Cómo sobrevivir en una ciudad destruida por la guerra (III)

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El fotógrafo leonés JM López inicia una nueva serie de reportajes desde Siria y el Kurdistán sirio, donde se ha desplazado una vez más para retratar el horror de una tierra que sigue sufriendo un devastador conflicto.

Por JM LÓPEZ/AFP
(Texto & Fotografías)

Decenas de personas hacen cola en un barrio de Kobane para recoger su ración diaria de pan. Se empujan, se increpan. Los nervios están a flor de piel. Nadie quiere quedarse sin su preciado botín. Durante los 132 días que duró el asedio de la ciudad este fue su único alimento. La panadería que hoy continúa operativa nunca dejó de funcionar. En ella un grupo de voluntarios se afanan en producir 150.000 obleas al día que repartirán entre la población. Cinco meses de bombardeos han conseguido acabar con todo. No hay tiendas ni dinero para comprar en ellas. Sólo hambre y desesperación.

Los pocos suministros que entran en la ciudad lo tienen que hacer de manera ilegal, a través de los contrabandistas o en las contadas ocasiones que los turcos permiten abrir su frontera, no en vano muchos son los que piensan que su gobierno colaboró con el Estado Islámico para infringir semejante castigo a la población kurda. En la ventana de este punto de recogida cuelga una bandera con el rostro de Abdulá Ocalan, líder kurdo y principal dirigente del Partido de los Trabajadores del Kurdistan (PKK), actualmente condenado a cadena perpetua por el gobierno turco y su organización declarada grupo terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea.

Hoy es el primer día de escuela y los más pequeños corretean felices entre los restos del edificio. Las paredes de las aulas muestran los zarpazos de la guerra y un enorme boquete en el patio sirve a los alumnos para entrar y salir en lugar de usar la puerta convencional. Una organización humanitaria ha repartido mochilas, cuadernos y lapiceros para que los estudiantes puedan empezar las clases. Durante muchos años la enseñanza de la lengua kurda estuvo prohibida por el régimen de Basar al-Asad que, pese a darles otro tipo de facilidades, siempre les negó la educación. Ahora es la asignatura principal, seña de identidad de los kurdos, que con una población de 40 millones de personas constituyen el mayor pueblo sin estado. Distribuidos principalmente entre Turquía, Siria, Irak e Irán siempre han estado reprimidos, perseguidos y denostados por sus gobernantes.

No hay casa en Kobane sin un mártir, algún miembro de su familia que haya perdido la vida luchando contra el Estado Islámico. Durante el transcurso de la batalla los yihadistas redujeron a escombros los cuatro hospitales que había y ahora sólo queda el sótano de un colegio reconvertido por las circunstancias en centro sanitario. Debido a la falta de equipamiento los heridos más graves, tanto civiles como militares, tienen que ser evacuados a Turquía siempre y cuando las autoridades lo permitan, situación que ya ha provocado la muerte de varios pacientes esperando el permiso para cruzar la frontera. En este hospital se encuentra Hanem, de 60 años y madre de una enfermera, ella no es médico pero tiene una importante misión. Diariamente ha estado viniendo al centro para hacer compañía a los heridos que iban llegando. “Hablo con ellos. Les pregunto como están. Les preparo té… Muchos no son de esta ciudad y no tienen familiares aquí que vengan a visitarles por eso yo me he convertido en una madre para ellos”, comenta orgullosa la buena mujer.

Una ráfaga de Kalashnikov rompe la tranquilidad que se respira en las calles, todo indica que otro funeral va a comenzar. Pero este no es un entierro cualquiera, 17 combatientes, nueve hombres y ocho mujeres han perdido la vida en el frente de batalla. Los llantos de sus familiares son desgarradores. No hay nada que pueda aliviar su dolor. Hasta las puertas de la morgue van llegando numerosos vecinos y compañeros de armas para darles el último adiós. “Luchamos juntas durante meses. Murió como una heroína y estoy muy orgullosa de ser su amiga. Ahora es una de nuestras mártires y su nombre perdurará en nuestra historia”, susurra entre lágrimas la joven Zozan, 20 años. Mientras tanto, a pocos kilómetros de la ciudad se sigue combatiendo al Estado Islámico, la batalla se ha ganado en Kobane pero la guerra continúa.

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