Querido diario (72)

© Ilustración: Avelino Fierro.
© Ilustración: Avelino Fierro.

Viaje a Múnich. El autor prefiere pagar sobrepeso de equipaje a llevarse un libro electrónico. Elige con cuidado qué volúmenes le acompañarán en la maleta…

Por AVELINO FIERRO

Tercer viaje a Múnich. Para el examen final, tras sus dos años de estudio en la Hochschule für Musik, Javi tiene que interpretar obras de David Ellis, Johann Matthias Sperger y Frantisek Hertl.

Preparando el equipaje, surge el intrincado problema de siempre: nada que tenga que ver con la ropa, el calzado o la documentación (para eso tenemos listas de lo necesario, que van de pies a cabeza, y a las que, últimamente, tengo que añadir apósitos y remedios contra la carne y la mente que claudican: una faja por aquí, unas cremas contra la dermatitis y los roces en las partes blandas por allá, ciertas drogas leves para proteger la fragilidad de un corazón que se hiere cada vez con más facilidad ante los contratiempos o sinsabores que nos procura el mundo y su estupidez). Se trata de elegir los libros que tienen que acompañarme.

Son mi amuleto, mi escapulario, mi reliquia (mi brazo incorrupto), mi talismán, mi sereno refugio entre la ventisca o el griterío, mi sosiego.

Un poeta polaco de renombre –lo recalco por citar un argumento de autoridad, aunque seguro estoy de que esto es algo común entre los lectores viejos– también decía que para él era dramático marchar para cinco o seis días, pues nunca podía saber de qué humor iba a estar, con lo que le era muy difícil elegir. Así que viajaba siempre con cinco o seis libros. Al final, aludía –y parecía rendirse– a la facilidad para estos momentos, del libro electrónico.

Nunca he pensado en anticipar tanto, tratar de prever el estado de ánimo para estos días, si una luz de atardecer o el cuadro de un viejo maestro en el museo o un dolor de muelas te tendrán ensimismado o apesadumbrado. También puedes tener la opción de comprar algún librito durante el viaje, aunque en esta ocasión me serviría para poco más que examinar la edición y pensar en palabras ininteligibles: zu Schweigen…

Y nunca, ni siquiera –aunque sea la parusía de los tiempos últimos– he considerado la posibilidad del lector electrónico. Uno prefiere pagar sobrepeso de equipaje.

Necesito para mi sangre esa transfusión del objeto y de lo que leo. No quiero que todo se muera cuando pulse la tecla de apagado. Necesito esa ósmosis y ese roce con las páginas. Decía Montaigne que su libro, sus Ensayos, lo había hecho a él a lo largo de los años en la misma medida en que él había hecho el libro. Yo quiero eso de forma leve; si no en desposarme y fidelidad eterna, sí al menos esa vibración, ese roce y gozo de una infidelidad sin culpa que se recuerda para siempre.

En una hermosa reseña de Ciudad de sombra, se decía que esa ciudad que recorre el autor, cada vez se parece más a la que en las páginas del libro se describe. Yo recuerdo mejor mi estancia en ciudades por que se han quedado adheridas a los párrafos de un ensayo o temblorosas y acechantes entre los ventrículos de unos versos.

Y ahora, ya en el avión, leyendo uno de los libros elegidos, empiezo a parecerme a este autor chileno que también habla de sus viajes, aunque se trata de sus idas y venidas al trabajo, en un trayecto que media entre Bélgica y Holanda. Un librito editado por Minúscula.

Voy subrayando con el lápiz algunas palabras: aquellas en las que J.B., el poeta ruso, decía que el mimetismo es la moneda más preciada del viajero y cómo en su primera estancia en Venecia, iba vestido como él creía que se vestían los italianos, en blanco y negro, como en las películas de Antonioni, con el pelo engominado y un cigarro MS colgado de los labios con calma y parsimonia.

Eso me hizo recordar que J. Brodsky, en un libro de ensayos, El dolor y la razón, en el titulado “Después de un viaje, u homenaje a las vértebras”, narración sobre un congreso de escritores en Río, había escrito que lo fundamental residía en la vuelta a casa, a la calle Morton, que cada vez se iba perfilando más el significado de la palabra “hogar”, que a cada nuevo viaje más reales se volvían sus cuatro paredes y más abstractos las tierras y los mares recorridos.

Subrayo también la expresión “zamarrear” una máquina que ofrece chicles y caramelos en una estación, y que se ha tragado las monedas. Y abro un corchete para abarcar el párrafo en que describe la forma de saludar a esos otros viajeros con lo que se cruza a diario, con un leve movimiento de cabeza, como si uno apretara los labios y bajara un poco la vista.

Poco antes de embarcar, yo también había anotado una frase sobre otros gestos, esa pose entre elegante, afectada e idiota, de algunos viajeros en la zona de las cafeterías caras y los duty-free, y cómo contrastaba con una familia sudamericana que, sin duda, había decidido juntar todos sus ahorros y sus enseres en aquellos carros para el equipaje, y volvían definitivamente a su país, acabado el sueño europeo.

Y señalo el párrafo en que nuestro hombre refiere un viaje en avión y cómo en el asiento de al lado hay una señora con un rosario en la mano. La escena, dice, le aterra cuando ella empieza a rezar un avemaría tras otro, pero le revela “de un paraguazo” el gran misterio de los viajes modernos, en los que sobran turistas y falta un leve y elegante toque de miedo.

Al rato comprobamos que lo anterior ha sido obra de un escritor vidente, algo premonitorio, porque a las 10:55 a.m., grandes vaivenes en el avión y la voz del capitán pidiendo que todo el mundo se abroche los cinturones y mantenga el respaldo de su asiento en posición vertical, mientras las azafatas llaman a la calma y esbozan ese saludo de apretón de labios y fingida sonrisa, nos hace temer lo peor. Sobrevolamos en ese momento la zona de Montserrat: no se nos explicó qué podía pasar, qué pretendía aquel aire turbio y puñetero. Duró poco, afortunadamente. Algo milagroso, sin duda la intervención de la virgen negra, hizo volver la calma al corazón.

Sigo anotando frases. La pasajera de al lado sigue con su móvil “en modo avión”. Imposible cruzar una palabra con alguien que utiliza esos cacharros. La lentitud de los viejos tiempos y los libros con letras de tinta que casi se sienten si pasas levemente los dedos sobre ellas, fomentaban las amistades y la conversación. Hoy es difícil decirle nada a nadie en el tren que va de una estación a otra en un suspiro, o mirar de reojo la portada del libro para comentarle a tu vecino que esa es una gran obra, que tú también disfrutaste con su lectura y que eso te llevó a viajar hasta el lugar donde está enterrado el escritor y –haciendo un gasto extra– a alojarte en la misma habitación del hotel en la que vivió un romance de un par de semanas con una poeta italiana veinte años más joven que él. Cosas así…

En la página ochenta y siete nuestro autor habla de los libros que mete en su mochila de lector. Hace sobre ello bonitas observaciones: si los libros tuvieran memoria, sus días más felices serían los que pasaron ahí dentro, de un lado para otro, y no exhibiendo su lomo en el estante. La mochila, como el antónimo perfecto de la biblioteca; la ética de la mochila…

Luego anota la lista de los títulos que ha ido leyendo sobre los rieles entre Lovaina y Nimega: entre ellos están –otros que reconozco me parecen chirles, zonzos– Una habitación en Holanda y Correr tras el propio sombrero, éste de Chesterton.

Dejo, por un instante, de leer, anotar, escribir al margen, dibujar, subrayar y tachar, tareas que ya me dirán algunos cómo las resolvería uno si hubiera traído entre manos un artefacto con alma de silicio. Antes de cerrar el libro, reparo en que la libretita para posibles anotaciones y que me servía a la vez de marcapautas, lleva publicidad del Hotel Caribe, de Cartagena de Indias, de un viaje de hace años, y que en ella dejé escritas algunas frases, el nombre de una mujer, de una discoteca, y el título de un posible cuento, “Regeneración”. Palabras que nunca germinaron, no fueron más allá del olvido, como si la tierra en que se sembraron no hubiera recibido después la lluvia de las ideas y los días, el agua mansa de la creación. O porque la vida y los días giraron hacia otros caminos. Y lo que no vas escribiendo, por escribir se queda.

Hice una anotación más: Neue Pinakothek. Era una visita obligada en esta ocasión. No habíamos estado en ella en los viajes anteriores. Yo sé que allí se expone “Almuerzo en el taller”, ese extraño cuadro de Manet. Ahí aparece Léon, en el centro, un joven de dieciséis años, vestido con chaqueta de terciopelo, pantalones crema y sombrero de paja, apoyado en la mesa de mantel blanco que está a su espalda. Detrás, en sombra, Auguste Rousselin, el amigo de Manet. Una criada. Tostadas, vasos y tazas, un plato con ostras y limones sobre la mesa. Y a la izquierda, un extraño bodegón: una espada, un casco y un sombrero de mujer. El joven con la mirada dulce y serena, pero ausente, fuera del cuadro. Como la mirada entre ensimismada y triste de Suzon, la camarera del Folies-Bèrgere, otra escena casi onírica, en la que el reflejo del espejo posterior no tiene que ver con la imagen de la mujer. También parecen entreverse al fondo unas antiguas ruinas.

Miradas ensimismadas, miradas sin mirar. “Une presence d’absence”, escribió Valéry. La mirada del pintor: una forma de ver y narrar la pintura de la época. Yo también quiero verme en ese espejo, en esos cuadros que se vacían hacia fuera, y sentir de esa manera ondulante y absorta. Esa sería una hermosa manera de escribir, algo que produce una música incierta que queda resonando fuera del libro, en el aire.

Ya estamos en el tren de cercanías, el S-Bahn, que nos llevará a Odeonsplatz. Frente a mí se ha sentado una chica joven, morena, de gruesos labios “botox” y ojos color cerveza, que consulta sin cesar la pantalla de su móvil. Fuera, el paisaje está cubierto de la capa blanca y traslúcida que han dejado los escasos copos de nieve. En el túnel, el cristal me devuelve mi mirada enturbiada por el cansancio.

2 Comments

  1. Para no ir tan cargada también te puedes releer a ti mismo. Sobre todo examinar todas esas lecturas que aún no has escrito. Busca y rebusca, entresaca entre todo lo tuyo, como lo hacen tus lectores, buscando y rebuscando para encontrarte y verás que es un placer.

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