Querido diario (77)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Por AVELINO FIERRO

He vuelto a pensar en el dibujo. Estábamos paseando cerca del árbol de las dos lunas, esperando la noche más cerrada, y llamó Sendo. Le proponía a Julio que le presentase su exposición en la reformada casa astorgana de los Panero. Y el recuerdo de esa vieja pasión de adolescente se me ha venido encima en los días siguientes, en momentos y lugares inesperados: durante la lectura de un poema, en la visión de las sombras de unos árboles –también anocheciendo– en la taberna de los Pinos, viendo los libros que formaban pequeños zigurats en el suelo de la habitación…

Y me he sorprendido a veces mirando el mundo o los objetos de forma deliberada, escudriñándolos, tratando de aprehenderlos, pensando en cómo los traduciría al llevarlos dibujados al papel. Con tanto mirar parece que estaba dando la razón a Degas cuando decía aquello de que el dibujo no es la forma, es el modo de ver la forma.

Así he estado yo en varias ocasiones estos últimos días, de mirón, desnudando volúmenes, claroscuros y puntos de fuga. Con poco provecho; casi no he dibujado. Pero he vuelto a releer algunos textos sobre el dibujo y a recordar –entornando los ojos para avivar la memoria– cómo hace mucho tiempo me afanaba en trasladar a un papel apresado con chinchetas en un tablero, los datos, líneas, grises y hasta el alma del modelo. Hace mil años estuve en una academia. No hice carboncillo, pasé directamente a los pinceles. No llegué a terminar un óleo de una jarra con algunas flores secas. Me entretenía más viendo al profesor, que alternaba paisajes entre puntillistas y a la manera de Cézanne, y retratos imaginarios de personajes y borrachines como los de Hals. Era un gran paisajista y colorista.

Me distraía también observando al resto de los alumnos, sus diferentes maneras de ver, esas ojeadas alternativas al modelo y al soporte, cómo sus manos trasladaban al papel y recreaban lo percibido. Las réplicas podían ser más o menos fieles al motivo dependiendo de su pericia, pero cada alumno miraba y confeccionaba algo conforme a una forma particular y exclusiva de percepción. Y todo venía a complicarse cuando entraba en danza el color (¿No veíamos azules distintos en el mismo azul? ¿No nombrábamos todos los amarillos cuando veíamos la estampa del viejo sofá en el que se sentaba Marin Marais en su vejez?).

Carl Gustav Carus, en sus cartas sobre la pintura de paisaje, hasta en aquello que nos parece monocromático, habla de los colores refractados que se hacen visibles al ojo adiestrado. Describe masas de nieve en sombra que señalan sus elevaciones en tonos azulados, y otros que viran hacia el violeta, y cómo las superficies de hielo muestran refracciones verdes y púrpuras, colores en parte verdaderos y en parte fisiológicos. Lo rememoraba hace unos días mientras divisaba desde el balcón de la casa de campo una delgadísima luz carmín y violeta extenderse sobre las lomas, como una bruma, mientras hacia el norte, en las montañas, penetraba la última claridad de la tarde. Una misma luz caprichosa que alternaba tonos metálicos y blanquecinos o anaranjados. Mientras, el arbolado que enmarca la casa, sobre todo las masas más densas de las fincas que están al este, pasaba por varios tonos de verde: claro, vejiga, Hooker

De Carus, hace tiempo, leí su viaje a la isla de Rügen. Habla también allí de pintura y de la importancia del trazo para reproducir los lugares costeros. Volví a consultarlo y, al releer esa frase, sentí ganas de dibujar. Traté de representar la bruma que describe Tranströmer en uno de sus poemas, por la que pasa silencioso un navío. Es la ilustración de esta entrada del diario. No hay precisión alguna, es una imagen inventada. Imaginada por alguien de tierra adentro, que nada sabe de velas izadas ni del perfil de la costa de Suecia. Una imagen mentirosa, que desmiente aquella frase de Kandinsky, “sólo se dibuja lo que se sabe”. Una torpe ilustración.

Esas manchas trazadas con mi pincel chino han quedado en el libro al lado de los versos finales de ese hermoso poema, “Epílogo”, lleno de vientos y soles de invierno, y de nubes que, al desaparecer eliminadas por la luz de la noche, cazan en las almas.

Una ilustración que no viene del dibujo del natural ni de un paisaje de la memoria. Aquí ni siquiera podría citarse la frase de Valle, “las cosas no son como fueron sino como las recordamos”. El recuerdo es selectivo para la vida, para la literatura y para el dibujo. Pero yo no tengo, ya digo, recuerdos de un velero surcando aguas escandinavas; casi de ningún velero. Es una imagen que se apoya en palabras (barco, línea de costa, cielo gris…) y convenciones. Lugares comunes para todos nosotros. Y ¿cuándo los hemos adquirido? Muchos de ellos en la infancia y adolescencia; y, desde entonces, algunos no hemos avanzado demasiado.

Hay manuales de dibujo que proponen ejercicios para espantar esas imágenes antiguas o la abstracción simbólica que solemos utilizar para representar los objetos. Si yo tuviera que dibujar al carboncillo un cacharro de barro sin modelo alguno, posiblemente me saldría algo muy parecido a la escudilla en que mi abuela Ángela tomaba las sopas de ajo, y que dibujé a los quince años. Era un ejercicio para enviar al profesor de un curso por correspondencia. Lo he buscado, y encontrado, hace unos días. Estaba en el cuadernillo número dos, sin enviar; se ve que uno no era muy constante. También podría parecerse –lo recuerdo perfectamente– al cántaro que servía de ilustración y ejemplo en el mismo cuaderno. En otra lámina había una copa de cristal.

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Imágenes e ideas recurrentes que vuelven desde la infancia. Vuelven a nosotros por los caminos trillados, utilizando por comodidad aquellas mismas pisadas en la nieve o las rodadas que dejan en el barro las ruedas del carro o del tractor. Porque esas son también imágenes de aquellos años y que apenas se han modificado por mucho que después nos hayamos dado al senderismo, trekking, cresteo, crossfit y crowdfunding con mucha aplicación.

Estos días he comprado algunos libros raros de Borges. En uno de ellos, en el que dialoga con Victoria Ocampo, a la pregunta “¿Es usted, como diría Saint-Exupéry, ‘du pays de votre enfance’? ¿Se siente usted muy marcado por su infancia, como en mayor o menor grado lo estamos todos, sólo que unos tienen más conciencia de estarlo que otros?”. El escritor responde: “Íntimamente soy el mismo de entonces. Apenas si he aprendido algunas destrezas”.

Uno no cree tener más destrezas –a lo sumo, puede que algún truco–, pues a veces se sigue comportando como un crío y cree que dibujaba mejor a los dieciséis. Al menos lo tomaba más en serio; parecía irme la vida en ello.

Aquellos dibujos y pinturas –gouaches de pequeño formato– están perdidos. Álbumes de papel de mala calidad repletos que puede que quedaran olvidados en el estudio de Yony o en la buhardilla de As. Hace nada encontré en una vieja carpeta una de aquellas orquestas de una serie sobre música y músicos en tamaño folio y técnica mixta.

Recuerdos, lugares comunes, mentiras, errores, imágenes… sirven para bien poco. Pero ahí están, amarrados como lapas en las costuras del cerebro: siguen cumpliendo trienios. Se parecen tanto a nosotros, llevamos tanto tiempo juntos… Son las ideas familiares. Creen estar en posesión de la verdad; como queramos venir con algo nuevo lo reciben con un bufido. Tienen su cuerpo de guardia con el que hay que librar continuas escaramuzas si tratas de buscar acomodo para asociaciones, palabras o imágenes nuevas. Pondré dos ejemplos recientes.

Para ellas, para mis viejas manías, Rilke fue siempre un poeta romántico y de una época de tílburis y carruajes. Hace poco reparé en que escribe, en la “Trilogía española”, de 1913, sobre el tráfico rodado y la confusión de los vehículos. Como aquello les sonaba raro, les conté que en 1914 había en Alemania cincuenta y cinco mil automóviles, que el límite de velocidad era de quince kilómetros por hora ya en 1904 y de veinticinco en la capital… Ni por esas: no pueden rugir los motores en su poesía, no vieron adecuada esa banda sonora. Rilke tendrá que seguir contemplando en la fugacidad de la rosa el tránsito del ser al no ser, sentado en las cumbres del corazón.

Igualmente sucedió cuando traté de hallar una imagen para una prosa de Philippe Jacottet, la visión de una tarde del final del invierno.

Des surfaces, des lames de couleur, extrêmement minces, une atténuation de la présence des haies, des prés, des bois; ce qu’est une rumeur au bruit, ou au silence. Sans absolumente rien de spectral ou d’occulte.

Superficies, láminas de color, extremadamente delgadas, una atenuación de la presencia de los setos, de los prados, de los bosques; lo que un rumor es al ruido, o al silencio. Sin absolutamente nada de espectral o de oculto.

Al no encontrar nada en los archivos del hemisferio derecho del cerebro (el lugar del pensamiento visual, perceptivo) dibujé las ramas del sauce del huerto difuminadas por hilos de niebla. No quisieron admitirlo a pesar de que casi conseguí representar –como, líneas más adelante, pide el poeta– el equivalente a una lámina de delgado cristal. Me ofrecieron otro a cambio, que tiene sus años, de árboles de un viaje a Irlanda. Ahí estamos, todavía negociando. Pero mis neuronas me están empezando a hartar.

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

*

Esto, lo de dibujar en los libros, me ocurre con cierta frecuencia. Suelo tener a mano un lápiz canijo para subrayar una frase armoniosa o un verso certero y me sorprendo, de repente, trazando líneas o haciendo una mancha gris sobre el papel. Las consecuencias de ese momento en que dejo de leer –por cansancio o, las más de las veces, para relamerme saboreando esas palabras– y garabateo algo, suelen ser la aparición de una imagen casi siempre figurativa, que empieza a colonizar el blanco de la hoja y, muy a menudo, previa metástasis, impregna el texto escrito, las palabras.

El proceso es parecido al clásico de Leonardo para “avivar el espíritu de invención”, cuando aconsejaba mirar las manchas de humedad de las paredes en las que acabarían apareciendo paisajes, batallas, y extrañas figuras en acciones violentas. La línea curva que acabo de trazar puede convertirse luego en el borde de la taza del desayuno en la mesa del jardín (luego vendrán los cubiertos, una botella, el mantel, la radio y el periódico) o ese pequeños borrón gris puede ser la parte más oscura de la sebe, detrás de la cual comenzarán a verse los árboles de las fincas de al lado, unas nubes, ángeles y arcángeles, tronos y abominaciones… Si en vez del trozo de papel en el que me muevo –siempre pequeño, porque no gasto librotes en el campo o en los viajes– tuviera las hojas de un álbum de dibujo –algo que a menudo me propongo pero nunca cumplo–, podría practicar más, adquirir mayor dominio en el trazo y en la interpretación de la realidad: dibujar cientos de ojos, orejas y narices; hojas, insectos y pájaros; hacer –como Alexander Cozens– catálogos de nubes.

Las víctimas de mis esquicios o ilustraciones suelen ser los libros de poesía, que tienen –¡pobres!– tantos espacios en blanco. Aunque a veces me obligo con soportes nada adecuados. Sucedió no hace mucho.

En la feria madrileña intercambié mi libro con uno de Juan Tallón. Apoyados en el mostrador de la caseta de la librería Alberti nos dedicamos, agradecimos y abrazamos por escrito. Yo le hice un dibujo rápido. Al verlo, me dijo que esa facilidad mía le daba mucha envidia, que él era incapaz, que le había firmado el libro a un amigo y le había querido dibujar algo sencillito, una copa de vino. Aquello le debió de quedar francamente mal, sin parecido con ningún objeto producto de la artesanía de los humanos. Así que no tuvo más remedio que recurrir a las palabras y escribir al lado “copa de vino”, señalando el manchón con una flecha. Me reí un buen rato y me dio algo de pena; siempre me costó entender que a especímenes tan bien dotados y sensibles para algunos asuntos les hayan sido negadas otras habilidades, que son como primas hermanas, que están en el córtex a la vuelta de la esquina. Lo mismo le sucedía hace nada a Julio LL., que al intercambiar libros al principio del verano –una tradición que ya tiene años– se empeñó en ilustrar el momento con unos trazos tan sueltos que era imposible discernir si se trataba de cosa, animal o persona. Puede que influyera el viento de aquel instante en la playa de Ribadesella o el vino albariño que había acompañado a los pescados a la plancha del mediodía y que estaría sembrando todas las dudas en el pulso.

El caso es que a Juan le dije que le enviaría unos dibujos. Y los hice en un librito suyo, en una edición de bolsillo aperruñada, en su Manual para fútbol. Lo leí también durante unos días de descanso en Gijón. En las páginas aparecen bañistas, y esos jugadores de partidido de playa hasta las once de la mañana, gaviotas, la línea del horizonte rasgada por el mástil de un velero, mi nieta Libertad… Si utilizaba tinta, la mancha traspasaba a veces la hoja, dejando borrones leonardescos. Una chapuza; no tuve nunca mucho espacio ni un buen blanco que mancillar.

A él, posiblemente le guste el resultado. Yo estuve dudando mucho antes de enviárselo, cuando lo ojeé antes de meterlo en el sobre acolchado. Pero hay días en que uno baja el listón y le sirve cualquier cosa. Otros, dan ganas de quitarse de en medio, pero viendo que hay que seguir alimentando a los hijos, cuidando a los padres, soportando a los amigos…, basta con echarse a llorar. Es entonces cuando recuerdo un párrafo que copié, no sé dónde, que tengo en un papelito que me sirve de marcapáginas en el libro de Walter Pater sobre el Renacimiento: “Diderot buscando el secreto de la pintura antigua, Mengs llorando las fuentes desaparecidas, Winckelmann y sus desnudos perdidos, Delacroix inclinado sobre los esbozos de los maestros; otros tantos ejemplos de una misma nostalgia del origen, es decir, de la perfección…”.

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

*

Eso del esbozo y del primer trazo del dibujo y su posterior desarrollo, vale también para la literatura. Mucho se ha escrito sobre la aparición de los primeros versos del poema. A mí me gusta aquello del percibir un “runruneo metafísico”, que decía ese gran dibujante que era Ramón Gaya. Luego viene, claro está, lo dificultoso, el saber dar forma a esa primera intuición, a esa incertidumbre, ese ritmo que empieza a tamborilear en nuestra cabeza, esa “seductora monotonía” que comienza a transparentarse. Tratar de verlo claro. Y, en esto, como en casi todo, siempre hubo afortunados que partían con mucha ventaja: el hada madrina los tenía señalados.

Pero eso a veces no era suficiente. Gaya, escribiendo sobre los dibujos de Rembrandt, lo explica así: Su obra más viva no son sus cuadros sino sus dibujos; eran tales sus dotes de pintor que lo tenían encenagado, obcecado y el que sus tremendas habilidades pictóricas quedasen reducidas al valerse sólo de tinta y papel le imponía una especie de ascetismo y claridad, un instinto más noble. Dice que entraban esas delirantes dotes suyas en un cauce de cordura y transparencia.

Luego, claro, para la mayoría, vendrá el rumiar, pulir, desechar, desbastar, cincelar, reflexionar… para que alumbremos algo, una cosa que después de esforzarnos puede que nos nazca contrahecha, una cosa de materia –Gaya, de nuevo– inanimada, sordomuda o torpe.

En operar esa transformación del material numinoso de las palabras o del bloque de mármol se afana el creador. De allí pueden salir los versos de “Don de la ebriedad” o las frases torpes que nos lee un muchacho en el recital, invitado a hacerlo en esas barras libres poéticas a micrófono abierto.

Yo tengo cierta facilidad a la hora de redactar un texto para bodas, bautizos, jubilaciones y onomásticas, a qué negarlo. Es como comenzar el dibujo: tiras una línea curva, luego vas delineando el brocal de un pozo o la boca de una copa de champán. Añades un toque de carmín a esta última: una mujer, puede que hermosa, ha estado en la sobremesa con el narrador. En el pozo hay, al asomarte, círculos concéntricos, ves que el agua está todavía agitada: alguien acaba de tirarse o se han deshecho de un cadáver. Una novela de amor o enredo; otra de suspense. Fácil.

Aunque, a veces, si uno está vahanero o el encargo viene de alguien muy próximo, hace que te relajes, bajes la guardia, te sirva con una faena de aliño, no te esmeres demasiado… No es falta de cariño; pero entonces, puede que no pases el corte. Ocurrió hace un par de semanas.

Se le rendía un homenaje a Toño Manilla en su pueblo, en la semana cultural, muy merecido. Había publicado varios libros en los últimos meses y ganado algunos premios. Yo tenía que decir algo. Me confié: lo conozco bien y lo suyo lo he releído todo. El día antes redacté un par de folios. La línea o borrón, el primer bosquejo, me lo proporcionó el título de un librito de un poeta de la zona. Lo había encontrado hace poco en una librería de viejo (por cierto, dedicado a un pintor del que ha tardado poco en deshacer su biblioteca la viuda). Titulé el texto “El topónimo áspero”, en recuerdo de Agustín Delgado. Mi primera y muy exigente lectora, mi mujer, no lo consideró adecuado. Me dijo: hablas de la montaña, los ríos, las truchas y el párroco de la zona; de un instante de esplendor brillando en la cortina de las hojas. Pero no hablas de tu amigo, el festejado.

Traté de rehacer aquello a última hora del mediodía, al volver de la oficina. Me fui al otro extremo: busqué a alguien que me diera un empujoncito en el columpio en el que todo creador está subido, pensando en piruetas verbales entre vaivén y vaivén, y encontré a Joseph Brodsky. Y claro, se me empezó a fruncir el ceño: pocos hay tan cañeros como el escritor ruso que se gasten menos pamplinas con las tonterías de los diletantes y la estética de la posmodernidad. Leí un par de ensayos, su prólogo a las poesías de Mandelstam y tomé unas notas a mano.

Fuimos al pueblo. Convencimos a mi editor para que nos llevase en su coche. El formato del acto –como ahora se dice– era extraño: primero te daban de merendar, tomabas unos orujos, y luego se iba a la lectura. Llegamos tarde y bastante animados al estrado; no estaba bien iluminado. No entendía mis anotaciones, que estaban escritas a mano y con letra pequeña. Miré hacia el público y otros veraneantes. No podía soltarles aquello de la cesura, el pie átono, el latido yámbico y la responsabilidad del creador. Les leí un par de folios mecanografiados de Pablo Andrés Escapa, que no podía acudir y que me había enviado días antes. Alguien que entre las luces borrosas de cuando muere el día, o en las palabras que ya se van perdiendo de los mayores, encuentra piedras preciosas.

Quedé apesadumbrado porque no había cumplido bien y fielmente para con mi amigo. Mas duró poco mi aflicción: al rato dos mujeres, comisionadas por otras, se acercaban a felicitarme porque había leído con muy bonita voz; y que si era posible que allí mismo les aconsejara sobre algunas lecturas…

*

Son ahora las 7:32 de la mañana del 5 de agosto. En las habitaciones de arriba la luz del sol se filtra y dibuja escenas hermosas. En el salón los rayos que se cuelan desde la persiana pellizcan los extremos de la palmera y van a posarse en la pared que uno se encuentra al subir la escalera, una pared de color amarillo, agrisado después de años por el humo invisible de la calefacción. Aparecen dos reflejos de contornos difuminados y luces entretejidas. Los cuadros de E. que quedan cercanos, en la parte de sombra, apoyados en el suelo, la foto enorme de los cielos de Madrid de Cecilia, el rostro del modelo del cartelón que recogimos en su día en la basura de una perfumería… están maravillados con estos instantes aurorales. He oído, al subir descalzo por la escalera –sans faire de bruit– sus cuchicheos. Como si se intercambiaran saludos, consignas para el silencio del resto del día. Sí, sin duda, había entre ellos, en ese silencio alborozado, una pequeña línea de amor arañada por esa luz cálida del amanecer.

El resto de los objetos también participarían en ese jolgorio. Sin duda, la cerámica rakú de Toño Sarmiento (Toñín, ¿sigues modelando arcillas en Japón?) que está al borde de la escalera mandaría callar, al sentirme. Daría la voz de alarma, como el arrendajo en el bosque.

Más allá, al final del pasillo, un rayo solitario ha conseguido colarse entre el pliegue de la cortina de lamas que cae hasta el suelo y que está en el ventanal de la solana. Rebota en el azulejo y va a dar en el flanco del grabado de la entrada. Es el rostro de una mujer de cabello negro, toda ojos. Creo que Emiliano la dibujó pensando en Picasso, en los estudios para el autorretrato con paleta, de 1906. O en esos ojos que vuelven a aparecer en el periodo clásico en varias cabezas de mujer.

Y en la biblioteca, justo al franquear la puerta blanca de madera y cristal, siento ya el zumbido: es un enjambre. Todos los lomos de los libros, desde los primeros cercanos al ventanal y sin colocar, hasta los de teoría del arte y las colecciones de poesía que les siguen, están moteados por puntitos dorados, como si a todo ello se hubiera superpuesto una rejilla con la forma de las celdillas de un panal. Esas son las estanterías que la luz dibuja y lame transversalmente. Al fondo, los rayos golpean de frente y hay un rebote sordo sobre los cristales que guardan del polvo a Cervantes y Baroja, Nabokov, Borges y Musil, Pla, Pessoa y Gil-Albert… Luego, vuelven a incidir de manera más amable y así consiguen colarse para acariciar a algunos ejemplares –más que a otros; no sé el motivo, quizá estén algo enfermos, espero que nada grave…–, como el Cézanne, de D’Ors, que lleva una dedicatoria (“Este libro está escrito para que lo lean artistas como Pedro Sánchez, por Eugenio D’Ors, Sagunto-Puerto, febrero 32”), el Mozart de Robbins Landon o las cartas a Louise Colet, de Flaubert.

En esos estantes del fondo, que ahora quedan a mi derecha mientras escribo, también se reflejan en el cristal la colmena de los tejados y un retal azul de cielo. Yo, que no puedo verlos si miro a través de la ventana porque esas siluetas no se forman en mi retina a tan escasa distancia, puedo, sin embargo, percibirlos al otro extremo de la habitación perfectamente delimitados. Si fuera un observador curioso, del tipo de David Hockney, pensaría e indagaría más sobre ello. Percepción e ilusión se entremezclan en estos momentos.

Sin duda, todo este cafarnaúm, este barullo de luz y colores, vibraba, chismorreaba y me ha despertado. Una escena imposible de dibujar –estaba pensando en ello– ni siquiera por el más esforzado de los hiperrealistas. Ya ha sucedido en otras ocasiones. Esta habitación llena de libros se colma de destellos. Una lujuria de gemidos, bisbiseos, gritos sofocados, que yo contemplo ahora, quitándome de vez en cuando las gafas para amortiguar tanto fulgor, entrecejado, maldormido, absorto.

Resulta que uno escribe de por largo sobre el momento inicial de la creación, sobre cómo comenzar un dibujo o un relato, y viene la mañana de a diario, con los pies descalzos y los rulos puestos, y desparrama, pródiga, sus maravillas. Esa eterna novedad. Ese bostezo del mundo más radiante que todas las palabras.

  1. José Luis Avello

    Hay anécdotas que cuentan con altas posibilidades de ser verdad; al menos, suelen explicar los hechos con más verosimilitud que los propios acontecimientos. Cuando preguntaron a Fidias en qué modelo se había basado para “crear” el Zeus de Olimpia, respondió que no utilizó ni figuras humanas ni tampoco formas esculpidas, sino que se inspiró en unos versos de Homero: “Así habló el hijo de Cronos, y bajó sus oscuras cejas asintiendo; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza del inmortal soberano, y con ellos se estremeció el dilatado Olimpo” (Iliada I. 527-30)
    Aquí debió comenzar esa aventura en la que los artistas plásticos comienzan a inspirarse en los poetas. Quizás sea mejor pensar en que Fidias eliminó la falsa barrera que los separaba.
    Yo creía que Avelino recorría el camino contrario y no es así. Se mueve con facilidad en ambos terrenos porque en realidad sólo hay uno.
    Creadores de imágenes también son los poetas. Antonio Manilla nos regala ese paisaje The Road, breve en pinceladas pero tan compacto en la forma que es inútil añadirle algo: “En las mendigas ramas de la acacia,/ que ni el viento visita, abandonado,/ un nido permanece.”
    Gracias por transferirnos vuestras vivencias arrancadas de la realidad, incluso de la realidad soñada. Los que no sabemos hacerlo las almacenamos en nuestra memoria aunque no egoístamente. Las deseamos compartir pero sin saber cómo.

  2. Nicolás Miñambres

    Tiempo hacía, Avelino, que no te veía un diario tan completo y denso como este. Y,además, casi mono temático. Se ve que sabes mucho, mucho de de pintura, de la clásica y de la actual. Como de todo, a fin de cuentas. Enhorabuena por tus líneas. Por cierto: es muy bonito el vaso de atu abuela. Yo tengo en casa uno parecido.

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