“Castillos de arena”, un relato de Sol Gómez Arteaga

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

La autora de este relato nació en 1967 en Valderas (León) y reside en Madrid —donde trabaja en el servicio de Psiquiatría del hospital Gregorio Marañón—. En su blog Sol a la tinaja cuenta que le gustan “los puentes semihundidos en los que los personajes conversan acerca de la vida, lo más bello, lo más doloroso, lo único”. Colabora desde principios de 2015 en la sección cultural “Contexto Global” de la revista digital “Astorga-Redacción” y en la sección de opinión “En la tercera columna”. Tiene escritas tres novelas breves, y sigue “escribiendo, corrigiendo”. Para ilustrar este relato de verano hemos elegido una fotografía del leonés Óscar García Bárcena.

Castillos de arena

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Matías, un joven de veintitantos, recibe a Lola con un bañador de estrellas de mar azules y naranjas. Llama la atención la blancura de su piel. Ha tendido en el suelo una toalla de flores y dispuesto dos vasos con una bebida color fucsia de los que sobresalen dos pajitas. En una esquina están sus gafas.

Lola es una mujer madura. Se acercan, se abrazan, él le besa el cuello, el nacimiento del pecho. Le quita su vestido playero. Hacen el amor sobre la toalla, que con los embates apasionados de la pareja acaba arrebujada a un lado.

Él se pone de nuevo el bañador. La mujer saca del bolso de su vestido un bikini de lunares rojos, un turbante a juego y se los pone. Recupera la toalla y la extiende. Se sientan en ella. Miran el horizonte azul turquesa flanqueado por palmeras.

Lola sorbe con la pajita el líquido fucsia.

–Qué asco, está caliente.

El joven hace como que coge con unas pinzas dos hielos de una cubitera y los coloca en el vaso de Lola. En su vaso pone otros dos cubitos. La mujer sorbe de nuevo.

–Está igual de caliente.

–¿Te ocurre algo?

La mujer se queda mirando fijamente una de las palmeras.

–En realidad no dejo de darle vueltas a qué coño hacía esa chica saliendo de tu casa ayer a las ocho y cuarto. Y no me digas que qué chica porque la vi por la mirilla con mis propios ojos.

–¿Elisa? ¿Te refieres a Elisa?– Matías se ríe con ganas –No es más que una compañera de facultad que me traía unos apuntes. Como puedes pensar, ja, ja, que Elisa y yo… Pero si es una tabla, además huele a armario cerrado. Y yo –ya serio– no puedo soportar el olor a armario cerrado. Además sabes muy bien, Marina, que yo solo te quiero a ti.

-¿Marina?

-Sí, ¿no te gusta?

-Ummmm, en realidad nunca me habían llamado así.

Lola acerca la pajita a la boca y sin dejar de mirar al joven sorbe el contenido del vaso haciendo pequeños ruiditos hasta que no queda nada. Lo posa en el suelo. Con voz impostada, intencionadamente infantil, dice:

–Te voy a dar una crema estupenda de papaya. La brisa del Caribe es muy traicionera y tú estás tan blanco…

Hace como que desenrosca un tapón, como que se echa crema en una mano y con ella va masajeando amorosamente la espalda, los hombros, los brazos, las piernas del chico.

Él se deja hacer tumbado en la toalla. Intenta atraerla hacía sí. Pero Lola se repliega hacia atrás. Se pone la mano a modo de visera. Achica mucho los ojos. Señala al frente.

–Mira a esos niños haciendo castillos de arena.

–¿El del gorrito azul y el del gorrito rojo con franjas blancas?

–Siiii…

–Ahhhh. Es el castillo más bonito que he visto en los últimos años.

–Tú tienes que decir no es un castillo, es una iglesia románica.

–No es un castillo, es una iglesia románica.

–Vamos a esa roca. Quizá haya mejillones.

Se acercan de la mano.

–Mira una quisquilla.

–Y un cangrejo.

–Y un pulpo.

–¿Un pulpo?

–Sí, un pulpo, cojámoslo rápido y metámoslo a la bolsa. Así tendremos para cenar.

Hacen como que lo cogen y lo meten en una bolsa que luego anudan fuertemente.

La mujer, de pronto, dice:

–Me quiero bañar.

Corre a un agua imaginaria, le dice ven, él corre hacia ella que le coge de la mano y juntos, acompasadamente, saltan imaginarias olas, se ríen, se tienden boca abajo, arrastrándose sobre el cemento mueven los brazos y las piernas como si nadaran, hasta quedarse exangües, cada vez más quietos, dos peces fuera del líquido elemento.

–Marina.

–¿Qué?

–Me gusta estar así contigo

–A mí también me gusta estar así contigo.

–Es lo mejor de la semana… estos ratos, porque el resto, la verdad…

Ella le tapa la boca, se pone las manos detrás de los oídos, simulando prestar atención.

–¿No oyes esa música que viene del chiringuito? –Lola se pone en pie, tararea una canción de moda. Ta, ta, ta, ta… Coge al joven de las manos y tira de él, obligándole a levantarse–. Bailemos.

Bailan un buen rato al ritmo que marca la mujer que, de haber recibido el entrenamiento adecuado, podría haber sido una cantante profesional. De pronto mira la hora. Se alarma.

–Las ocho menos cuarto. Me tengo que bajar –a toda prisa se pone el vestido playero.

Matías se queda inmóvil, los brazos estirados a lo largo del cuerpo. Cubierto tan sólo por su bañador de estrellas de mar azules y naranjas es la imagen misma de la desolación.

–¿Cuándo nos volveremos a ver?

Lola le mira, y mientras se quita el turbante de lunares le dice con un guiño:

–Pronto, enseguida, porque me habré quedado sin sal o necesitaré migas de escabeche y los vecinos, los buenos vecinos se entiende, están para ayudarse.

–Digo como esta tarde.

–El sábado por la noche que Pepe juega al póker, después de acostar a los niños.

–Entonces toca París. París, la nuit. Traeré la lamparilla malva y tú… tú te pondrás la falda negra de tubo, los botines de cordones…

–Están muy rotos y muy viejos.

–No importa, como será de noche ni se notará. Y serás Monique, o Valerie, no sé, tengo cinco días para pensar cómo llamarte. Y navegaremos por el Sena en bateau mouche.

–¿Qué es eso?

–Una sorpresa.

–¿Y subiremos a la Torre Eiffel?

–Pues claro, y a trescientos cuatro metros de altura nos querremos como nadie se ha querido.

Lola acerca la punta de los dedos a su boca y con la palma de la mano extendida hacia el joven le sopla un beso. Sale. Matías se pone las gafas, mira el cielo, los destellos morados y plomizos le recuerdan a un cuadro de Van Gogh cuyo título ha olvidado o, en realidad, nunca supo. Con cuidado de no rasgar los bordes destiende el poster de una playa idílica que encontró en un contenedor, y tras recoger la toalla, los vasos vacíos, entra en la cubierta del ático.

 

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: