Querido diario (73)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Presentaciones del libro, viajes, paseos, discursos en la RAE, encargos… Y rondando siempre las mismas preguntas: ¿Qué es un escritor? ¿La novela está muerta? ¿Es el diario un género impuro? ¿Cómo se escribe un buen poema? ¿Existen las musas?…

Por AVELINO FIERRO

Ayer noche, en el recodo de una calle, durante mi paseo un tanto zigzagueante, me tropecé con Dely. Es la presidenta del Club de Fans, es enfermera. Me llevo muy bien con ella.

Me sobresalté por lo inesperado y porque ella venía con todo el atrezzo de una marchadora nocturna: cascos con una antenita, medidor de pulsaciones, fluorescentes en los codos y las zapatillas… Yo me di de bruces con esa silueta suya de pelos encrespados y pegué un respingo: era una luciérnaga gigante, casi una mantis zombi que podría devorarte si le parecías tierno.

En nuestros encuentros me deja creer que llevo las de ganar porque no solemos hablar de mis escritos y sí de mis hipocondrías. Y la consulta puede tener lugar, como ayer, en un tramo mal iluminado de una travesía en el barrio de San Lorenzo. Ella tiene ahora destino en ginecología, y posee una amplia formación, también humanística. Y siempre acierta, tras una buena anamnesis, a diagnosticarme, que viene a ser como tranquilizarme.

Pero ayer no sucedió así. Llevaba varias noches patrullando por algunas zonas porque deseaba hablar conmigo, no escribirme un correo electrónico, porque me escabulliría fácilmente, y quería agarrarme por las solapas, mirarme a los ojos –ella los tiene muy bonitos– y decirme: “¿Qué te pasa, que llevas más de un mes sin escribir? ¿Estás vago? ¿Depre? ¿Necesitas chicas, champán, más pastillas?”.

La tranquilicé y le dije que no había variaciones apreciables y que seguían los picos habituales en mi electrovitalgrama. Bueno, que quizá un dolor persistente en la rabadilla podía esconder un tumor maligno, que no era una simple lesión más, debida a que hacía quince días me había espurrido demasiado al resbalar sobre las hojas de las hayas bajando en el bosque de Corona, o a una mala postura impuesta por el monitor de Pilates.

Pero ella insistió en lo literario y me hizo prometerle que al día siguiente –o sea, hoy, sábado, con un despiste tremendo, pues son las ocho de la mañana, una mañana de sol hiriente e idiota– intentaría una nueva entrada del diario. Estoy tratando de escribir; claro, he bajado la persiana y he encendido el flexo, pero a estas horas no me pide el cuerpo poner música. Lo que me pide es poner la manta eléctrica por la zona del coxis, pues sigo algo doblado. No son condiciones para la creación. Te mete el dedo en el ojo el mundo objetivo, no hay misterio, no estoy paseando por el bosque sagrado, “die heilige Wildniss”, decía Heidegger.

Ayer, antes de asentir a sus deseos, musité algunas excusas, dije tonterías, “préstame alguna jovencita que haga de secretaria y anote lo que yo le cuente del día a día, porque sabes que no llevo libreta de escritor”, y “haced una colecta y compradme un móvil para que se lo vaya radiotelegrafiando: hoy es uno de abril, nubes caprichosas parecen dirigirse hacia la zona de los campamentos de refugiados”, “he vuelto a ver al tipo fascistorro en el parque, está más gordo: o está recuperado, o la medicación lo infla como un globo”, “la frutera de piel de naranja fuma en la trastienda”, “mi hija y yo ponemos a veces a todo trapo –cada uno en su casa– la canción de Junip que nos descubrió Sergio Fernández Salvador, y nos parece, según el día, una chiquillada, jugarretas de la genética, una hermosa conexión astral”.

Nada le hizo demasiada gracia: “Has estado en Madrid presentando el libro; has estado en el acto de ingreso de un amigo en la Academia; has ido a la montaña; también has presentado el libro en Oviedo; ¡no me toques la cígara!”. Todo mientras me volvía a coger por las solapas. Luego dio un brinquito, me pellizcó los cachetes y derramó una sonrisa. Sus ojos también se tiñeron de un brillo verdoso. Sabía que la literatura le ganaba esta vez la partida al relato de las hipocondrías. Que no tendría que insistir más.

No me queda otra. Desde que ella lleva la presidencia, todo es más razonable. Le estoy muy agradecido. Ha conseguido aplacar a las fanáticas de la sección –no sé cómo denominarla– digamos sadomaso, o “del subidón”, dicen ellas, lectoras sobre todo de literatura erótica y pornográfica, porque entienden que eso es liberación femenina y ampliar los límites machistas impuestos a la libertad sexual y autodeterminación de la mujer. Una me dijo en cierta ocasión, “tu libro no está mal, pero acabo de leer –mencionó ese título de las sombras que está de moda– y eso es Intercambio de Poderes Absolutos, eso es transgresión; lees y gimes y se te contraen los músculos del bajo veinte; me corrí en la página treinta”. Y a renglón y gemido seguidos me cursó una invitación para asistir a la sesión de lectura que algunas de ellas, de forma casi secreta, organizaban aparte de las generales y mensuales del Club. “Esas son más aburridas que las de la comunidad de propietarios”, acabó diciendo, a la vez que ponía boca de fresa al más puro “estilo Tess”.

Por supuesto, no acudí a la cita. No sé si habría ocurrido algo especial que me hubiera hecho sentir incómodo. O puede que únicamente se hablase de Literatura, así, con mayúsculas. No sé tampoco si algún otro –éste es un Club de amplia gama que agrupa a varios escritores; no sé a cuantos más jalean o persiguen las asociadas, ni sus nombres, sé que lo llevan en secreto para no herir vanidades– ha acudido. Uno ya no está para esos jueguecitos. Puede que mi suelo pélvico esté como el de un adolescente –es un ejercicio repetido que hacemos en el gimnasio para evitar lesiones de espalda y en las lumbares–, pero la edad, la dignidad… Hace un rato busqué en el María Moliner, no sé por qué, una de las primeras palabras de este escrito, “recodo”. A veces hay sentidos inesperados o múltiples para vocablos que creíamos sin doblez. Al lado leí “recogeabuelos”: “Pasador con que se recogen los pelos abuelos (pelos cortos de la nuca)”. Me vi tan aludido que estuve un rato rascándome el cogote, sin escribir.

Aquí sigo, con la persiana baja y un poco agobiado. He cambiado de bolígrafo, a pesar de que no soy maniático para estas cosas. He dejado el Pentel de siempre y he cogido uno de publicidad de un laboratorio, que habrá dejado Carmen Caballero en casa. Es regordete y con curvas, de color rosa y tiene un olor especial. Anuncia un antibiótico que lo mata todo, de vasto espectro. Cualquier cosa me distrae y no sé muy bien qué escribir. Van a dar las dos en el reloj y quiero salir a pasear, antes de que empiece a llover.

El sol se ha ido y el día se ha puesto gris. Oigo a Mar en el piso de abajo decirme que meta por si acaso el tendedero de la terraza. La he visto fugazmente en el baño probándose una camiseta interior muy ajustada de tirantes negros. No sé muy bien qué escribir…. Tenía dos anotaciones y media para arrancar con algo y las he perdido.

En una de ellas creo que estaba aquella definición del escritor como un sistema inalámbrico, que encontré en la entrevista a un autor inglés en el ABCcultural. Escribir, venía a decir, es recibir, remezclar y retransmitir varias señales al mismo tiempo.

Yo hace un mes que ni recibo ni retransmito. A ver si es que tengo la antena mal orientada o es que no quiere pasar visita domiciliaria la jodida inspiración. En una antología de poemas, Quien lo probó lo sabe, recuerdo haber dejado un dibujo al lado de unos versos que hablaban de polígonos, áreas comerciales y oficinas mal iluminadas. Dibujé un edificio acristalado, en un descampado, ya llegada la luna, y muchas antenas transmitiendo su señal. Así me siento ahora, solo en un descampado, a la intemperie, pero con poca actividad eléctrica y tratando de establecer conexión con los recuerdos, de avivar alguna señal. Me cuesta bastante ir más allá del anecdotario, de reducir a signos o símbolos muy evidentes estos días pasados sine linea.

Sí, estuvimos presentando el libro en Oviedo. Y puede que esta incapacidad o inapetencia de las últimas semanas, esa incomodidad que ni yo mismo quiero asumir o reconocer, entrase un poco bruscamente en el discurso: hablé mal de la Poesía –esa verdad temblorosa del mundo, como dijo Umbral en uno de aquellos programas radiofónicos nocturnos de la radio leonesa de los 50–, y de los poetas, a quienes todo se les disculpa porque se entiende que la Musa es caprichosa. No se les piden explicaciones.

Y los demás estamos siempre justificándonos, teorizando, poniéndoles un tul transparente o una coraza de hierro, vistiendo, en definitiva, a nuestras criaturas, a pesar de que luego todo el mundo esté de acuerdo en que la novela esté muerta o los diarios sean un género impuro.

No seguí mucho así, caí en la cuenta de que en la primera fila estaba un buen amigo, excelente poeta, que había presentado su libro unos días antes y cada vez fruncía más el ceño. Pero tengo razón: su presentador, en una reciente entrevista para la revista Anáfora, a la pregunta de qué proceso seguía habitualmente para escribir un poema, respondía: “la musa –y hablo en serio– me lo dicta”.

Los narradores, o los que anotamos asuntos más ramplones de la deriva de los días, tenemos que estar a la brega, no al capricho. Somos artesanos, poco artistas. Bajas la guardia, o no se te ocurre nada, o estás depre, o te duele el culo… y viene la presidenta y te conmina a acabar las vacaciones, a meterte de nuevo en la zanja.

Estaba molesto, sí, y hablé también mal de los poetas de Internet y de las redes sociales. Esto de ir de neoludita de amplio espectro ya es para mí un clásico, lo bordo.

Y en cuanto a los “book apps”, microrrelatos de Twitter, novelas ‘ampliadas’… Hace unos días prendí el ordenador por ver si estaba yo mal o escasamente informado. Tecleé el nombre de uno de ellos, que tiene muchos “me gusta” y visitas y eso, y venían unas frases muy valoradas por sus seguidores: “Yo subía las escaleras de su cuerpo, ella se tiraba de mi abismo…”, “Me gustaría explicar qué hace que dos cuerpos se amen (…). Es saber que entre tanta chimenea, entre tanta confusión, en medio de la marcha brutal del mundo, nuestras manos se comprendan”.

No entendí nada, a no ser que “chimenea” sea una metáfora de moda entre los jóvenes y yo no me cosque. Puede que el problema esté en mi cuerpo, en la falta de testosterona. Para los lectores mayores, el poema y el poeta son otra cosa. Hace unos días, Ruth Miguel me envió por correo electrónico unos versos. Dos palomas que se hieren a picotazos en los tejados. Hace de ello una estampa de la lucha por la vida, un símbolo. Había allí limpieza de mirada y conciencia del oficio, esa definición del laboreo poético que da Álvaro García al hablar de la poesía de Auden: sabe ver lo que importa y hacérnoslo memorable.

Disfrutamos en la presentación del libro. Mi hija, al vernos siempre sonrientes en las fotos, dijo que parecía más un monólogo del club de la comedia.

También hablé de las lampreas. Una de las reseñas que más ilusión me ha hecho es la aparecida en Ruta 66, revista de rockeros, que firma F. Fierro. No es un primo lejano. Lo he conocido hace poco por un rebote o carambola del destino (otra casualidad: una de las acepciones de “recodo” o “codo” es lance del juego de billar en que la bola toca sucesivamente en dos bandas contiguas) en un bar de barrio, mientras yo miraba un cartel que anunciaba raciones de lamprea “sólo por encargo”.

Esto está empezando a alargarse demasiado. Aquí no habrá llegado ninguno de los lectores de los 140 caracteres. Han pasado más cosas, todas las que me recordaba y demandaba Dely, y algunas más.

En el fin de semana en la montaña, recuerdo haber oído conversar a Mar y Marta sobre la temperatura del color y la creación literaria y musical. Yo permanecí callado. Las gotas de la lluvia de madrugada brillaban como notas de una pieza de Debussy, ayudadas en ese momento por un sol titubeante que se colaba por las ramas del tilo.

Escribí también unos cuantos folios para una revista hispano portuguesa sobre los recuerdos de mi primera visita a Lisboa hace unos años. Fue una agradable sorpresa que me invitaran a colaborar con ellos. Y, como siempre, estoy un poco arrepentido de ese escrito: lo releí con calma, lo envié y, sin embargo ahora pienso que tendría que reescribirlo por entero. Al menos, retocar bastante más de 140 caracteres.

Y la presentación del libro en Madrid, claro. Que hable sobre esto me lo han pedido varios. La provincia es la provincia y la vida cultural está llena de conspiraciones y cotilleos, complacencias y envidias. He recordado aquel “vulgo municipal y espeso” del que habló Rubén. No se me entienda mal, estoy bien en esta ciudad, ciudad de sombra. Como dice el poema de Pimentel, sé dónde el granito tiene su alma y dónde las cornisas tienen su sexo y dónde la lluvia cuelga su ropa.

Todo resultó bien en la presentación en la librería “Cervantes y compañía”. Julio, Marta del Riego, Héctor, Óscar, Cerebro… me arroparon.

Y estuvimos en El Prado, viendo visiones. Bergamín escribe en Al volver, en 1962, que oye esa conversación en el museo:

—¿Usted ha venido al Museo del Prado a ver pintura?

—No, señor, yo he venido para ver visiones.

Y cita a continuación a Ramón Gaya, que por aquellos días expone en Madrid: “Ver para creer en los lienzos que tenemos ante los ojos; la pintura no es una religión, pero sí una fe”.

También visitamos a Ingres, La Tour, Miró, y los italianos puntillistas en Mapfre. Y las fotografías hermosísimas de José Manuel Navia, “Miguel de Cervantes o el deseo de vivir”. Navia ha recorrido todos los lugares cervantinos. Está varios días en Oriente. Sólo deja de allí dos fotos, una de ellas, un agua algo encrespada y nocturna del mar griego, frente a Corinto. Una huella. La que ha destilado su intuición e inteligencia. ¿Qué más decir o mostrar de aquel tiempo aciago?

Ah, y fue hermoso el discurso de Félix en la Real Academia sobre la utillería y el aprendizaje del heroísmo y las palabras verdaderas. Quizá tendría que haber empezado uno por ahí, contando eso que ha sido lo más demandado por los amigos cuando hemos vuelto a la costumbre provinciana. Lo hemos repetido muchas veces, como buenos pueblerinos, en versiones diversas, de manera cercana o distante, ahuecando la voz, por boca de nuestra amiga Asun Arzola (que conoce bien la institución y también a quien dio la réplica a ese discurso, el escritor del Nobel, y a su pareja de moda), en tercera persona, en primera con visión múltiple, como narradores omniscentes…, por lo que ya no vamos a escribirlo aquí.

Qué necesidad. Tampoco es que de un lugar a otro cambien tanto las cosas. Qué más da la capital que la provincia, los fastos que la rutina, el hoy que el ayer; vanidad de vanidades… Pasan los hombres y lo mejor o lo más chusco de la naturaleza humana permanece. A mediodía he visto una banda musical que atronaba en una plaza entreteniendo a las chicas de una despedida de soltera. Y parecía que no había pasado el tiempo. Era como el reverso animoso de aquellos versos de los Poemas de provincia de Andrés González Blanco, escritos en 1905: “Aquella tarde te seguí. ¿Recuerdas? / Melancólica tarde de domingo. / A un borde solitario del paseo / la charanga tristona del Hospicio / metalizaba, bronca y desacorde, / un vals de algún autor desconocido”. Bueno, quizá todo era ahora un poco menos lánguido, y a la futura desposada, vestida de bruja, un tatuaje procaz le amenizaba la hendidura de su escote.

He cumplido, espero, con mi Club. Y con Agustín B., que no hace nada me decía que le había costado acabar el segundo libro porque algunos capítulos eran un tanto ensayísticos. Le dije que entendía que Una habitación en Europa le hubiera resultado más ameno, que aquello era como un juego. Y que el segundo podía tener algo más de impostado, de querer probarse uno como escribidor, ir con más tiento, un poco más a propósito, con un deliberada voluntad de estilo, buscando un modo menos fargallón.

Por eso valga esta crónica llena de obviedades, sucedidos y símbolos visuales –las antenas, mi rabadilla, la lamprea– nada poéticos o trascendentales. A veces uno se cansa de sudar tinta, del trance y del ensueño, de implorarle al Daimon, de poner oídos a lo inefable, de ser, por ello, tan vulnerable.

Presentación del libro de Avelino Fierro en Oviedo. A las puertas de la librería. © Foto: María Jesús.

Presentación del libro de Avelino Fierro en Oviedo. A las puertas de la librería. © Foto: María Jesús.

  1. José Luis Avello Álvarez

    Sólo quiero decirte que éste, tu 73, también forma parte de esa habitación en Europa. Sigues haciéndonos visibles a tus otros tuyos, sin dar apenas apellidos. Gracias por hacerlo así. Es confortable que nos alejes de esa idea de que sólo estamos rodeados de enemigos.

  2. Ventura Rico Castelló

    ¡Gracias a la presidenta-deportista Dely!
    Podríamos decir:
    Mi diario me obliga a escribir Dely
    y con ello alegrar a mis amigos:
    ¡un rato sin mirarnos los ombligos
    y mejor que estar viendo cualquier peli!
    Etc…
    Y pido disculpas porque sé que tienes lectores ilustrados.
    Un abrazo, Avelino

    Ventura

  3. Sebastián Álvarez Toledo

    Enhorabuena, Avelino, por el nuevo libro y por sus distintos actos de presentación. Sí, tal vez sea algo menos divertido que Una habitación en Europa, más exigente. Yo lo he visto en ese mismo y difícil estilo de diario que armoniza lo cotidiano y personal con referencias literarias intemporales.
    Sebastián Álvarez

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