1 / La laca Nelly

"Errantes". Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

“Errantes”. Una obra del artista leonés Esteban Tranche.

El poeta leonés Aldo Sanz inicia aquí un relato urbano que tendrá continuidad, y que en cada ocasión aparecerá acompañado por una obra del pintor Esteban Tranche realizada al margen del relato. Esta es la primera entrega.

Por ALDO SANZ

Echeverríaestrasse. Esta es la calle. Lozana y vigorosa, sin noticia de turistas, sin mármoles, sin blasones ni ruidos que puedan perturbar gravemente al que transita o espera. Verdaderamente una de las mejores calles de La Ciudad. A mí me llaman John-john. No sé por qué. Por un lejano ascendente, anglosajón, quizás. Supuestamente una cosa así siempre da brillo a oscuros apellidos y desbastados linajes. Nunca he visitado los bosques ingleses. De sus sombras profundas, del susurro de sus árboles, no existe posible comparación. Un recuerdo lejano, un olor de barniz desgastado. Como cuando te cortas con la hoja de un cuchillo afilado y ese recuerdo, aunque ya no recuerdes cómo fue, te queda para siempre en forma de cicatriz. De modo que vemos la cicatriz del amor o del asco, de la hermosa mañana o del conejo guisado a la lumbre del hogar y no recordamos qué ha podido suceder, quién con tanto esfuerzo ha cavado una zanja imposible de saltar entre un yo y otro yo, entre un fui y otro yo. Otro yo. Eso debe pasar, el tiempo indescifrable, circular, exento de insurrección. La calle recogía la primera luz de la mañana. Débil, la luz. Dorada, resbalando poco a poco por los edificios de siluetas desastrosas y también por los otros, los espléndidos, dormitando todavía. Aquí está todo permitido y nadie se alarma por nada. Es una gran ciudad al borde de la extenuación. Vivir con calma y sosiego durante todos los días del año y no mostrar desasosiego ni pruritos en la piel equivale a tener una gran vida interior. El eco de los días, el desacato de las ruinas históricas. De las ruinas, sencillamente, sin ningún adjetivo. Sin ningún tiempo. Cuando joven, ver la ciudad vacía, así, amodorrada, le producía sarpullidos. Estos rostros no son muy diferentes a los rostros de los burdeles que hay detrás del Kremlin o los de los obreros portuarios de los astilleros de Gdansk. Pidió a la camarera un café con leche muy caliente, como de costumbre, un croissant, tipo francés, y un vaso de agua. Todo está bien. Ordenado. Pensó quedarse así toda la mañana, trabajando de estatua, soportando los cuerpecitos de esos pajarracos, malditas palomas, no me explico cómo no han enloquecido todavía hasta su desaparición. Llegarían las furgonetas de reparto, y me quedaría imperturbable, la cartera rolliza y rubia con documentos de la Seguridad Social, imperturbable, los vociferantes niños piando con sus padres antes de entrar al colegio, imperturbable, como un Pessoa eterno a la puerta de La Brasileira. Qué dignidad, vivir para siempre en el metal, evitando la oscuridad de las miradas, la tregua de la vida. Ordenado. Todo está bien si a los otros se les considera como lo que son. Algo fugaz, enclenque, algo que nunca llega a desesperar del todo.

Olor profundo. La fábrica de mantequilla despedía un olor disfrazado y tenue, como a lilas ocultas que se entregan por segunda vez. Perfumes y fragancias, el mundo de la evanescencia, habiendo sido o no descifrado, escrito, imaginado, amado, stock de banalidades con inminente y nítido final. Una brisa fresca, un empujón accidental . Si la droguería ya está abierta pillaré un bote de laca Nelly. ¿La catedral?, sí, mira, coges esa avenida, a la izquierda. Caminas hasta el final, verás una fuente, giras de nuevo a la izquierda y ahí tienes lo que buscas. Es fácil. No tiene pérdida, como en cualquier ciudad. Una ciudad es todas las ciudades. Bajolasnadas es un paseo que te gustará. John-john se repitió mentalmente la agenda de todo el día. Lunes. 20 de junio. No reparó en el año. Compraría la laca. En Casablanca cambiaría dos o tres películas. Una del Oeste, por lo menos. Tomar unas cervezas y comer. Todo está controlado. Crema de zanahorias, puerros y alga kombu. Sentarse en el sofá, ver una película. Poca gente a estas horas. Estante inferior, lacas, aceites capilares, fijadores. Los productos más ordinarios. La Spolónplatz a la vista. John-john y el vecino cojo se cruzaron. Fingió no verle. Es capaz de tenerme más de diez minutos hablando para nada. Si mi nieta ya anda, si las flores son caras. Qué más da, no las compres. Los jubilados hablan de cosas muy poco comprometidas, se está poniendo el sol sobre sus nucas y en un pequeño desliz, en un despiste imperceptible ya están sobre la lona. Lo saben. Hay que andar con mucho cuidado. Uno lee, otro sondea el viento color ceniza siempre. ¿Es que no hay más colores para el cielo de los viejecitos?

Al salir de Casablanca la Ciudad era la misma superestructura. Los coches y los autobuses rivalizaban en formas y color con las luces de los edificios y las sombras sepia de algunos rincones. Cláusulas de la memoria bloqueando la garganta. Grupos de gente sonriendo, silbatos, sirenas de ambulancias atravesando a toda velocidad ventrículos, ictus, radiografías urgentes, coge la curva más rápido, se para, se me va, se me va, ya lo tengo. Olores rápidos, precisos. Por la ventana entra la claridad de la tarde. John-john baja la persiana y los geranios paran de repente de crecer. Apenas se oye murmullo exterior. Conecta el video y coloca un dvd. En la pantalla unos hombres con cartucheras y pistolas atraviesan un desierto. Terreno abandonado por los indios chiricahuas. Por aquí parece que hubo una gran fiesta. Sí, sheriff, la hubo y nos la hemos perdido. Cuando lleguemos a Dodge City nos desquitaremos. Polvo y sudor sobre la piel. Un viento cálido y poderoso silba, golpea la piedra del desierto. No hay más allá, sólo pasos desesperados, chispas del roce de las espuelas contra el suelo. Avanza, Finnegan, avanza. Maldita sea, no me gusta que anuncien mi muerte con tanta antelación. Bang-bang, alguien ha decidido no dejar la menor huella. Bang-bang, el revólver escupía mata ratas. Bang-bang, las casitas de madera y los cristales vestidos con visillos blancos a medio descorrer. John-john estaba sudoroso cuando entró en el saloon de Dodge City. Los dados de unos jugadores bailaban saltarines sobre el tapete verde. Lámparas de queroseno, rostros de petróleo. Al fondo, en las butacas de piel, Sara Dancer y sus chicas. Por ahora ha pasado el peligro. John-john acaba de un trago la cerveza. Pulsa pausa. Destapa el bote de la laca Nelly y pulveriza generosamente a su alrededor. Respira profundamente el delicado aroma de la laca. Se arrellana en el sofá. Pulsa seguir.

(…continuará)

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