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Cancamusa 20. Julio 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

Cancamusa 20. Julio 2016. © Fotografías: José Ramón Vega.

El fotógrafo José Ramón Vega y el poeta Víctor M. Díez continúan con su original sección creativa para TAM TAM PRESS. Se titula “CANCAMUSA” y tiene periodicidad mensual. Cancamusa es un término utilizado, con frecuencia, en el mundo de la magia y que viene a significar: dicho o hecho con que se pretende desorientar a alguien para que no advierta el engaño de que va a ser objeto. El mecanismo de la sección consiste en la propuesta, por parte de Vega, de tres de sus fotos, en principio, inconexas entre sí, sobre las que Víctor M. Díez debe escribir, improvisar, armonizar un texto que cree un trampantojo poético. Nada por aquí, nada por allá. Sin trampa ni cartón. ¿Dónde está la bolita?

Aquí va la vigésima entrega:

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Fotografías: JOSÉ RAMÓN VEGA
Texto: VÍCTOR M. DÍEZ

CANCAMUSA (Julio 2016)

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

El verano estancado en la enorme cubeta, como si ésta fuese un laboratorio en que se experimenta con la memoria civil de las estaciones. Sabemos lo que hicisteis el último verano. Vuestras fiestas azules, las conservamos cuidadosamente congeladas en el fondo de este estanque. Azul cóctel, ginebra azul con dexedrina, música chill out por aspersión, lino, panamás, sandalias, farolillos al atardecer. Todo está aquí, esencia de un verano imposible de olvidar. El telón de niebla cerrado, las sombrillas recién podadas, las tumbonas con la cabeza gacha, cuatro hortensias quemadas, los cipreses lanzándose de cabeza al agua o la mujer que ora ante la fuente del tiempo, son indicios de ese impás. Fuera de temporada. Todo está esperando que vuelvan las aves migratorias. Todo espera a los nadadores que dan la vuelta al calendario, de piscina en piscina, hasta llegar de nuevo a la estación nutricia. Pero De repente, el último verano (la pluma de Teneasse Williams gime como un sable).

(Toma 2)

O también: ‘Era uno de esos domingos en mitad del verano en que todo el mundo repite: «Anoche bebí demasiado»’, Así comienza el gran relato de John Cheever: The Swimmer (el nadador), ‘Lo susurraban los feligreses al salir de la iglesia, se oía de labios del mismo párroco mientras se despojaba de la sotana en la sacristía, así como en los campos de golf y en las pistas de tenis, y también en la reserva natural donde el jefe del grupo Audubon sufría los efectos de una terrible resaca’. La historia fue llevada al cine por Sidney Pollack (después de que Frank Perry abandonase la película) y fue protagonizada por Burt Lancaster. Cheever, que se ganó el curioso apodo de ‘El Chejov de los barrios residenciales’, contaba la historia de un tipo que decide volver a casa descendiendo la colina de piscina en piscina vecinal, como si nadase en un río imaginario, salpicado de memoria y encuentros que revelan el mundo en el que vive: sus miserias y sus encantos.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Hay un dado en el cielo que dice cuatro. No, cuatro coma cinco; vamos, cuatro y medio. La calificación del abismo, en nuestro sistema decimal de calificación. Hay un suspenso suspendido en el cielo. Hay un cielo girando ahí afuera, para los moribundos. Tiene gracia que el agonizante entre las flores, vea pompones o fuegos artificiales en su último suspiro. Después del disparo vio el cielo constelado de fiesta, el pobre desgraciado. Son las copas de las palmeras. Tus últimas copas, parece decir el asesino. Dicen que algunos veían a Nixon o al emperador Guillermo II al agonizar; Cuánto mejor estos personajes vegetales como tótems ¿No crees?

Hay una gasa o un tul en el cielo, dicen los enamorados. Hay un punto de fuga en el cielo, es el cielo de la boca que no se atreve a pronunciar la palabra mágica. Cinco dedos hurgan en la panza del firmamento, le hacen reír hasta que llueva. Escobas para las telarañas del techo, brochas incesantes de un azul desvaído. ¡Qué rayos!: antenas, hélices, cucharones, paraguas, batidoras para espesar las nubes. ¡Hay que ver cómo centrifuga el cielo!

Hay un lienzo deslavazado en el fondo de ahí arriba. Hay un no sé qué de luz tren de lavado. Hay un ácido jugando a las cuatro esquinas. Cabezas mágicas, cuerpos leñosos, raíz cuadrada del tiempo. Hay un espejo en que mirarse, como si fuésemos un mar que no sabe estarse quieto.

© Fotografía: José Ramón Vega.

© Fotografía: José Ramón Vega.

Como un Hooper 2.0. Así sería ahora. Todo quieto, también, todo en silencio. Ese orden clásico. Personaje en Babia, en apariencia, pensando en las musarañas. Una estancia isobárica. Una cápsula en la que se detiene el tiempo y uno podría recitar los títulos de los lomos de los libros, como el joven Dylan leía las latas de conservas de aquel colmado de la frontera, en Pat Garret & Billy the Kid. Quizás su mejor poema.

La línea compositiva rezuma clasicismo. La columna bafle, lámpara, extintor busca simetrías. Todo es literatura sobre cine y fotografía. Leer para ver. Hay proyectores antiguos y cámaras de coleccionista en los anaqueles. Pero la escalera y la lámpara de mesa son como bichos, animales domésticos de la antigüedad. El gato quieto o el perro erguido. Podría sonar Joe Pass y no se movería una hoja.

El personaje se muestra onanista, mueve sus deditos sobre los genitales. Ve lucecitas, oye ruiditos, está en la nube, aunque mire hacia abajo. El tipo se toca ahí. No te toques de nuevo, Sam.

 

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