“Los árboles solitarios. Una hermenéutica del amor y los árboles”, de Alejandro Tarantino

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Los árboles solitarios. Una hermenéutica del amor y los árboles
ALEJANDRO TARANTINO
Ed. Devenir. Madrid, 2015

Reproducimos el texto de presentación del primer poemario de Alejandro Tarantino (Laredo, Cantabria 1963), leído por la escritora y poeta Marifé Santiago en la librería madrileña “Traficantes de sueños” el pasado 10 de abril de 2015.

Por MARIFÉ SANTIAGO BOLAÑOS

Como en la antigüedad se entregaba el símbolo, Alejandro Tarantino nos dona el mapa para entrar en este bosque. Una ayuda para perderse en la soledad, esa que la escritura preserva como el más intenso de los dones: el filósofo busca, el poeta encuentra —escribe María Zambrano.

Los poetas callarán que ha muerto, yo, no diré nada. (p. 89)

El poeta calla, y la lectora deja entonces que sea el pensamiento poético quien la guíe: desea, en su búsqueda, hallar. Sabe que ha de ocurrir si se sigue la intuición de las páginas que van y regresan, que deciden el sendero: quiere llegar al templo, al calvero sagrado, al claro donde este laberinto hunde su origen en las entrañas de la Tierra-Siempre (como los árboles) y escapa de lo oscuro hacia la luz llevándose ya su secreto. Memoria, resurrección y vida una y otra vez: Deméter, Perséfone. Eleusis: soñar la vida antes de que llegue el Tiempo a decidir fisuras lejanas, en las que los puentes no tengan ningún valor.

(recuerdo la veneración y el terror, el misterio material de los bosques femeninos: las mujeres no mueren, se transforman en la noche, en árboles sin el peso arquetípico del ánima, bosque que habitamos nos como brocal en nuestra lucha por la concordia). (p. 85)

Este Los árboles solitarios ha nacido entre palabras e imágenes, porque el poeta, Alejandro Tarantino, escribe versos, algunas veces, con formas arbóreas. Hay la eternidad y una mirada que suspende su discurrir sin importunarla: el poeta, los caminos trazados por sus ojos…

El tiempo siena del agua corre en los geológicos encinares, abre bermejas grietas con el pico helado de la noche en los minerales, lágrimas pétreas abren el lento espacio de la simiente, el seno de la raíz. […] Todo es sin tiempo, amor, menos nosotros; y hay en ello una eternidad del lugar, de granito, un enclave sin nosotros, una pena arbolada. (p. 13)

La forma va definiendo identidades, y la lectora reconoce, se reconoce. Este libro invita a la expresión del alma.

Vuelto, esperando el rayo en la sien del cárabo, el arder del alma en el tiempo sin daño, antes del desprecio, cuando aún la noche era el ánimo de lo dable, el vuelo del hambre. […] Han caído en lo tardío las primaveras, entrando en la nieve, como muriendo en él la vida, cuyas palabras no escuché cuando el olivo era llama, loa. (p. 15)

El libro de Alejandro Tarantino es una invitación a la mirada que lleva hasta ese lugar sin espacio: conócete a ti misma. Un paseo entre los árboles de un jardín donde se da el amanecer primero, el adánico, y la primera disidencia: Eva.

Árbol yezirático que en el tiempo de los teólogos dejó libre su alma, saliste de la cábala y del marasmo salvífico que nunca acogiste: cercis en un jardín solitario e imperfecto del Bósforo en su jeroglífico. (p. 27)

Y aparece entonces la memoria, huella de la disidencia, del decir no, de la voluntad y el sueño. Cada página es un fruto y es una hoja caída. Y cada hoja posee lo que ya ha sido y seguirá siendo para siempre: poema.

[…] negra agua del caudal de las bibliotecas […] (p. 41)

Algo parecido a la melancolía, algo parecido a la intuición… Entonces llegan los nombres —Kierkeegard, Dionisos, Hamlet—, y establecen territorios que se requieren y se temen. Obligación de transitar.

Saldré andando del dolor, […] (p. 45)

Transitar, pasear, vagar, escucha y luz: la mirada del poeta anota sendas en la parte más secreta del alma:

Que sea la luz, ocultado el amor, luz de cadáveres, barro y sedimento de alisos y candelas boreales. (p. 47)

Y el alma se queda sola, un instante sin cuerpo donde cobijarse. Acaso crecer. Acaso el destierro. Acaso la libertad de tales árboles solitarios, su majestuosa nimiedad, su sagrada humanidad efímera.

No serás el sueño de tu padre. (p. 49)

El recorrido exige detenerse, hacer balance de los fragmentos que ciegan el camino de vuelta. Habla Ricardo Reis:

Hay hombres de máscaras solitarias […] hay un brote de la rama del árbol […] Aquí comienza la soledad, y acaba tu espalda […](p. 59)

Ya no hay mirar atrás: lágrima del arte, Alejandro Tarantino la señala (¿la busca, la encuentra?) acompañando a Dante en su Infierno (p. 81).

Así:

Los que desaparecen son puertas cerradas en la noche de las luciérnagas. Lloverán pétalos de luz efímera sobre el último alimento del amor. Asistiremos a la última mañana de las amapolas, oiremos el fin de rapsodias ocres de nogal y la ignominia del augur eterno al serbal. El elogio de la blasfemia llega tarde. Malograda la proeza del enigma, el azar cae en los ojos ciegos. La desesperación dará una vida entre los idólatras, nadie fatigará a la bestia, al lobo de los hayedos y sus sueños de amor, salvo la música que engendra imágenes oscuras en el fin. La última herida, el desamor, dejará libre el desconsuelo, el aúllo del llanto, porque la bestia inicia la cuarta herida. (p. 73)

Los poetas callarán que ha muerto, decíamos al comienzo. Pero yo tengo algo que decirle a Alejandro Tarantino: gracias por la belleza de este libro de paisajes del corazón.

(Librería “Traficantes de sueños”, Madrid, 10 de abril de 2015)

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