Querido diario (87)

© Ilustración de Avelino Fierro.

La nieve furtiva del anochecer se transmuta en un torbellino de dudas con la primera luz del alba. El autor se despereza y camina a tientas entre sus nieblas domésticas. El regreso de los alocados estorninos anuncia el fin del invierno…

Por AVELINO FIERRO

A veces se agolpan en ti todas las preguntas y hacen que sientas menguar el aire de tu respiración, una opresión en el pecho. Te ciernen alas de sombra o una nube preñada de hechos trágicos, árboles que titubean, patíbulos, animales confusos, escenarios vacíos. Como los estremecimientos de un desabrido amor. Los músculos se crispan y la noche deja de ser un remanso –ensenada al abrigo– para llenarse de esquinas. Siguen llegando esos perfumes obstinados, esos murmullos impuros, y te despiertas antes del amanecer.

Todo es entonces soledad en un puro presente desmadejado. La casa está en silencio y caminas despacio sintiendo las ranuras de la madera en la planta de los pies. Frotas en círculos tus ojos para que los bañe la sangre, se desperecen y te guíen menos a tientas por los pasillos llenos de esa niebla doméstica que va dejando a lo largo de las horas la respiración de los durmientes. Se palpan y huelen bien a las claras esos grumos que se han ido formando, motas de algodón, nubes de azúcar, esas exhalaciones. Algunas se quedan suspendidas en el techo, telarañas que forman dibujos, círculos en calma o tachaduras nerviosas, una radiografía de los minutos o las briznas que cada uno ha acarreado del día anterior. Hay que estar en silencio y entornar los ojos para sentirlas, cruzar los brazos o dejarlos suspendidos –bien pegados al cuerpo– por lo asustadizas que siempre son. La luz de una bombilla o una leve corriente de aire, el leve goteo de un grifo, hace que desaparezcan.

En la parte alta de la casa, en la biblioteca, se cuela por la persiana, ya, la luz. Salgo a la terraza para admirar esos tonos crudos del despertar del mundo en un día de invierno. Ayer también me entretuve un buen rato en este mismo mirador cuando se alejaba la tarde: bandadas de estorninos alocados pasaron varias veces frente al ventanal. Dos cernícalos estuvieron antes en los tejados de la casas cercanas ahuyentando a las palomas. La vieja historia de todas las tardes, recuperar la memoria de tu vida mientras se incendia el corazón.

Recuerdo cómo ardieron los cristales de los edificios altos del Este. Sobre los últimos pisos de uno de ellos, de fachada nívea, se posó una nube de geometría extraña, rectangular, dibujada con escuadra y cartabón por un Eolo travieso y cansado del cielo aborregado. Una nube blanquísima, como polvo de cal. Todo lo demás comenzaba a ennegrecer, en el teatro del aire alguien había colgado un telón bituminoso. Y en esa pelea de luces destellaron en el espejo de aquel ático, finalmente victoriosos, los reflejos de los rayos del último sol. Busqué los prismáticos para aislar aquel resplandor y traté de enmarcar ese cuadro de la naturaleza hasta que me sangró la mirada.

Hacía tiempo que no veía tal combattimento, manar así un hilo de agua clara en el albañal de un cielo enturbiado. Recordé aquella visión del cisne que se mostró de la nada y voló a nuestro lado recortando sobre el mar gris del Báltico su fulgor. ¿Era como la visión del ángel que tiene el poeta?: “Fuerte, silencioso candelabro, / colocado al margen, arriba. La noche exacta. / Nosotros, junto a tu arranque, / en penumbra, temblando”.

Leí luego poemas y algunas palabras hicieron cabriolas para distraerme: silbatos, banderines y humo al viento de los barcos, en unos versos sobre el puente de Brooklyn. Después del paseo nocturno, de charlar en el bar con los amigos sobre el verdín que crece entre los cantos romos de la plaza y que no volverá a bullir igual cuando acaben removiendo los bulldozers las entrañas de la tierra, o sobre las hermosas curvas entre los labios y el inicio de la frente en el perfil de Elsa, la camarera, volví a casa. Como fósforos de frío brillaban diminutos copos. Recordé el poema, en el último libro de Simic leído ayer, sobre la misma nieve cayendo toda la tarde del cielo gris para incorporarse y volver a caer, y que vuelve furtiva al anochecer.

Nada hacía presentir que en la mañana apareciera este torbellino de dudas, este tumulto en el corazón; este embotamiento de los sentidos que te deja menguado.

Y en esas escaramuzas contra el mundo notas también un hormigueo en el estómago, una gresca más al mudar los días su piel. Y percibes esa pelusa nueva en la atmósfera o cierta palidez en el aire o cómo respira la tierra por sus branquias en estos días de frío y lluvia. Sientes que está llegando, como en el poema de Emily Dickinson, el nuevo visitante: “Querido marzo –pasa– / Qué alegría – / Ya tardabas – / Déjame tu sombrero – / Cuánto habrás caminado – / Te encuentras sin aliento – / Querido marzo, cómo estás, y los tuyos – / Y la naturaleza, sigue bien – / Oh marzo, ven –vamos arriba – / Es tanto lo que tengo que contarte –”.

 

 

  1. José Luis Avello

    ¿Y te quejas? No es hora aún de lamentos.
    Nos cuentas que “a veces se agolpan en ti todas las preguntas y hacen que sientas menguar el aire de tu respiración, una opresión en el pecho”. Pues serénate Avelino, con el tiempo estas tus enfermedades se hacen crónicas. Aprenderás a convivir con ellas. Verás nacer flores de cementerio en tus manos, que no crisantemos… y las harás tuyas y te acompañarán… siempre… sin marchitarse.
    Tus desvelos nos ayudan a soportar los nuestros, te permiten ver la luz nueva de cada uno de los días ¿o prefieres acostarte con la sonrisa de la felicidad producida por la trayectoria victoriosa de la Cultural? o, entre ronquidos, anhelas volver a ensoñar con que Sergio Ramos, sin haber nacido en una isla de carpinteros, vuelve a salvar el Madrid.
    Nos anuncias, como el gallo, que la noche se acaba, que volverá amanecer, que el sol saldrá, que la luz nos llenará los ojos de belleza…: que seguimos vivos y que las flores de cementerio aún no se han marchitado

  2. José Luna Borge

    Un tierno lirismo de la mejor ley sobrevuela esta entrada de tu diario. Prosa poética en la estela de Brodsky traída desde un mirador privilegiado que contempla la ciudad nevada y repasa viejos incendios de la memoria y del corazón. Esa imagen de la nieve, ya de regreso a cas en la noche: “Como fósforos de nieve brillaban diminutos copos”, no sé si es de Simic o tuya, pero es inmensa, sorprendente, pues la nieve puede arder como un fósforo y también quemar como el fuego.
    Enhorabuena, Avelino.

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