Querido diario (88)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Revisando su abarrotada mesa de trabajo, el autor se encuentra de pronto, dentro de un libro, con una pequeña libretita de hotel, llena de notas… Hace poco más de un mes de ese viaje, las notas están tomadas en el tren a Madrid, pero el autor ni se acordaba de haberlas escrito, así que se decide a transcribirlas “tal cual” (dice él, como si no lo corrigiera todo), “a ver cómo suenan”…

Por AVELINO FIERRO

Aquí, al lado, mi propio reflejo sobre el cristal de la ventana ayudado por la luz de la lámpara de mesa. Más allá, la silueta de las antenas, chimeneas y tejados. Al fondo, la línea oscura del horizonte que se subraya lentamente porque el manto de azul es cada vez más claro. Comienza a verse una leve franja de tinte anaranjado. En esta oscuridad impaciente canta un mirlo. Está empezando a amanecer.

Desorden en la mesa de trabajo. Ni siquiera el pequeño solar rodeado de torres de libros y recortes de periódico que me reservo en ella está hoy libre. Como si un ventarrón nocturno se hubiera arremolinado en la habitación arrastrando hasta mi trozo de playa –ese que me guardo para colocar la toalla y recado de leer en este litoral siempre abarrotado– multitud de pecios: la reseña de un suplemento cultural sobre un libro titulado “Notas sobre literatura y el sonido de las cosas” y que ya da ganas de leer con ese reclamo. Otro de varias páginas sobre Azorín; una copia del tercer LP de Los Cardíacos, en el que anduve buscando esa versión del “Honky tonk women” de los Rolling; el folleto de la exposición de Gil de Biedma en la Caixa en 2005, con su “recull de poemes”; libros de Mark Strand y Luis Marigómez; la pequeña cajita de gouaches comprada ayer que está sobre el ensayo de Riechmann, y este tiene un lápiz en la página 89 y ha servido para subrayar una frase, “Estamos en derrota, nunca en doma, decía Claudio Rodríguez”; una revista de arte italiano sobre De Pisis, y el dietario de una poeta publicado en Isla de Siltolá. Para finalizar, otra reseña sobre un libro que viene de un tumblr de la Red.

Pensaba dedicar unos minutos a un par de consultas en el ordenador, porque ayer Tacho, en el Cuervo, tras negar el calentamiento global y echar pestes contra las ONG y los hábitos de curas y musulmanas, había dicho que Van Gogh ni se había cortado la oreja –que lo había hecho Gauguin en una contienda de esgrima– ni se había pegado un tiro –que todo sucedió con un revólver con el que jugaban unos niños y quizá una bala perdida…–. Pero cuando recojo el librito de la Isla, veo que hay dentro de él unas hojas escritas con tinta negra y que llevan fecha de 15 de febrero de 2017. Son de una de esas libretas de notas que hay en algunos hoteles y pertenecen al último viaje en tren a Madrid. Son anotaciones que estarían pensadas para ser recogidas, dándoles nueva redacción, en este diario. Casi nunca tomo notas, y si lo hago, las olvido en algún fondo de bolsillo o en la barra del bar. Voy a transcribirlas tal cual, a ver cómo suenan, y a recordar.

“A una viajera le dicen que ha sacado billete para el mismo día del mes siguiente. Allí queda, atrás, tratando de que le busquen asiento y solución. Suena la Quinta de Mahler en los altavoces del vagón. Cerca, sentado ya al otro lado del pasillo, un hombre de mediana edad –con pelo demasiado negro para que sea ciertamente natural– lee una biografía de Pitágoras; es un librote. Va vestido como yo acostumbro a ir al trabajo: vaqueros oscuros, chaqueta, camisa. Mi libro es diminuto, Los antiguos domicilios, un diario. Él saca ahora el móvil y escribe en él; un móvil grande; todo lo lleva más grande que yo: libro, móvil –yo llevo mi Bic–, pelo abundante… No le veo los zapatos al estar tapados por las piernas de su vecino; algo importante.

Sol tenue. Nubes que difuminan ahora –ayudados por los cristales dobles del vagón– el astro. Hace calor aquí dentro. Nunca llueve a gusto de todos.

Tarde definitivamente gris. Campos roturados y marrones; en otros empiezan ya a brotar los cultivos y tienen un verde suave.

Mi vecino se va a un asiento cercano, hay varios vacíos. Lo agradezco, porque ha sacado el móvil y no calla. Al principio pensé que era un productor o distribuidor de cinema, porque le encarga a alguien que lleve las copias de la película a la reunión. Luego creo que es albañil, habla de obras y tiene una mancha de barro en el bajo del pantalón y en las suelas. De vez en cuando me distrae. Repite las cosas; su interlocutor –un tal Roberto– parece ser un poco zoquete. Creo que cuando vaya acabando le diré que le dé recuerdos de mi parte al tal Roberto y le diga: ¡Hala, a espabilarse!

¡Huy, acabo de ver el marcapáginas del profe: una estampita de Dios Nuestro Señor! Apuesto a que sus zapatos son negros y con cordones, como de cura.

Pasa un chico alto y guapo hacia el bar. Pelo algo cano, chaqueta gris inglés, camisa azul, pantalones crema y mocasines a juego con todo. Gafas de pasta. Va gustándose, halagándose; sabe cómo es por fuera.

Diviso desde aquí parte del vagón-cafetería. Lo veo a él y a unos jóvenes barbudos con amplios jerséis de lana oscura, que seguro que les han tejido sus madres y son regalo de navidad. Bajitos y de fisonomía ramplona. Me he dormido un rato, hasta que por el altavoz anuncian Valladolid. Esto está lleno. Uno de los barbudos, que viaja sin reserva, va cambiando de asiento. Lo tengo cerca; lee algo que será de asuntos anticapitalistas; lleva un pendiente abrazándole el lóbulo.

Detrás, oigo a una chica que repite palabras, un curso de inglés. Ríe alborozada cuando el profesor virtual le permite pasar a la siguiente pregunta.

Enciendo la luz cenital; no sabía que estaba allí. Pasa la azafata ofreciendo de nuevo auriculares. Nos dice que viajamos con una demora de diez minutos. Es pelirroja y muy delgada, con flequillo a lo Hepburn. Le sobra tela por todos lados. La practicante de inglés es como un dolor que entra por el cogote. El albañil tiene que ser el sucesor de Paco el Pocero, porque no para de levantar imperios ni de dar instrucciones.

Coche 07, 19:01, 300 km/h, 21 ºC. Todo esto es un poco innecesario. Si nos clavamos una hostia puede que a mí me reconozcan porque en la pieza 34 hay un trozo de hierro roto de un implante mal hecho. Afuera ya solo se distinguen formas recortadas en negro. Y una línea rosa y larga que desaparece hacia el fondo, como la estela de luz de un transporte sideral. Unos que irán a todo trapo hacia las minas de Urano quemando goma.

En mi libro, la autora escribe que al iniciarse como poeta aplicaba conceptos que se distanciaban mucho de la lógica del lenguaje, como por ejemplo: “Combar los pezones un poco soberanos no me veta”. Quedo un tanto lelo intentando descifrar algo, aunque sea de modo surreal. Pero voy finalmente a lo trillado: imagino una escena sado-maso (pero no casa bien con la foto de la escritora que está al inicio; eso me disuade).

Más atrás oigo a uno que habla de la Sala de Columnas del Congreso. Dice que está llegando a Madrid desde una reunión en Valladolid. Sin duda, uno que no ha pagado de su bolsillo el billete.

El pocero ha vuelto a mi lado. Ha dejado un instante el teléfono; bosteza, se despereza y lleva la mano derecha a la nuca, y con la izquierda se restriega tenuemente la entrepierna. Un masaje de cervicales y güevos en toda regla. Es un tipo apañado. Es grande y no huele a sudor a pesar de todos los esfuerzos por hacerle comprender las cosas a Roberto. Me escurro hacia la derecha ahora que cruza las piernas, huyendo de su barro.

Aunque no veo a todos los pasajeros, parece que solo leemos el cura y yo, y un joven un libro digital.

Anuncian la llegada; voy por la página 36. Una chica guapa, votante de derechas y de formas rotundas se trastabilla al coger la maleta y cae abrazada sobre el anticapi, que cambia de color, se vuelve pimiento morrón, la oreja se le hincha y el pendiente no le da. Es todo tan tierno…

Llegamos. “Villanueva de la Cañada-Alcobendas, vía 4”. No hay taxis. Embotellamiento. Partido Real Madrid-Nápoles. En el mío, una media hora después está sintonizada una emisora corporativa, “Radio Suegra”. Hablan de que cuelan billetes falsos los napolitanos. Mi conductor dice que él tiene un rotulador para descubrirlos y me muestra su funcionamiento cuando estamos detenidos en el atasco. Hay cierta psicosis en su gremio. Por la emisora recomiendan que en caso de problemas se pase al “dispositivo”. Mi conductor dice de los compañeros que se queden en casa sí tienen miedo. Que en su país se cagarían y mearían con las cosas en verdad peligrosas que allí suceden. Es ecuatoriano. En el hotel me dan la llave de la habitación, una llave con dientes, metálica, de las de toda la vida. Veo un rato el partido. Salgo a la calle. Ha cambiado el clochard del BBVA. Paseo por las calles de Chamberí”.

 

  1. Áurea

    Me gusta mucho, no lo cambies. Con humor.

  2. Elías.

    Genial. Hierro roto en la 34 es un título cojonudo.

  3. Avelino, te confieso que es la primera vez que acabo uno de tus relatos.
    Pedro.

  4. avelino fierro

    pedro, me has dejado preocupado
    cómo los quieres: más cortos, más largos, trepidantes, que hablen de tu gremio de arquitectos, de la globalización ?
    pídeme lo que quieras, soy un mandao

  5. Félix P

    Real o inventado, me gusta el recurso de las notas desperdigadas… oye, Ave, me queda una duda: la chica guapa era votante de derechas y se cayó sobre el anticapi? Cómo estás seguro de lo primero, y… no será lo segundo un echar balones fuera ya que fue sobre ti sobre quien se cayó la “rotunda” moza? ja, ja , ja. Enhorabuena, en cualquier caso.
    F

  6. Juan María Civit Gil

    Suena bien, muy bien.
    Juan María

  7. José Luna Borge

    Esas anotaciones de viaje inconexas que al final no lo son tanto pues van relatando el trayecto hasta el final están llenas de encanto y perspicacia y, sobre todo, de una capacidad de observación fuera de lo común, característica principal de todo buen escritor y del buen pintor.
    Me han encantado estas notas volanderas traspapeladas en un libro, son estupendas.
    José Luna Borge

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: