“Surfing ecstasy”, de Susana Barragués / “Mi voz, tu voz, su voz”

Reproducimos un texto de la especialista en teoría literaria Miriam López Santos leído durante la presentación del último libro de poemas de Susana Barragués, “Surfing ecstasy” (Ediciones Leteo, León, 2016), el pasado martes 29 de noviembre en la sala Región del Instituto Leonés de Cultura.

“Mi voz, tu voz, su voz”

Por MIRIAM LÓPEZ SANTOS

Es evidente que el hombre se constituye como sujeto en y por el lenguaje; dicha capacidad de comunicación organiza, funda y hasta compone nuestro concepto de ego; de hecho la subjetividad lingüística consiste, en realidad, en la capacidad que tenemos de plantearnos nuestra propia existencia. Pero, si “Toda palabra que no sea la mía propia, como decía Bajtin, aparece como palabra ajena, y si, en el fondo, no somos más que una perpetua repetición de palabras, aunque no seamos conscientes de ello, entonces, no somos sino los otros, un yo hecho de otros, y al fin y al cabo, como afirmaría García Montero, una mentira, una mentira que se ha repetido tanto y con profunda sinceridad” a lo largo de la historia.

¿Quién es y quién se esconde detrás de esta “mentira”, enmascarada en un yo femenino plural que se manifiesta de manera brillante en la obra Surfing ecstasy de Susana Barragués? Para comprender su complejidad creativa quizá convenga recordar que el yo de la comunicación poética, el yo lírico, es siempre, en cuanto resultado de una enunciación previa, un enunciador enunciado y, consiguientemente, ficticio; además de problemático, en cuanto no puede ser definido de acuerdo con ningún patrón inamovible. Las relaciones de este yo, hablante del poema, y del yo del autor se han presentado, desde el origen de la lírica, en una considerable variedad de manifestaciones: existen poemas, que constituyen el máximo ejemplo de transparencia, en los que no resulta en absoluto difícil trazar puentes entre ambos; mas lo habitual, sin embargo, es que el yo lírico funcione como máscara del yo del autor, ya sea como una enunciación fuertemente convencionalizada (es el caso de la poesía petrarquista), ya como un personaje totalmente desgajado; este es el caso extremo, que encontramos en este poemario, donde el discurso del sujeto de la enunciación enunciada genera a su vez una personalidad ficticia a la que se adjudica la responsabilidad de la enunciación efectiva. Y, por lo tanto, para comprender la complejidad de su voz y el alejamiento del yo lírico autobiográfico debemos comenzar haciendo referencia a esta técnica conocida como monólogo dramático.

Continúa Susana la línea iniciada por Browning a finales del XIX, coincidiendo con una crisis de identidad del yo, una práctica que encandiló a Cernuda y que tantas satisfacciones ofreció al grupo de la Poesía del Conocimiento dentro de la Generación de los 50 (Gil de Biedma, Francisco Brines, José Ángel Valente, etc.) y, sobre todo, a los novísimos. Elige, para ello, a un personaje, en este caso múltiple, como hemos dicho, que trasmite sus emociones, que suelen coincidir consciente o inconscientemente, como veremos, con las de la propia autora. Así, siguiendo a Sabadell Nieto, da voz y crea un personaje para mostrar los hechos desde dentro, es decir, para producir un efecto de inmediatez y objetividad, manteniéndose, a la vez, distante. Pero va aún más allá, adentrándose en lo que T.S. Eliot denominó correlato objetivo, pues, aunque envueltas cierto halo legendario, estas voces femeninas declaman en primera persona plural y responden a una situación concreta, ya que el emisor es un yo ficticio no coincidente con el poeta (Prieto de Paula). Y así, además de la indudable huida de esa especie de pálpito del yo, con esta técnica consigue objetivar la emoción –aunque sea mediante un disfraz o máscara– y, al posarla sobre las extasiadas surfistas, logra al mismo tiempo dramatizar y desdramatizar la expresión de los sentimientos: dramatizar en cuanto que se trasladan los sentimientos a las tablas de la ficción, al escenario de un personaje y desdramatizar en el sentido de que, al no aparecer el yo patético (de pathos), se atenúa la identificación con el autor y, con ello, se rebaja la tensión, los escrúpulos y hasta el morbo, para pasar a tener la posibilidad de generar asombrosas connotaciones.

El mensaje queda así liberado y destruye el absoluto de un mundo con un significado unívoco y estable porque, en un giro magistral a la técnica, que suele tender a la presentación de personajes históricos descritos de forma negativa, sus poemas se plagan sorprendentemente de mujeres de intensa pureza, rodeadas de connotaciones místicas a la manera de un hermoso laberinto de espejos. En efecto, el mensaje se antoja como un caleidoscopio y su voz se articula y se configura en la voz de toda la tradición mística, aunque, en concreto, en la denominada por Michel Hulin “mística salvaje”. Las mujeres protagonistas buscan en el aquí y el ahora, que es efímero a la vez que eterno, una “experiencia mística espontánea”, provocada por el contacto con la naturaleza genuina, también descrita con atributos de mujer. Vida y naturaleza son para ellas la religión misma, así claman, suplican y oran, y ofrecen y dan gracias al sol, a las olas, al viento.

El punto de unión y disolución entre lo humano y lo divino es una actividad paradójicamente humana y necesariamente liberadora, el surf. Ya señala Hulin que el deporte se configura como una de las experiencias que, practicada con devoción, posibilita la trascendencia. Se trata de una búsqueda incesante de una repentina sensación que aspira a la comunión espiritual con la naturaleza y, por tanto, a la disolución del yo. El grueso de la obra de Susana Barragués se convierte, entonces, en una búsqueda incesante de lo infinito desde el énfasis en lo inconexo o lo fragmentario, como una reafirmación de lo natural frente a la condición efímera de lo humano. En esa lucha de contrarios, en ese coupling antitético, la tierra (esto es, lo humano) y el mar (lo infinito) se configuran como mundos opuestos y descritos en clave simbólica perfectamente diferenciada. La noche y el día, la libertad y el miedo, dios y las tinieblas, se suceden y se alternan en los poemas. El negro, el vestido de luto, las túnicas negras y la muerte, pero también el cementerio, la oscuridad, el agua encharcada, que ya no es agua, sino que produce moho y enturbia, que es agua de muerte, se convierten en imágenes desprovistas de luz e infestadas por la banalidad. Son espigas, guisantes, ajos, y sobrevolando todas ellas, la anguila eléctrica, como imitación falseada de esa luz divina, a la par que elemento inquietante y demoniaco, en tanto que representa la modernidad, opuesta a lo natural. En cambio, Surfear reproduce un mundo lleno de sensaciones totalmente plásticas y cargadas de connotaciones positivas, que se convierten en alegato de una poesía profundamente sensorial: es una realidad nueva hecha de perlas, de caracolas, de estrellas, de sol.

Situadas fuera de las coordenadas habituales de la realidad cotidiana, estas mujeres pueden disfrutar plenamente de su estado, por eso lo negro, las túnicas, los velos, pero al mismo tiempo la diferencia, quedan atrás, en la arena, como símbolos de otro espacio y otro tiempo, donde no se puede ser una misma, donde la sociedad aprieta, asfixia. Es la diferencia entre estar sentado y estar en pie encima de la tabla, por eso, el mar es la inestabilidad, el embelesamiento, lo infinito y la tierra, la silla, lo cotidiano y lo terrenal, lo sucio y lo prosaico.

De hecho la propia Susana afirma que se inspiró, por un lado, en varios colectivos de mujeres de países musulmanes o hinduistas para las cuales practicar surf se convierte en un desafío social y cultural, al mismo tiempo que se intuyen otras experiencias como la de Bethany Hamilton que perdió su brazo al ser atacada por un tiburón mientras practicaba surf. En la ola, encima de la tabla, SON, EXISTEN, TRASCIENDEN, se dejan, se abandonan en manos del mar, lo abrazan y se deslizan en un mundo sin voluntad y, por tanto, sin culpa; sin embargo, el sentimiento de culpabilidad no deja de acecharlas y sienten continuo “temor” a ser vistas, a que las descubran. Quizás el ocultamiento sea necesario para salvaguardar la integridad del nuevo sujeto, para que la visión fulgurante del misterio no acabe con su renovada vida.

Por ello, las voces enunciativas insisten en el ahora, anulando toda posibilidad del mañana. El hoy es eterno.” No sabemos si en el futuro habrá olas. / Sólo podemos surfear plenamente hoy”. El pasado solo se enuncia cuando surge este sentimiento de culpa. De hecho, la falta de culpa de algunos poemas vacila con otros, en los que se plantea de manera expresa esa culpabilidad, esa marca que las acecha desde la multiplicidad y en el individualismo, por lo que suplican y buscan el perdón de la divinidad. Es en estos poemas, que están más próximos a lo terrenal que a lo divino y acaban por convertirse en una mirada atrás, no hacia adelante, en los cuales las surfistas se asemejan a fantasmas, a espíritus que vagan sin rumbo fijo, sin identidad. Y, de ahí, la llamada directa y desesperada a la divinidad: “No queremos confundir los sentimientos que nos/ producen los demás con nuestros propios sentimientos”.

Por ello, para completar el proceso místico y aspirar a la plena trascendencia deben permanecer alerta y atender a la llamada inicial, “la sentencia que dice “ve”. / Empieza lo que tienes que hacer por la mitad, para/ no quedarte en el principio”; que supone, en términos machadianos, despojarse del lastre, “abandonarlo todo y venderse al frío”. Esta voz femenina se ofrece, vacía ya de sus propios deseos y culpabilidades, a los deseos del Otro, de esa divinidad natural. Una renuncia a la voluntad que puede entenderse como una de las máximas de la mística. No obstante, este proceso de desasimiento es, en el poemario, profundamente complejo, de nuevo por la multiplicidad de voces que conforman el yo. No consiste tan sólo en que el sujeto múltiple se desprenda de aquella serie de objetos exteriores que lo aferraban a la tierra y que dificultaban su avance, sino de que abandone incluso aquello que parecía definirle como persona, es decir, su propia materialidad. “Porque tenemos miedo de que al pasar del frío al/ calor el rostro nos explote como un cristal que se lleva a/incandescencia./ Ya no tenemos sabor, vista, gusto ni tacto ni olfato/ y nuestro pecho es de mármol, nuestras piernas son de/ mármol y nuestras manos son de mármol y no sentimos/ las bofetadas del mar”.

Pasan por un proceso de descorporeización tan radical que acaba por desembocar en la transparencia del ser. “nos haremos/transparentes en tierra y resistentes a toda frustración”. Esta invisibilidad, no es más que el deseo de evanescencia, de profundo arraigo en nuestra literatura, pues la trascendencia no sería completa, si no se advirtiera entre las páginas de su obra de manera portentosa la voz de Santa Teresa, como ella misma ha afirmado, y sobre todo de San Juan y su Cántico espiritual.

Asumida la invisibilidad, el dominio último de la ola y con ella de la naturaleza, supone, en última instancia, el ecstasis, el stoke, del que hablan los propios surfistas, como prueba absoluta de la intensidad de lo vivido, “entonces nos/ sentimos igual de perfectas que todas las criaturas.” Porque tras el éxtasis, este yo múltiple experimenta la impresión de despertarse a una realidad más elevada, de atravesar, como señalara Hulin, el velo de las apariencias, de vivir por anticipado algo semejante a una salvación. Lo súbito, el extrañamiento radical, la sensación de ser  sustraído al curso normal del tiempo, la certeza intuitiva de haber entrado en contacto con una realidad que permanecía hasta entonces oculta y vedada.

En el poema “¿Qué ha pasado?” se convierte en la pretensión fallida de describir este stoke “Estábamos viajando por la sombra de Dios y ahora/ le miramos de frente”. El fuego puro y helado de la visión nos traspasa. / Se nos había olvidado algo de lo que nos teníamos/ que acordar y se nos olvidó que nos teníamos que acordar/ de algo. / Creemos que vamos a morir de amor y en el amor, / con amor rodeándonos por fuera. Y esta delicadeza sustancial/ es imperecedera”.

No obstante, el éxtasis origina la incomprensión, la búsqueda, y, aunque ahora el mundo parece ordenado y perfecto a ojos del yo lírico múltiple, este se percibe desde una sensación contradictoria de “haber comprendido todo” y, sin embargo, no entender nada, en esa manera de sentirse volar por encima de la condición humana, pero pertenecer irremediablemente a ella. Se produce, entonces, el desconocimiento del mundo y la sorpresa y las preguntas, “que puede no haber”, como versa uno de los poemas finales o que no saben si tienen respuesta. Y es precisamente en esa falta de respuestas donde descubrimos resurgir con fuerza la última de las voces, dentro de la polifonía enunciativa que recorre el poemario, la voz de la propia Susana, escondida en las sombras, detrás de toda la cegadora luz; una voz que identifica el proceso de acercamiento a lo divino con el proceso de escritura, porque la falta de respuestas, y quizá de preguntas, enlaza irremediablemente con la orfandad que vive la escritora: huérfana de otro tiempo y de lo imperecedero, de aquella vida pasada e irrecuperable, de la sensación perpetua de juventud en la piel, pero huérfana al mismo tiempo, de palabras. Y he aquí, tal vez, la máxima paradoja, en virtud de la cual el éxtasis, o salida de sí, acaba revelándose como enstasis, o caída en las profundidades del ser. Mostrar todo, desnudarse en la escritura, darse al placer de escribir íntegra y absolutamente, entregarse a una pasión sin condiciones donde el mar se convierte en una metáfora de la página en blanco, “Hoy el mar hace pasar olas como páginas blancas”, aún por escribir y la dificultad por fusionarse con la divinidad anuncia la imposibilidad de dotar de palabras el sentimiento más profundo. “Pedimos perdón por no haber estudiado más palabras en/ los diccionarios para expresar mejor/ el estruendo de fondo”.

Pero acaba por salir a la luz y, aun temiendo gritar, trata de buscar su sitio ante Dios y, en definitiva, entre todas las voces que la precedieron. “Es terrible sentirse insignificante en la escritura de/ la historia del mundo./ ¡Cuánto nos costó aprender que había un peligro/ de protagonismo! Que lo fundamental se ocultara”.

En efecto, como afirma Guillermo Carnero, hacer uso del monólogo dramático no supone la desaparición o anulación del yo real, sino que, liberándose de él, la autora permite expresarlo de un modo indirecto, refractando la experiencia a través de la de unas surfistas, con voz pero sin nombre, mediante un proceso de analogía con ella misma. En definitiva, esta polifonía de voces viene a demostrar, recuperando las palabras iniciales, que pocas veces una mentira tan brillante se alza como auténtica y pura verdad, pues la voz de Susana, lejos de aquella vieja sentencia de Roland Barthes que anunciaba la muerte del autor, no hace sino permanecer viva y reivindicando un espacio en la producción nacional profundamente merecido. Gracias a Surfing ecstasy Susana Barragués parece comprender que para alcanzar el éxtasis lírico es necesario fundirse primero en el énstasis, porque como dirá George Bataille, “no hacía falta buscar muy lejos, bastaba entrar en uno mismo”.

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