Querido diario (55)

© Ilustración de Avelino Fierro.
© Ilustración de Avelino Fierro.

El autor tiene un artículo pendiente, que se va al traste, hace repaso del año que termina y… no sabe qué anotar. Un libro de poemas de Zbigniew Herbert destapará los recuerdos “vagos como pavesas que se deshacen en el aire”.

Por AVELINO FIERRO

Sobresaltado –una pesadilla, un espasmo de dolor, el vértigo del tiempo que anuncia el final de otro año– me despierto muy temprano. Voy sigiloso a la parte alta de la casa y trato de escribir. Tenía pendiente el redactar unas notas sobre el viaje que habíamos hecho a Oviedo para presentar el libro, pero en la mesa de trabajo, al lado de papeles, expedientes, un poema de Gil de Biedma copiado a mano para Marta, minas para lápices, una pila de discos compactos, el folleto animado sobre los tejados de París y la estatuilla del lector ensimismado, está el libro de poemas de Zbigniew Herbert y mis propósitos se han ido al traste.

Era noche cerrada cuando comencé a leer. Ahora, amanece.

El libro es una antología. Poemas que nacen en 1956, que hablan de bosques ardiendo o de un muchacho muerto en la batalla que yace con el amargo óbolo de la patria bajo su lengua entumecida; que atraviesan cielos de barriada o nos describen a un traductor que se hunde como un abejorro zampón entre los libros y sus hojas como pétalos, y enseña luego su nariz amarilla de polen; que nos muestran una ciudad en una llanura lisa como una lámina de hojalata –copio una frase,“entre los céñiglos de la tarde”–; que nos llevan a suburbios con casas de sienes hundidas o a descubrir que el alma nos abandona a veces en vida y vuelve para sentarse frente al espejo a cepillarse sus enredados cabellos grises; también nos dicen que al mirar una vieja fotografía de un muchacho inmóvil vuelve agosto y los pájaros, y resuenan los grillos, el olor de cereales, olor de plenitud.

Al final del libro, el poeta, ya viejo para llevar las armas, ejerce de cronista del último de los asedios cuando, en diciembre de 1981, se declara el estado de guerra y se disuelve el sindicato Solidaridad. Al leerlo, recuerdo que estábamos en Gdansk un primero de mayo de 2013. No supimos llegar a los astilleros porque los caminos estaban cerrados con verjas encadenadas en un día de fiesta. Veíamos a lo lejos las banderas como cabellos al viento prendidos en las altas grúas de los muelles.

También a mí me gustaría ahora traer aquí al menos los recuerdos de este año que ahora acaba, recuerdos vagos como pavesas que se deshacen en el aire, pavesas de los pequeños incendios que han consumido un poco más nuestras vidas, nuestros diminutos instantes. Y no sé qué anotar. Quiero ensimismarme y hacer memoria mirando al cielo a través del ventanal, pero vuelvo a bajar la persiana y enciendo de nuevo el flexo: ni nubes, ni vientos, ni pájaros en los tejados; nada me ayuda en este día absurdamente benigno de invierno. Dejo que suenen como un bucle las notas del piano del tercer movimiento de “Copenhagen Dreams”.

Vuelvo la vista a mi mesa, mi pequeño refugio de intensa soledad.

Todavía está en ella esa papeleta encarnada de la rifa de las Juventudes Comunistas con la efigie y las palabras de Gramsci; hago rodar el tintero que tantas veces he dibujado y veo que su tinta “black indian” se está secando; también sigue ahí el pequeño recorte en blanco y negro del abrazo de los amantes de la película “2046”, prendido en lo alto del bote de lápices como una banderola que airea y grita su pasión.

Y en la mesa y por el suelo, los pequeños zigurats de los últimos libros apilados.

Veo a Josep Pla y las páginas de su último diario que están llenas de los vientos que recorren la comarca –tramontana, gregal, garbino, mistral, la scirocatta (que deja una atmósfera amarilla, irreal, casi anaranjada, neblinosa)– y del frío de su cama, de su insomnio.

Veo las palmeras escuálidas de la tierra de Pedro Serna dibujadas en su felicitación navideña. Recuerdo todos los momentos de la amistad que han seguido a la publicación de Una habitación en Europa. Recuerdo también el duelo y el rastro negro, esa mancha que vamos a estar ya restregando para siempre –pegajosa como una catarata que nubla la mirada y deja un graznido de pájaro carroñero en los ventrículos del corazón– de las muertes de los amigos (“así la muerte, siempre áspera y temprana”, dice el verso de José Antonio Llamas).

Veo el poema de Mandelstan que he fotocopiado para releer: “Insomnio. Homero. Velas desplegadas…”.

Sé que en esta revista de al lado los versos se describen como una serpiente que muerde el corazón de los adolescentes y, en otra página, José Cereijo habla de la música que suena mientras escribe. La música –esa riqueza invisible y sin peso, nos dice– que acompaña a las vidas de mis hijos.

Pienso en el próximo viaje a París, con Cecilia, quizá en el otoño. Estamos leyendo libros, mirando viejas fotos, descubriendo poemas. El último, de Tomas Venclova: “a la vuelta de la esquina, la arruinada Place des / Vosgues, / un alado genio de jardín, un balcón, / arcos inestables reforzados con maderos, igual que / en Uzupis. Un labrador adormecido / cincela la calzada. En el aire sofocante / una golondrina dibuja el contorno de un rostro…”.

Recuerdo que para esa charla sobre el libro anoté las palabras que un parisino, Léon-Paul Fargue, le diría a un joven discípulo para escalar la montaña que separa el valle del papel en blanco de la meseta de las hojas ennegrecidas: “Sensible… Perseverar en ser sensible, infinitamente sensible, infinitamente receptivo. Siempre en estado de ósmosis”. Siento también el murmullo de otras escrituras.

Recuerdo al zorzal en la espesura del bosque anocheciendo. Las nubes sobre las peñas enrojecidas de hayas. Y atardeceres.

Casi diría que ahora os siento a todos vosotros porque hacéis soportable la vida. Siento otras soledades en los pisos altos, en sótanos mal iluminados, en las buhardillas. Una soledad como la tuya que ahora despierta y hace que vibre este día estático y absorto, que parecía perdido, cuando veo que se alza en el aire para pelearse con las esquinas del viento.

2 Comments

  1. La sensación de querer escribir sobre un tema y tu mente que te lleva por caminos diferentes, me recuerda a los seis personajes de Pirandello queriendo tomar ellos la independencia de su vida. Me gustó mucho la entrada ;) Saludos.

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  2. Recuerdos e instantes, páginas en definitiva de ese diario de la vida, quizá y tal vez por las fechas, algo más impregnado de melancolía.
    Piensa que con ellos también tú te incorporas a nuestro bagaje. Así, si estuviera hablando de los míos, recordaría la lectura de “Una habitación en Europa” y sobre todo, el descubrimiento de Avelino.
    Saludos desde Albacete.

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