Paraísos

Infierno. Detalle de "El jardín de las delicias", de El Bosco.

Infierno. Detalle de “El jardín de las delicias”, de El Bosco.

Por LUIS GRAU LOBO

Durante la mayor parte de su historia, los europeos habitaron un mundo hostil y menesteroso, acosado por las enfermedades, el hambre y la violencia. En medio de tales padecimientos y quizás para exorcizarlos, reprodujeron sus miedos mediante terribles imágenes del infierno, repletas de tormento y crueldad; mientras que sus esperanzas fueron a materializarse en el paisaje improbable de un paraíso dominado por el sosiego y la armonía.

Este año se cumple el quinto centenario de la muerte de El Bosco, pintor flamenco cuya obra más notoria se encuentra en nuestro país. En sus delirantes tablas pueden contemplarse las muy diversas formas que tales lugares imaginarios adoptaron a finales del medievo, sin duda basadas en experiencias históricas reales de una sociedad acosada por el temor y la ira. En nuestros días no es preciso que los europeos nos desplacemos a un templo o un museo para avistar los horizontes flamígeros y tenebrosos del tártaro. Gracias a la tecnología, nos permitimos el lujo de asomarnos a los infiernos de manera casi diaria e instantánea, desde los salones donde nos sentimos a salvo de sus llamaradas. En esos abismos televisados se ahogan, enferman, se angustian y suplican miles de personas que han arribado hasta llanuras estériles y embarradas huyendo de ejércitos inmisericordes después de un pavoroso trayecto en barcas como las de Caronte, en marchas por caminos desconocidos y lóbregos, ancianos y niños, mujeres y hombres; toda una nación de condenados. De allí serán arrastrados o empujados por otros ejércitos negros hacia la siguiente estación infamante de una maldición que quizás sea eterna, pues quizás dure lo que sus atormentadas vidas. Exactamente como en los cuadros de El Bosco. ¿Y el paraíso? ¿Qué fue de aquella ilusión? También lo vislumbramos por una pantalla, pero se compone de cifras y códigos, pues los únicos paraísos que quedan son fiscales. Donde solo ingresan quienes no se molestan por atravesar el ojo de ninguna aguja.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 9/4/2016)

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