Madre, soy tonto

Cancamusa 8. Julio 2015. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 8. Julio 2015. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita? / Aquí va la octava entrega:

Madre, soy tonto

Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Julio 2015)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Lo que el jinete ignora en su pedestal –con su esfera brillante de tiempo, su sombrero, la vara de roble y la manta–, desafiando con su gesto altivo, es que es un ser desenfocado en un mundo que declina como un atardecer borrascoso, como un crepúsculo de lo humano y su razón. En el ojo del animal se reproduce la escena del sabio que, un 3 de enero de 1889, sale de su casa y cruza la plaza Carlo Alberto de Turín. El hombre sabio ve a otro hombre maltratando a un caballo que, agotado, se niega a seguir adelante. Friedrich, el sabio, aparta al hombre y se abraza amorosamente al animal, susurrándole “Mutter ich bin dumm” (madre, soy tonto).

Lo que el jinete no sabe es cuánto se parece su altivez al pensamiento de Descartes, la razón moderna que todo lo abrasa. El verdadero sabio, Friedrich Nietzsche, perdió la razón para siempre en aquel gesto, pidiéndole perdón al animal por Descartes y por la humanidad entera. Sabemos del sabio que no volvió, pero ¿qué fue del caballo de Turín?

El caballo de la imagen, sabe que sus hermanos de las orejas cortadas son salvajes y sagrados; que viven en el monte y que bajarán los garañons al curro redondo, con sus yeguas y bichiños, para dejarse cortar las crines por los aloitadores que lo merezcan, cuerpo a cuerpo, para volver después al monte. El caballo, con la lengua fuera y el bocado apretado, sabe que sus hermanos asisten a la rapa das bestas, para cumplir un ritual sagrado. Los sabuqueiros son los hombres primitivos que protegen a las bestias contra homes, lobos e lume, según se dice en el lugar.

Béla Tarr, el húngaro, quiso imaginar qué fue del caballo de Turín. ¿Se atreven? Cuando el hombre sabio renunció a esa razón perversa, que consideraba al animal como una machina animata, sin alma, incapaz de sentir… no consiguió expiar nuestra culpa como especie depredadora. El caballo de Turín nos muestra la destrucción del mundo en siete días: la terrible tormenta de polvo, el silencio repentino de la carcoma, el pozo seco, la llegada de los alborotadores gitanos. En el discurso del hombre que habla como un remedo de Zaratustra, se dice: “la nobleza ha muerto porque los depredadores se han apoderado de todo”.

En el ojo del caballo habita el ojo del huracán, como un secreto que se guarda en una lágrima.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Hay otro oeste escondido al oeste de nosotros mismos. Igual que hay nieve dormida bajo otra nieve, allá en Nevada (Cernuda). Es un bucle extraño. Como esas nubes bajas que parecen humo, allá al fondo y procuran un dramatismo épico a una escena cotidiana. Los dos personajes hacen pensar en aquellas Vidas rebeldes de John Huston. En la imagen de los dos vaqueros de Sabucedo podría verse, por renderización, aquél desierto de Nevada en que Guido (Eli Wallach) y Gay (Clark Gable), conocen a Roslyn (Marilyn Monroe) y la invitan a una cacería de caballos salvajes. Una vez más lo crepuscular viene a las manos de las imágenes, como las hormigas al azúcar del postre. Lo que la película cuenta: el desencuentro de un puñado de perdedores en el escenario asfixiante del desierto de Nevada, intentando echar el lazo a caballos salvajes, funciona como metáfora del deseo contra la muerte. Pero aun tiene otra ventana reduplicadora, otra puesta en abismo, en que el director, los actores y el propio guionista (Arthur Miller) del filme, se vieron involucrados en una historia maldita de auto-destrucción. Fue la última película de varios de ellos. ¡Qué lejos y qué cerca queda Nevada de la Galicia interior, de la Galicia íntima! Lo seco frente a lo húmedo, lo glamuroso ante lo ancestral, el whisky contra el aguardiente. Y, sin embargo, ahí están los personajes como dos cowboys crepusculares de cintura para arriba, para que no se les vean los revólveres, hablando sin mirarse. ¿Cuál de los dos será el más rápido en responder con otra pregunta?

La foto podría haber sido escrita y dirigida por el viejo Peckinpah: Junior Bonner, el rey del rodeo, intentando arreglar las cosas con su padre alcohólico o dos jinetes recién llegados a la Balada de Cable Hogue. A menudo mienten así las imágenes que más nos emocionan, como mienten los que sostienen que sólo hay violencia en la lírica de Sam Peckinpah.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

A contramano, en la parte de atrás de la escena, el moinante trata de domar sus caballos de helio. Nadie mira su espectáculo pobre de farolillos y personajes absurdos. Lo que importa ocurre en el reverso de la fotografía. También son nómadas y salvajes los feirantes. Su mueca de fastidio delata su enemistad con el viento, el enredo de las cuerdas. Un mundo desdentado bajo el bigote, entre los cuadros y las arrugas que componen el puzle de una dignidad antigua. Viven de espaldas a nosotros, parece decir, el hombre de los caminos. Las manos del jinete y del músico de cuerda, nos susurran su canción del fin del mundo, por unas monedas.

Un Comentario

  1. El Pajarraco

    Parecía imposible, pero os mejoráis. Qué vicio tengo con esta sección.

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