Cosmética

La moda de

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Advertía Alex Grijelmo a través de un reciente artículo publicado en El País acerca de la evolución significativa del término cosmética: alejándose del original concepto de embellecer ha cobrado, en ciertos contextos, un valor peyorativo cercano a superficial, tramposo, de pura apariencia. En cualquier caso, remitiéndonos al origen etimológico de la palabra, como hacía el propio Grijelmo (kosmetikos: “relativo al adorno”), tanto nos da que ese adorno tienda a la belleza que al disimulo. Es artificial en ambos sentidos.

No necesitamos visitar a los Dragones del Pacífico para descubrir cierta tendencia que pronto será universal en esta nueva Edad. Cuentan las informaciones que aproximadamente un 20% de las surcoreanas se han sometido a cirugía estética y que, al parecer, el éxito obtenido por el pop y las telenovelas de ese país en el resto de Asia ha extendido el canon por otros países del continente. Tal es así que el sector mueve en Corea del Sur 4.000 millones de euros al año. Por lo tanto, ya sea por la magnitud económica, ya sea por el poderío creciente de lo oriental, nadie debe dudar de que, tarde o temprano, también nosotros nos incorporaremos a ese reino de mentiras con afán estético.

Mientras tanto, mientras superamos el efecto negativo que la crisis financiera ha producido en los bolsillos y en los establecimientos de cirugía estética en la vieja Europa, otros sucedáneos con pretensiones similares nos invaden. No necesitamos visitar a los Dragones, no, basta con pasear por las calles comerciales de nuestras ciudades. En ellas, junto a las oficinas bancarias, siempre perennes, y a las franquicias de ida y vuelta, una plaga de perfumerías, droguerías, ópticas y –¡oh, cielos!– establecimientos de servicios odontológicos integrales se ha adueñado de los locales mejor situados de la ciudad. Así mismo joyerías, aunque sus artículos sean las más de las vece simple bisutería, gimnasios, clínicas para la depilación y enclaves alimentarios más aparentes que nutritivos. También todo ese mar de productos y ofertas cosméticas mueven millones de euros; también animan un consumo inducido por ciertos cánones postizos; también hay un público que desearía, desde ese marco provinciano, transportarse a los quirófanos low cost de Corea del Sur. O, mejor aún, que una legión de cirujanos con ojos rasgados instalasen sus negocios al lado de toda esa otra retahíla antes enunciada. Sin aranceles, sin fronteras, sin alambradas, sin concertinas. Inmigración cualificada para dar gusto a un gusto sabiamente manipulado.

En fin, en estos tiempos de paradojas no podía faltar la que enfrenta el reclamo de la pureza con lo puramente ficticio, el culto a lo natural con la inflación del afeite, la sencillez obligada por la austeridad con el exceso de quienes nos pensamos un día nuevos ricos y no soportamos la caída en la pobreza. De esa pugna saldrá, está saliendo ya, una sociedad diferente. Y por lo que se ve hasta el momento la balanza se inclina poco a poco hacia el lado cosmético. No es raro, pues, que en medio de quiebras, procesos concursales, despidos y ruinas industriales, “si hay un tipo de actividad que, según el paisaje de nuestras ciudades, no parece haber sufrido con la crisis es el dedicado a la estética en general, y a las uñas en particular”. Lo afirma Cristina Manzano, directora de esglobal.

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