Querido diario (64)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

¿Se puede resumir la música de una vida en siete canciones? ¿Y cuáles serían esos siete temas? El autor intenta ofrecer una respuesta a semejante encargo, tal vez haciendo un poco de trampa… o tal vez no.

Por AVELINO FIERRO

Traen las sombras de la tarde un aire filtrado, sereno. Después de que las fiebres del mediodía hayan dejado exhaustas todas las entrañas, los murmullos del subsuelo, las cañerías de los edificios y los pensamientos, este aire se ha venido a posar como una gasa, empapada de frescor, sobre el mundo, el pequeño mundo que ahora abarcan mis ojos. Sobre los perfiles de la cordillera desapareció hace unos instantes el rosa; ahora está esa breve bruma que ha dejado el calor. Y en las lomas cercanas hay una admirable quietud; no hay todavía luz en las urbanizaciones altas y el azul es tan uniforme que parece inquietante. En estos tejados cercanos he visto dejarse caer, como si fuera un capricho, a un pájaro negro desde una antena y abrir sus alas en el último momento. Y los dos últimos vencejos, venerables y un poco ruidosos, acaban de cruzar hacia el oeste, dejando recogidos y entrelazados estos minutos.

He encendido la lámpara y he vuelto a poner una canción de los Smiths. Creo que de modo inconsciente estoy pensando en el encargo que hace ya unos meses, en una fiesta de madrugada en invierno, me hizo Manuel San Millán, comisionado por Yago: “Queríamos invitarte a que hicieras en el bar Belmondo una sesión de ‘siete por uno’, siete canciones para una vida”. Y “There is a light that never goes out” me ha hecho recordar aquella petición. Es casual, ciertamente: revisando entre los estantes de mi hija –cosa que hago cada cierto tiempo– he encontrado tres de mis discos, dos de Dylan y éste del grupo de Mánchester.

Estos jóvenes –¡ah, la juventud!– son tan inconscientes… Cómo pueden pensar en resumir de esa manera nuestra mejor forma de consuelo, algo que nos ha poseído tantas veces. Yo voy diciendo por ahí a menudo, si viene un poco al caso, la frase de Nietzsche: “la música es lo único que sirve para acercarnos a la trascendencia”.

Un día fui a ver a Yago y le pedí explicaciones. Me dijo que podía hacer lo que me viniera en gana, que había habido una sesión anterior de un joven que compone, tiene un estudio de grabación y hace videos musicales. Eso me parecía muy razonable, pero qué hacía en esas lides alguien como yo. No volví a pensar en ello durante meses, pánico me daba.

Pero hace unos días, en el concierto de órgano de Ton Koopman, en la catedral, algo sucedió. Había una luz extraña y por unos instantes la interpretación dejó de interesarme. Pensé que la música llegaría hasta el bar de Yago, que está cerca, y que él escuchaba las notas de Bach cuando salía a charlar, quizá con Gabriel, a la terraza.

Después del concierto fuimos a la Plaza del Grano y en el reverso de la factura de las primeras consumiciones anoté las canciones que se habían grabado en mi cabeza momentos antes. A veces aparece así algún poema.

La música entró en mi vida al final del verano del 68. Antonio, un hermano de mi madre, había pasado un par de meses en Francia y trajo hasta aquella casa de barrio en la salida hacia el norte de la ciudad, un pequeño tocadiscos y singles de música francesa: Johnny Hallyday, France Gall, Françoise Hardy, Richard Anthony, Hervé Vilard, Christophe… y también “Ma vie”, de Alain Barrière. De aquella otra música de la época, Gil de Biedma dice: “Oh rosa de lo sórdido, manchada / creación de los hombres, arisca, vil y bella / canción francesa de mi juventud…” en el poema que comienza con una cita de Les feuilles mortes; “C’est une chanson / qui nous resemble”. Porque eso es la música, el recuerdo de la intensidad que aflige al corazón, momentos de melancolía, o un eco de nosotros que resuena exaltándonos con la nostalgia de la rebelión. La imagen del amor para muchos es la de un lugar, ese local hoy vacío donde una vez ardió la vida. Y se oía una canción.

También por aquella época, en un bar del barrio, en una máquina de discos, mientras charlábamos o veíamos pasar a las chicas con uniforme, o fumábamos a escondidas un cigarrillo compartido, o jugábamos al futbolín, yo ponía de forma insistente una canción de los Beatles, “Come together”. Mucho después supe que el mejor disco de los Beatles es Revolver, y en él no está esta canción.

Los discos grandes tardaron en entrar en casa. Pero lo hicieron al rebullón. Con un pequeño equipo Vieta –yo había sacado algo de dinero recogiendo lúpulo– llegaron el Rock n Roll Animal de Lou Reed, L.A. Woman de los Doors, el Sticky Fingers de los Rolling… Luego compré bastantes más de su discografía. No sabría bien cuál elegir.

¿Una canción del The Velvet Underground & Nico? ¿Quizá el “European Son”, la que cierra el LP? Esa canción sin apenas texto vendría bien para esta Europa que cada día vemos más afónica. Dicen los críticos que Reed se la dedicó a su amigo Delmore Schwartz, que odiaba las letras de rock’n’roll y que había aparecido muerto en julio de 1966 en el Chelsea Hotel. Una canción con influencias de las performances musicales del Fluxus, con John Cale arrastrando una silla metálica y tirando al suelo platos de aluminio.

¿Puede que el “Sympathy for the devil”, del Beggars Banquet, porque me trae el recuerdo de cuando la tocábamos en Oviedo, en la parte baja del Sport, donde Celso –me contaron que murió tiempo después apuñalado por un yonkie– nos fiaba hasta primeros del próximo mes? Aunque hoy yo escuche más en casa el “Gimme Shelter”, primer corte de la cara A del Let it bleed. En esos días “el Niño” dijo que él se llevaría a la isla desierta el Absolutely Live, de The Doors.

Poco después compré discos de King Crimson. Los pobres han desaparecido de las listas a pesar de que quisieron dejar como legado aquel Lp doble, Guía de King Crimson para los jóvenes, que nunca he sabido si está inspirado en los conciertos de los 60 de Leonard Bernstein o en la Guía de Britten del 73. Y es que hay algo del mar del compositor inglés en esas canciones, algo de Aldeburgh, un pueblo pesquero en la costa oriental inglesa donde, dice Alex Ross, el paisaje se vuelve melancólico y llano, hay grandes extensiones de barro, tierras llenas de sal y se oyen los gritos de los pájaros en las marismas.

Quizá porque pasé el verano de mis veintiún años en Ibiza los recuerdo a menudo. En esas canciones de rock progresivo, al lado de guitarras eléctricas, hay pianos de cola y sopranos y oboes. De su cuarto disco, podríamos poner “Prelude: song of the gulls”, de Robert Fripp, que dura 4.14; pero yo siempre elijo la que le da título, la más larga: “Islands”, 9.14, de R. Fripp y Peter Sinfield. El disco también habla de Ítaca y Ulises y de la isla de Formentera.

Tuve problemas con la quinta canción de la serie. Todas habían aparecido con nitidez aquella tarde en la catedral. Una se había abrazado a una columna de la nave central, otra estaba escrita a navaja sobre uno de los bancos, la tercera se mimetizaba entre las vidrieras del rosetón… Pero dos no podían estarse quietas, pugnaban por salir en la lista: “Astral Weeks” y “Heroes”. Creo que haría mejor papel Morrison, con su voz repitiendo, acariciando, susurrando, “stacando” las sílabas, gritando las palabras. Hay músicos folkies y de jazz acompañándolo y un productor y arreglista que miman cada acorde. Y si seleccionamos “Heroes” nos quedaría una lista muy musculosa, con demasiados himnos.

“Tienes libertad para hacer lo que quieras”, “esto es como subirte a tocar en la azotea”, me había dicho Yago cuando le pregunté si podía poner cualquier tipo de música. Yo pensaba en aquel momento en que en los últimos veinte o treinta años –sin desatender a Sonic Youth, Primal Scream, Massive Attack, Fela Anikulapo Kuti o Pavement– he comprado música clásica.

Conviene aquí no pararse a pensar. El otro día vi en un programa de televisión a José Luis Garci en un trance parecido: resumir toda la historia del cine en siete películas (todavía era más complicado, porque tenía que elegir la mejor; optó al final por una de Dreyer). Yo he tenido suerte con mi canción. Me ha venido resuelto. La elegida es el “Ombra mai fù” de la ópera de Haendel Serse, en la voz del contratenor David Daniels, con la Orchestra of the Age of Enlightenment, dirigida por Roger Norrington, en una grabación de 1992. Podía haberme pasado semanas, antes de decidir, pero estaba, ya digo, en la catedral con las demás, posada en la sillería de Juan de Malinas. La descubrí hace unos cinco años, cuando sonó mientras yo leía el poema “Shelley”, de Charles Simic. La música y mi lectura del poema duraron lo mismo. Sería adecuado acompañar la audición de la música con la lectura, siempre difícil, del poema: “Poeta de las hojas muertas llevadas por el viento / como espectros, como multitudes contagiadas / por la peste, te leí por primera vez / en Nueva York, una tarde de lluvia…”.

Para finalizar, Dylan. Y, por supuesto, “Like a rolling stone”. La canción original está en el álbum Highway 61 Revisited, pero podríamos poner la versión con The Band, que suena en la película de Scorsese, Historias de Nueva York, con Nick Nolte haciendo de expresionista, pintarrajeando un enorme lienzo mientras Rosanna Arquette sale de su vida.

Estamos llegando al final… No podría irme de aquí sin confesar que he hecho un poco de trampa. No sé si Yago recordará que le comenté que era imposible acometer con un mínimo de garantías una tarea tan ingrata, tan titánica, y que uno era capaz de liquidar el encargo por la vía rápida, eligiendo un día cualquiera los siete discos del pequeño montoncito que siempre hay sobre uno de los altavoces del salón; allí van a parar los últimos LPs que voy poniendo. Al final es lo que hice. Pero algunos de los seleccionados llevaban allí tiempo. Eso quiere decir que no he sido demasiado tramposo, que me gustan y he repetido su escucha. También aquel día podría haber entresacado de ese rimero A love supreme, de Coltrane; “Send in the clowns”, por Sarah Vaughan; This old heart of mine, de Rod Stewart –un precioso álbum que me regaló Toño Fortes en la Navidad del 92 y que le costó 700 pesetas–; algo de Janis Joplin; Living in the past, de Jethro Tull –ese álbum doble que en mi caso es una “rareza”: tiene el mismo disco repetido–; una canción de Los Fraguel; “On Broadway”, de George Benson, que es el primer corte de la cara A de la banda sonora de All that Jazz; “A woman like you”, cantada por Bert Jansch, de Pentangle…

No he sabido hacerlo de mejor manera; estuve agobiado tanto tiempo…

Empezamos en la catedral con un organista holandés. Podemos acabar con un exquisito clavecinista de aquellas tierras, Gustav Leonhardt, viendo los tejados de la ciudad desde la torre sur y diciéndoles a Samuel, Marta y Fernando, los rigurosos y entusiastas mantenedores del Festival de Órgano: “Ustedes, los católicos, siempre tan diletantes”. Y es que eso lo explica todo. Así somos; al menos, así me he comportado yo.

  1. Anónimo

    Joder Avelino, estaba yo tratando de encontrar el adjetivo adecuado para un asunto, y me he venido abajo leyendo tu última entrega: si acaso Berstein, Doors, Rollings, Dylan, Scorssese, Dyc Nolte, Leonhartdt, Rod Stewart, Janes Joplyn, Marta… y algunos otros.
    Y no pares.. sigue, sigue…
    Cerebro

  2. J. L. Avello

    Llevo años, pronto irá para medio siglo, preguntándome el por qué en mi memoria no anida ni una sola canción española importante. Habrás podido comprobar que en la tuya parece que tampoco ¿Qué nos han hecho? ¿Qué han hecho ellos? Y escribo esta nota bajo las espesas notas de Rosendo.
    Todos somos culpables de esta España tan rota, pero unos más que otros. Lo que no sé es en qué lado estoy yo.

  3. Anónimo

    Tu hermano me torció el gesto un día en que le dije que me gustaba You’ve Lost That Loving Feeling cuando lo cantaba Dolly Parton ( con Neil Diamond).

  4. Avelino Fierro

    I Will Always Love You por Dolly Parton no está mal.

  5. Fermín Gallego

    Esta entrega de tu diario creo que nos pone nostálgicos y nos hace mirar hacia atrás, porque esas selecciones musicales hace que inevitablemente empiece uno a cabilar cuáles serían las mías. Compartir alguna elección y revolver en la memoria para hacer salir las propias, algo que quedaría fuera de lugar en estos comentarios. Sí me ha llamado la atención la similitud de aquellos futbolines con máquinas de discos y algunos temas de los Beatles como sonido de fondo. Yo era también mucho por aquella época del rock sinfónico. Y estoy de acuerdo con el comentario de que esa memoria no recogía demasiado título en español y sí casi siempre foráneo. Lo español entroncaba más con el descubrimiento de los poetas con los cantautores y del fervor con que vivíamos la canción protesta, pero eso es ya otra historia.

  6. Manuel San Millán

    Todos sabemos que las listas son una rigidez insoportable. Sin embargo, esos discos, -también, por supuesto, esos libros y esas películas-, son YO!. La música como banda sonora de una vida?. No, la música como mi vida entera!.

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