Querido diario (67)

Fotografía: Cortesía de Avelino Fierro.

Fotografía: Cortesía de Avelino Fierro.

Versos de Rilke y de Venclova, libros de viejo, álbumes de fotos antiguas, una conferencia en Madrid y tres días Berlín, con alojamiento en un hotelucho de mala fama, centran las páginas de las últimas semanas, en las que el autor termina cuestionando la validez de la poesía frente a la atrocidad de la historia…

Por AVELINO FIERRO

“Mientras arden así las cosas entre nosotros, no sé vivir…”, leo en El testamento de Rilke, en este ejemplar que ha llegado con otro pequeño grupo comprado en una librería de viejo. He detenido unos instantes la lectura para abrir la ventana y dejar que entren la penumbra y el ruido de los estorninos, que vienen en bandadas a dormir en los árboles del parque, esa algarabía que durará unos minutos.

Enciendo la lámpara. Anoto a lápiz en estos libros la fecha, 23 de octubre. Ojeo algunos. En el de un crítico, sobre la poesía de Gil de Biedma, me detengo en la cita de unos versos (“la sombra de la casa me oscurece la página y el frío repentino de final de agosto, hace que piense en ti”), y en el de Sylvia Beach miro las fotos de Joyce, Pound, Eliot, Antheil, Valéry, Hemingway… Dentro del libro hay un recorte, ya amarillento, de un artículo de Burgess aparecido en El País el domingo 2 de septiembre de 1984, sobre la librera de Shakespeare and Company y editora del Ulises. Y hay también pequeñas anotaciones y subrayados a lápiz. Y pienso en ese solitario lector, y me llega de él un íntimo eco en el que me reconozco. Recorro con el dedo las frases subrayadas y los nombres de los artistas y amantes y las calles de París. Este libro que también me emocionará y vivirá otra vez conmigo. Buenas noches, lector, buenas noches.

Vuelvo a Rilke. Había leído mal (“mientras anden así las cosas entre nosotros…”), y tampoco me ayuda a escribir sobre lo que me había propuesto. ¡Qué tontería, pensar que leería a un autor de aquella zona y rápidamente brotaría la inspiración para hablar del viaje a Berlín de finales del verano! Es todo lo contrario. Si uno lee “vivir en los abrazos sólo puede hacerlo quien pueda morir en ellos…”, se ensimisma y deja que gire alrededor la voz del otro y enmudezca la propia.

El 24 de septiembre tenía que bajar a Madrid a dar una charla. Era jueves y todavía disfrutaríamos de vacaciones hasta el fin de mes. La idea era pasar allí ese fin de semana y ver a algunos amigos. Entonces Julio dijo que ese mismo jueves viajaba con Cecilia a Berlín, y que bien podíamos ir al día siguiente. Tanto insistió que pedí a mi hijo que comprara billetes de avión y fuera mirando dónde albergarnos, tarea a la que se unió Marta Martínez, habituada a viajar a la zona. Era como tener una agencia de viajes a nuestra disposición, pero las cosas se torcieron por mor de mis caprichos, y lo que iba a ser una habitación en el mismo hotel de nuestros amigos, a mitad de precio, o un apartamento que yo amé desde el principio porque la propietaria se llamaba Saskia, como la mujer de Rembrandt, devino en un clic apresurado de mi propio dedo reservando una habitación individual –en aquel momento nada sospeché– en un hotel de fachada prosoviética y que no aparecía en el Google Maps. Da igual, me dije, eso es de todos modos Alemania, y hoy día no hay distancias. La víspera del viaje M. llamó alarmada porque había leído algunos comentarios en Internet y al que menos, le habían robado y sodomizado un par de veces en aquel hotel. No había ya sin embargo una sola plaza libre en los alrededores. No habíamos reparado en que el domingo se corría la famosa maratón de la ciudad. No me preocupó demasiado. Uno ha dormido y vivaqueado de joven varias veces bajo las estrellas.

La conferencia resultó un desastre. En el viaje en tren –todavía de una duración razonable, sin que hubiera entrado en marcha uno de esos trenes absurdos que tardan demasiado poco y arruinan el descanso de esas horas que yo ya tengo asumidas como disculpa inexorable– volví a reescribirla y llené varios folios de letra menuda, con lo que los oyentes, a quienes se les había enviado días antes el texto originario, pensaron que se habían equivocado de auditorio, o de conferenciante.

Pero pude decir lo esencial, que era un ciberagnóstico, un neoludita, y que todos los males nos vendrían del determinismo tecnológico y la libertad digital. Hablé de la Red, y de un idiota y de facebook, que hacen que hoy mismo estemos preocupados por nuestro amigo López y sus compañeros, todavía en Siria. Y les hablé de la adicción de los adolescentes a las redes sociales, y de cómo eso no les sirve para aprender a relacionarse o ser mejores personas y cité para ello a Sherry Turkle y los últimos experimentos de Antonio Damasio y la frase de A. E. (¡cómo lees a ese filofascista!, me reprochó un día Agustín “Cuervo”): “La grave cuestión es hasta qué punto ha cuajado la idea, en especial entre adolescentes, de que la vida es como Internet. Ahí donde está todo lo que uno quiere, cuando lo quiere y como lo quiere, sin mayor peaje ni norma. Es urgente que alguien haga probar a esos chicos la manzana del árbol del bien y del mal”.

Los oyentes, ya digo, se quedaron estupefactos. Tanto, que nadie formuló preguntas ni hubo objeciones. Salí rápidamente de la sala. Me lamentaba yo por todo ello, arrastrando mi maletín Alberto Aguilera arriba, cuando los nervios me atacaron de nuevo: otra vez me había salido del guión, había estado improvisando sin ninguna fortuna, y rompí a sudar. Noté un súbito cansancio. Y ganas de llorar.

Encontré a Mar charlando con Paco, el portero, que nos entregó la llave de la casa de nuestros amigos. Estuve a punto de ahorcarme con la corbata, que había dejado muy floja y se trabó con la puerta del ascensor. ¡Vaya día, Dios mío; de seguir así las cosas aquel viaje no presagiaba nada bueno!

Pero el vuelo transcurrió sin incidencias ni turbiones, aunque al tratarse de una compañía de bajo coste las azafatas estuvieron todo el trayecto tratando de vender colonias, rifas y crecepelos. Desde el aire, los alrededores de Berlín transmiten esa misma sensación de sosiego y sensatez de las otras ciudades del país: cursos de agua y zonas lacustres, prados y cultivos, pueblos y granjas, caminos y carreteras circunspectos y prudentes, calvinistas, casi sabios. Toda la zona parece acomodarse a una música en la que no caben las estridencias, una partitura que hace que las vidas y las tierras fluyan conforme a los dictados de un clasicismo de artesanos, lejos de los arrebatos del romanticismo improductivo que llevan a un futuro de sobresaltos, incierto.

Tras viajar en un tren de cercanías y en un taxi, llegamos al hotel. En la enorme sala donde confluían un bar, varios billares, la recepción y el cuarto de consigna con un enorme letrero que advertía que la dirección no se hacía responsable de nada de lo que allí pudiera ocurrir, Mar dijo con rechifla: “Te agradezco que me hayas traído a un lugar como éste, me hace sentir tan joven…”. Diseminados por la estancia bullían decenas de muchachos con mochila o con grandes jarras de cerveza –eran las diez de la mañana–, derrengados, dormían otros en sillones tras una noche loca… polacos, rusos, atrevidos ingleses…

Nuestro cuarto estaba en el último piso tras un viaje en un ascensor lleno de renqueos y turbulencias. La moqueta del pasillo albergaba manchurrones migrantes de floras y faunas microscópicas, o no tanto. La habitación era para dos personas, pero el baño, para media: te sentabas a estercolar en una taza esquinada y no podías cerrar la puerta, salvo que te cortaras las piernas; el uso del lavabo tenía varias fases: visualizar, medir y flexionar antes de enjuagar para no correr riesgos y desnucarte en una repisa descuidada. Dos únicas perchas, de alambre con pecas de óxido, tísicas, tosían en el armario. Las camas, individuales, sólo admitían postura de costado, porque boca arriba o boca abajo los brazos colgaban a ambos lados llegando a posarse en esa moqueta por la que podían ascender hasta las partes blandas procesiones de cojijos negros. Y aquello costaba más de cien euros la noche. Los diez turistas privilegiados de habitación individual de la planta pagaríamos sin duda tanto como todos los jóvenes juntos que ocupaban las largas salas con literas en los pisos inferiores, y que sentíamos ulular como un magma espeso, borbotear como una fritura a fuego lento.

En la misma calle, dos viejos edificios con un previo jardín de árboles destartalados, arquitecturas efímeras y graffitis por doquier, daban carácter al barrio. De uno de esos espacios salió una joven bellísima con un traje pardo de estameña y un gran cesto de mimbre a la espalda, como si fuera una recolectora medieval de capullos de plantas misteriosas para lograr un bebedizo benefactor. Con sandalias y cilicio de monje y una expresión tan veraz y serena que me hizo recordar la frase de Bea, la guapa pelirroja del Colibrín: “A mí me gusta mucho Berlín; en lo alternativo de allí no hay nada de postureo”.

Recorrimos esa primera mañana la Unter den Linden, hasta la Puerta de Brandeburgo. Yo, influido sin duda por viejas fotos y documentales, tenía una imagen en blanco y negro de la zona, un lugar solitario y con aroma de catástrofe, y fue decepcionante ver a tantos turistas en aquel día luminoso. Por eso, quizá, porque así lo dije, Julio se empeñó los tres días que pasamos en la ciudad en pintar sus calles de gris y frío, de nieve y guardias tras las alambradas, del olor a gasolina impura de los viejos Trabis del Berlín Este, del año 88, cuando visitó la ciudad por primera vez enviado por el periódico. Gracias a él pudimos sentirnos un poco viajeros en el tiempo; y también gracias a él conocimos a sus amigos hispanistas –Annette, Dieter y Friedhelm–. Desaparecidos los espías, nubes caprichosas desde el aire nos miraban.

Los recuerdos de esos días quedarán resonando en nosotros como el estruendo de una obertura (el concierto de la Filarmónica, el monumento de Eisenman), o la melodía de un cuarteto de cuerda (Nefertiti tras el cristal, el descanso –tras recorrer los museos– en la azotea de la Humboldt Box), o esas mínimas notas que salpicarán como gotas de lluvia algunos instantes del porvenir (el disco de la Velvet y el álbum con fotos familiares de los días de la guerra, comprados en el mercado dominical del Mauerpark, el brillo del sol de media tarde en las jarras de cerveza, nuestro pequeño sobresalto en la maratón, aquel cementerio…).

Ya de vuelta, ordenando libros, encontré esos versos del poema de Tomas Venclova, que había copiado para llevar de marcapáginas en el libro de Barthes y que dejé olvidados: “Invierno en Europa. / La sucesión de campos asfaltados / se contrae, se arruga, se agrieta / como la cáscara de una castaña. / Toda la amenazadora vanidad del espacio / se pierde aquí. Invierno y Berlín. / Un hueso, una caja cerrada, cemento. // Vemos el cielo al revés. Hay guardias en las calles. / Un remiendo salta a la vista en un muro, / las lámparas azules destellan. / Un vacío sin dirección. / El ovillo de hilo no conduce / a una nueva existencia. / Sobre Europa la nieve agita sus alas…”.

Llegan, inesperados, el viento y una lluvia fina y racheada; me levanto a cerrar la ventana. Ordeno la mesa, recojo el libro póstumo de anotaciones y borradores de cartas de Rilke, escrito mientras brama la guerra del 14; el libro de Venclova, que en el mismo poema cuyos primeros versos yo había copiado, tiene aquella otra frase resignada, “y la trompeta nunca cederá el paso al susurro en voz baja”.

Claro, claro que lo sé, ante la atroz historia bien poco vale la poesía, los poetas y sus ingenuos comentarios y metáforas, sus imágenes inesperadas, el olor de unos cabellos, la escritura sobre el mundo y sus llagas.

  1. Gracias Ave por hacerte reír y disfrutar de nuevo con tus relatos. Un beso salmantino, Teresa

  2. Anónimo

    Me han entrado unas ganas totalmente a medias de buscar ese hotel. Desde aquí resulta super divertido.
    Un abrazo.

  3. Antonio Santos.ñ

    No me extraña el precio de la habitación. Una experiencia así hay que pagarla. Un abrazo .Antonio Santos

  4. Manolo Fuente

    Me he quedado con dos cosas, una conferencia de un ciberagnóstico y un hotel en Berlín, con respecto a la primera, no se puede ir contra corriente, y con respecto a la segunda, ya no estamos para esas aventuras. Trataré de decirlo en un lenguaje cibernético, algunos pronto serán una versión 6.0, que, aunque está muy rodada, funciona peor que la 2.0.

    Por supuesto, me gusta, envidio tu facilidad para escribir. Un abrazo.

    Manolo Fuente

  5. Alfredo Rubio

    Buenísima la descripción del hotel de Berlín, Si voy a Berlín me alojaré allí. Saludos

  6. Ventura Rico

    Ave, un abrazo.
    Como dentro de poco vamos a Berlín, visitaremos tu hotel como lugar de culto.
    Me parece especialmente afortunado el párrafo que comienza “Pero el vuelo transcurrió sin incidencias…”
    Hasta pronto,
    Ventura Rico

  7. José Luis Avello

    Al final no sabemos si te han sodomizado. Supongo que sea el tema central del núm. 68, o quizás lo aplaces hasta el 69 que estará más en consonancia.

  8. Anónimo

    Ese hombre tan guapo. La mujer, tan bella, con su tibia brillante. Tan felices los dos (A y C)

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