi poder físico. Las alabanzas por los logros eran la cuerda que me unía al mundo, y que engros tanto que me hizo ser algo distinto de lo que yo realmente era, llegando a asfixiarme por completo, pero eso también pasó y volví a vivaquear solo en las lenguas de hielo y a  aceptar los castigos inevitables en los tramos de alturas superiores hasta paladear el placer inútil del que sobrevive.

La temperatura de mi cuerpo esta bajando. Empieza a caer la luz.

Creo que solo las ocasiones en que he oscilado suspendido frente una pared vertical hasta clavar las cuchillas en algún bloque son realmente las únicas huellas que quedan de mí sobre la tierra, las únicas que perduraran tras mi muerte.

Siento el frío como un reptil enroscándose en el cuerpo. Todo es posible a esta altura. La nieve irrumpe. Me envuelve. Me ralentiza, la hipoxia empieza a ser dolorosa.

Debería volver pero algo en mi interior enlosa a contraluz todas las cumbres a las que he subido convirtiéndolas en una única cordillera, ésta. Ésta es en la que habito. Ésta, es ésta. Ésta en la que deseo desvanecerme, desaparecer…

El gran depredador de las lesiones antiguas ha despertado. Comienza a devorarme. Estoy atravesado la zona de muerte.

Mi capacidad de retorno es casi imposible.

Podría intentarlo pero los pies siguen su curso…

Podría postrarme ante un dios como los otros hombres, no tengo… solo la tierra… el suelo…

La despreocupación golpea como una ráfaga de viento…. Suelto peso… Oigo como el piolet, parte hielo ajeno a mí…  El golpe que abre… El ruido que astilla…

Continúo…

Mi niñez se agarra a mí… El  terror vuelve a asirme… Es de noche… Me descubro el pecho… palpo la rosa…

No recuerdo mi nombre…

La nieve es un susurro, una nana, asciende lejana desde la aldea de mi nacimiento…

Me vuelvo…

Busco la estrella…

No recuerdo el nombre… Al norte… Su luz….

Esta mañana se ha descubierto dentro del que creíamos el último trozo de hielo célibe una rosa de los vientos.

Está tatuada en el pecho de un hombre, un montañero.

...

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