
El poeta Luis Javier Moreno (Segovia, 29 de diciembre 1946- 7 de diciembre 2015) se fue ayer, «tras un debate demasiado agridulce con la vida, en el que no ha faltado reflexión, ironía, sapiencia y, sobre todo amistad», como resume su amigo José Ramón Ripoll. Este poema que reproducimos, y «que Luis Javier escribió pensando en otro, podría haber sido para él mismo, y no sólo por sus premonitorios primeros versos. Que encuentre la paz que se merece».
UN USO DE PALABRA
Como para nacer, también diciembre
es un discreto mes para morirse.
Los infiernos privados se reducen
en los inviernos hasta hacerse un pozo
y él, letra tras otra de su nombre,
murió en diciembre y alcanzó la gloria
de ser el personaje de otro libro
donde Branwell, su amigo,
registró los pasajes de su vida
y el color de las flores de su mente.
Imitaba los gestos,
se burlaba
del propósito enfático
de sus contemporáneos…
Quería ver las Hébridas
(no le quedaba ningún espacio
donde seguir mintiendo cortésmente)
antes de que en diciembre él se muriera
en la púrpura oscura de la aurora.
(Del libro «En contra y a favor» (2005), Fundación Jorge Guillén, Valladolid, 2007)