Querido diario (78)

© Ilustración: Avelino Fierro.

© Ilustración: Avelino Fierro.

Mucha música en esta nueva entrega del diario de Avelino Fierro, por la que desfilan Patrick CohenFlaubert, Stravinsky, Theodor W. Adorno, Schoenberg, Olivier Messiaen y hasta el Pájaro… 

Por AVELINO FIERRO

Último día de trabajo antes de las vacaciones de septiembre; estoy en el coche, en el garaje del edificio de oficinas. En la emisora de música clásica suena algo del barroco francés, con una orquesta dirigida por Patrick Cohen. Una puerta se abre y aparece Yolanda, una de las limpiadoras, a la que suelo ver en el turno de las tardes; saca un paquete de tabaco y enciende un cigarrillo.

De Cohen tengo grabaciones de algunas sonatas para piano de Mozart, y un disco de música en la España romántica, del que escucho a veces El último adiós, de Marcial del Adalid, interpretado en un piano Érard. Cuando eso sucede me gusta leer a Luis Pimentel: “Crepúsculos de mi ciudad, / largos, casi eternos. / (Los años pasan rápidos; / los días, lentos). / La luz resbala / por mi piano lustroso. / ¿Qué música le pondremos? / Las manos, sueñan. / Crepúsculo de plata / sobre el ébano. / Pienso en los poetas muertos. / Calma, calma…”. Veo por el retrovisor las volutas del humo.

El último adiós está compuesta en 1848, año en que transcurre La educación sentimental, de Flaubert, año de la ingenua revolución. Flaubert describe al joven Fredéric viendo pasar cerca del teatro de la Porte-Saint-Martin a mujeres de ojos lánguidos y con ese tinte de camelia que la fatiga de los fuertes calores da a las carnes femeninas. Y a su amante, la señora Arnoux, mientras toca el piano y canta con su voz de contralto y cómo su garganta, al emitir los trinados, se alza como tiernamente ofrecida a los besos del aire. Un mundo de romanzas que languidece.

Un mundo que muere cuando, el l4 de noviembre de 1912, domingo, Stravinsky, en una habitación del hotel Chatelard, con un dolor de muelas insoportable, termina la partitura de La consagración de la primavera. El director de orquesta Pierre Monteux, autor de dos grabaciones de referencia con la Sinfónica de Boston y la Orquesta del Conservatorio de París, de 1951 y 1956, dirigió el estreno el 29 de mayo de 1913, función memorable por el escándalo que desató.

Yo he escuchado la obra hace unos días, en su versión para dos pianos, en la iglesia de San Francisco, en Villafranca del Bierzo. Un viento cálido llegaba hasta aquel pórtico en altura, mientras la luz del sol agonizaba, traspasada por el humo del incendio de algún monte cercano. Nikola –el acordeonista serbio– y yo habíamos salido a fumar en el entreacto, lentamente, casi sin hablarnos, mirando el crepúsculo amoratado, herido.

Cuenta Alex Ross en El ruido eterno que, en aquella velada de La Consagración, hasta salieron a la luz connotaciones de lucha de clases cuando el compositor Florent Schmitt comenzó a gritar “¡Callaos, zorras del seizième!”, y “¡Abajo las putas del seizième!” provocando a las grandes damas del decimosexto distrito de París. Otro autor anota que Camille Saint-Säens, al oír la melodía aguda tocada con fagot, le dijo a su vecino de butaca antes de abandonar el teatro de la avenida Montaigne, “Si eso es un fagot, yo soy un babuino”. Hubo puñetazos y bastonazos. Tiempo después –cuando la obra ya era un éxito desde el año siguiente en su versión de concierto– Theodor W. Adorno también atizaba a Stravinsky desde las páginas de su Filosofía de la Nueva Música. Hasta Schoenberg, siempre bien tratado por el filósofo, protestó.

La senda de la composición musical siguió luego la estela del dodecafonismo schoengberiano. Estuve pensando en ello y traté de rodearme de esa atmósfera sonora. He escuchado de nuevo a toda esa gente que viene de la escuela de Darmstadt e incluso he rebuscado en una vieja carpeta y he hallado algunas de aquellas acuarelas “seriales” que realicé hace décadas, inspiradas en fotografías de unos músicos que ensayan, creo recordar, Fabbrica Illuminata, de Luigi Nono. ¿O era Polyphonie X, de Boulez?

Escribe Ross que la época de la vanguardia comienza una fría noche de invierno de 1941, con el estreno del Quatuor pour la fin du temps de Olivier Messiaen en el campo de prisioneros de Stalag VIII A. Sé que es un clásico, pero no tengo ninguna grabación de esa obra. No creo que sea tan “narrativa” como otra de la época, y a cuya escucha acudimos el 24 de agosto, la Sinfonía nº 7 de Shostakovich, la “Leningrado”. Tocaban juntas las dos orquestas ovetenses en el auditorio de la ciudad, dirigidas por Pedro Halffter, de quien las cuerdas interpretaban al inicio su Adagio in memoriam Ana Frank.

Hay fragores y silencios en la sinfonía; “mi Séptima agonizante y muda, con su boca abierta y doliente como la boca de una máscara trágica”, escribió Ajmátova. Acudí algo mermado físicamente y empapado por aquel aguacero inclemente, aquel chaparrón que parecía caer sólo en la calle del Rosal. Me sobresalté y sudé copiosamente en los tutti, me adormilé al inicio del moderato, arrullado por los segundos violines… La había vuelto a escuchar en disco varias veces días antes y, al igual que Diderot dice del sobrino de Rameau cuando simula tocar apasionadamente el clavecín, “distinguía la ternura, la cólera, el placer, el dolor”. No es una de mis músicas, pero tuve la sensación de estar en contacto con cierta forma de trascendencia que deja atrás lo analizable; y acabé extenuado.

Quizá por eso es la primera vez que, estando mi hijo entre los intérpretes, no he llorado.

Es difícil narrar estos asuntos, hablar sobre esa descarga primaria del estado dionisíaco que, como decía Nietzsche, es la música. En otoño de 1887 escribe que, en relación con la música, toda comunicación mediante palabras es de una clase desvergonzada: la palabra diluye y embrutece; la palabra despersonaliza: la palabra hace común lo no común. Pero para los oyentes ocasionales y poco aventajados –como los miembros de un congreso sobre estadística que acudieron al concierto de Oviedo y aplaudían tras cada movimiento– esa visión o explicación de la música como narración, como representación de pasiones y acciones humanas es habitual, un mal menor. Mejor es contarles las anécdotas del asedio nazi a la ciudad o que esa caja de ritmo que repiquetea ya desde el primer movimiento es el “episodio de la invasión”, que recordar que ese ostinato inspirado en el Bolero de Ravel, es calificado por Lévi-Strauss como “una fuga puesta en plano” que vendría a reemplazar al mito en el nivel de las estrategias perceptivas, y que por eso la música contaría una historia al aparecer su perfil como homólogo al de una fase existencial, una vivencia personal que nosotros proyectamos sobre ella.

También he tenido otros momentos musicales más a ras de tierra de secano y bien intensos: un viaje de ida y vuelta al pueblo oyendo insistentemente All Tomorrow’s Parties, de la Velvet Underground, con ecos minimalistas de La Monte Young, o el concierto de Pájaro en el Babylon, del que salimos Edu y yo con la cabeza hueca y un zumbido en los oídos que duró varias horas. Qué buena la versión de los Creedence, con guitarras casi psicodélicas a lo Jorma Kaukonen o Jerry García. Ya lo dijo P. al acabar: esto lo vamos a tener que grabar con un sitar o tocar más notas entre octavas como hacen los hindúes.

De la musique avant toute chose… Mas en este país nuestro de todos los demonios, a la mayoría (gobernantes y pedagogos “prácticos” a la cabeza), partidarios del populismo, todo esto les parece inútil, les viene sobrando. Incluso los que una vez creyeron y fueron justos y ahora están desesperanzados, parafraseando a Hölderlin, dirán, ¿para qué la música en el tiempo del desamparo? Pues porque durante instantes así nos alejamos de la miseria, sentimos cierto consuelo y aventada la trivialidad. Más que otras artes, la música es el lenguaje de los dioses, y como estos han desaparecido, late bajo ella esa extraña fuerza, esa pasión. Porque la música ayuda a vivir, porque existirá incluso después de que el universo desaparezca (Schopenhauer), porque detiene el tiempo. Sí, esos instantes en el coche escuchando obras –ahora lo dice el locutor– de Jean-Marie Leclair, han transcurrido dentro de una campana de cristal, como en un líquido amniótico, en el origen de otros mundos; no sabría contar los minutos. Dice Settembrini, el personaje de La montaña mágica, que la música saca al tiempo de la inercia, nos saca a nosotros de la inercia para que disfrutemos al máximo del tiempo.

(Estaría bien escribir esta entrada del diario de cinco en cinco líneas, como un pentagrama, con tantos nombres y citas a los que Eloísa pondrá en negritas al editar el texto en el Tamtam: parecerán notas musicales y puede que a las palabras hagan sonar).

  1. Necesaria, pánica, inductora de agonías que nos recuerdan que no deseamos morir, de místicos arrebatos en que gritamos que no nos importa, si así nos han de envolver los coros celestiales.
    Hoy sí que afinas, Avelino

  2. José Luis Avello

    Hay un nuevo Avelino. Después de ese letargo en el que ha estado sumido y que sus lectores hemos sabido respetar, arriba entre notas musicales y rodea sus tradicionales dibujos grisáceos con colores alternativos. Deja de llorar cuando se emociona, viendo que los nuevos avemares caminan con seguridad hacia sus propios destinos. Aguardaremos nuevos cambios, estoy seguro que llegarán, Nos quedan muchos avelinos por descubrir, aunque algunos de ellos ya habían asomado en sus “diarios”. No temas, la enseñanza saltará por los aires. No se puede planificar un sistema de educación para convertir a los españoles en subordinados al gobierno. Llegará la libertad y volverán a surgir nuevos críticos, nuevos alternativos, contestatarios…

  3. Ventura

    Querido Avelino, te leo con gran placer. Como yo también lloro cuando tocan mis hijos, empatizo con tus lágrimas al escuchar al tuyo. Por cierto, ¡qué mal momento le ha tocado a su generación!
    Por lo demás, y como miembro de esa orden que busca a través del estudio de un instrumento un pequeño camino de perfección (o de percepción), me impresionan tu sensibilidad y tus conocimientos de gran aficionado.
    Un fuerte abrazo,
    Ventura

  4. ignacio

    Bien merece la música una atención especial. Lenguaje primigenio y universal capaz de proyectarnos al mundo exterior y despertar sentimientos y emociones que nos llevan a lo más profundo y esencial de nuestro ser. ¿ Cómo no va a ser fundamental en estos momentos de aplanamiento y modorra generalizada ? Un abrazo .

  5. Marta Prieto Sarro

    Precioso, Avelino. Eres un genio. Cada día te envidio más. Y mi envidia apunta al fondo y a la forma.

  6. El hijo de Cerebro

    Genial Avelino. Ahora entiendo tu media sonrisa cuando te hablaba del zumbido de mi oído izquierdo tras el concierto.

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