Las cinco flechas de su haz

© Fotografía: Memoria Química.
© Fotografía: Memoria Química.

Por JOSÉ PAJARES IGLESIAS 

Arriba, España….

La mujer acaricia las piernas en sentido ascendente. Serpentean sus manos la cara interna de los muslos y en el instante exacto en que toma con sus cinco dedos el falo pronuncia la última sílaba del nombre del país. Responde obediente el soldado de carne entre sus manos mientras ella ríe absolutamente satisfecha por el poder de su verbo y el no menos efectivo de su dulce tacto. Mira el rostro de bronce que corona ese despertar casi coincidente con el amanecer de Madrid. Un rostro a menudo granítico, cincelado por una cascada incesante de ideas que le alejan del mundo y sus placeres. Un rostro que no cede a lo fútil ni se abandona jamás a la molicie de la carne sudorosa. Por eso la princesa roja celebra su triunfo. Ha conseguido con el gesto y la palabra erguir y, lo más importante, hacer prisionero, a un deseado enemigo que en otras ocasiones se había sabido defender mejor…

“Lo que más me molesta del señor marqués es que, llueva o truene, nos azote el viento o nos atrapen las sábanas revueltas de una habitación de hotel en las batallas más divertidas, el señor marqués nunca se despeina. He de enseñarle al señor marqués a perderle el respeto a la vida de éste modo. Porque no todo va a ser esquivar plomo o cuidarse de las calles oscuras… señor”.

La habitación mira a la arteria madrileña en los meses previos a la guerra civil española. Una arteria que hierve entre himnos y banderas de color sangre y pólvora. Una que ahora se llama Avenida de la CNT y que durante muchos años llevará el nombre de ese compañero de alcoba de la princesa, aunque él no vivirá para verlo. El del pelo inamovible, como las ideas que habitan bajo su perfectamente planchada superficie. El del cadete obediente en manos de la princesa roja. El de aquel que ha abandonado su cuerpo y casi su alma a los cuidados de esa mujer extranjera, dejando su camisa azul tirada por ahí, con las cinco flechas de su haz bordadas en rojo.

Juega la mujer con el sexo agradecido de Primo de Rivera en su mano mientras divaga perezosa sin mucho ánimo para emprender un nuevo asalto de carnalidad en el albor del día. Y le habla como si no estuviera allí, como si toda esa sangre despierta y joven y alerta ya le fuese ajena. Como si el propio deseo de ella, intenso y real, no fuese tampoco demasiado importante. “Si el jefe del fascismo español fuese mañana martirizado España perdería menos que yo. Moriría éste hermoso bastión con el resto del joven caudillo. A lo mejor lo convertirían en una reliquia ambulante y procesional, como el brazo medio podrido de la monja Teresa o esos trozos de cruz o de túnica de Cristo que viajan de pueblo en pueblo para ser adorados. Es una mala idea que esos milicianos de la FAI o esos ruidosos comunistas me arrebaten esto, señor marqués. Me confieso egoísta, pero elijo tu vigor antes que el llanto al que me condenaría tu sacrificio prematuro….”

José Antonio hace como si sonriese. Jamás las comisuras de sus labios han llegado mucho más allá. Al menos no en sonrisas. Sí quizás buscando ávidas las fuentes del placer y la sabiduría en el recorrido iniciático e inédito por la piel de Elizabeth. La mujer del embajador rumano había provocado en él una revolución que hacía palidecer de forma descarada e insolente la que él soñaba para su patria. Y ella reía mientras bebía cada contenido disponible de cada copa. Y hablaba a voces y le provocaba sin recato en lo carnal y en lo político. “Ay mi pobre fascista ingenuo. No os conformáis vosotros con hacer política. Pretendéis escribir la Historia. Pero la res bravía que ansía embestir al destino y salir victoriosa dobla la testuz mimosa y dócil ante mí, una extranjera roja descarada. Descreída. Temerosa y enemiga de todo aquello que amas y defiendes. ¿Qué pensarán tus abnegadas compatriotas si llegan a saber que todo aquello que gritas cuando las arengas se deshace entre mis brazos en la primera caricia?”. La voz de la mujer permea la piel de José Antonio. Se incorpora y la mira. Ella sabe entonces que ha conseguido apartarle aunque sea un instante de su inexorable y trágico fátum, ese que a los ojos de ella le engrandece como a los antiguos conquistadores. Tiene entonces la sensación de rozar algo que no envejecerá. Una piel efímera, incendiada en cada encuentro. Una hoguera. Ve al hombre equivocado. A aquel que se siente realmente depositario de todo aquello que importa y permanece. Le sonríe porque sabe que no puede convencerle. Tan solo vencerle en pequeños asaltos secretos y privados. Y le deja irse de ella disfrazado de patria y de grandeza. Sin mirar siquiera cómo cierra la puerta para siempre. Prefiere recordar su desnuda piel cautiva que su espalda azul vestida. Meses después él doblará sus rodillas ante un pelotón de fusilamiento en la cárcel de Alicante. Su rostro imperturbable se crispará con el recuerdo de la mujer que le acusaba de no despeinarse nunca. Porque un mechón de pelo le incomoda en el último instante. Unas desagradables cosquillas en los ojos. Y la fatalidad de las manos ensogadas a la espalda. A esa hora, tras una ventana rebañada sin piedad por un aguacero insaciable, en Londres, Elizabeth siente un profundo estremecimiento.

© José Pajares Iglesias 2015

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