Querido diario (89)

© Ilustración: Avelino Fierro.

¿Cómo afrontar el encargo de escribir sobre un tema inesperado y que el texto resultante sea capaz de describir, además, el disparatado mundo en que vivimos? El autor da cuenta de su personal proceso de escritura en el tiempo… para finalizar con una defensa de la Cultura como actitud, como estilo de vida.

Por AVELINO FIERRO

A Konstantinos Paleologos

Ya bien entrada la noche, bajo el toldo del Santo Martino, conversaba yo con mi amigo Giovanni cuando llegó María José, y me preguntó si quería escribir algo para un congreso que ella organizaba en la facultad de Filosofía, algo sobre la función de la literatura o de las humanidades en el delirio de sociedad en que vivimos. Le dije que no, y a los pocos días, el domingo de Resurrección, que sí. Hay que ser agradecido.

Cuando me sobreviene algún encargo o tarea de este tipo, fuera de mis previsiones o mi rutina, me paralizo, no comienzo la tarea de inmediato y suelo proceder de la siguiente manera: dejo funcionando ese radar de murciélago del que habla Brodsky en el prólogo a un libro de poemas de Montale. Bueno, puede que un poeta funcione con su pensamiento en ese ámbito de 360 grados; yo me limito a extender una especie de tela de araña pegajosa en la que quizá queden atrapadas algunas palabras, sensaciones o ideas que luego quizá sirvan para hilvanar algo, un texto, un discurso.

A los dos o tres días, María José me preguntó por el título de mi trabajo y le contesté que sería “Estatuas de sal (Miradas al mundo que viene)”. Le pareció sugerente. No le dije que yo no tenía ni idea de lo que iba a hacer. Contesté así porque acababa de leer en un libro de fragmentos y notas de Jorge Riechmann, publicado en 2013, lo siguiente:

“Impresiona la forma en que la casta política de este país –y no sólo ella, por desgracia– rechaza asumir responsabilidades. ¿Hacerse cargo de lo que se hizo y dejó de hacer? Nada de eso: en este tiempo nuestro de ‘toma el dinero y corre’, donde el nihilismo de los mercados financieros tiende a moldear la cultura de la sociedad entera, se hace como si el pasado no existiera y se trata de continuar a cualquier precio la huida hacia delante… El más posmoderno de los ministros del Gobierno del Reino de España, don Luis de Guindos, acaba de teorizarlo con ocasión de la megaestafa de Bankia: ‘Cuando uno vuelve la vista atrás se convierte en estatua de sal’. Palabra de un ex responsable de Lehman Brothers para España y Portugal”.

Pasaban los días. Vi que tenía que ponerme a la tarea, que había que escudriñar el mundo; ver si alguna de sus heridas podían restañarse con las palabras o la escritura. Hice un primer esfuerzo y ejercicio de responsabilidad: tejí la tela, y de un par de periódicos y suplementos culturales del fin de semana volaron algunos insectos que quedaron atrapados en ella. Presas heterogéneas, desde moscas vulgares a libélulas luminosas. Una entrevista mínima con Herta Müller en un suplemento de moda, en la que afirma: “La belleza protege, es lo contrario de la tortura”; en ese mismo suplemento, repleto de perfumes y cosméticos, ropajes y lencerías, shopping y tendencias, Eva Lootz decía en su última página que el arte tiene una función social…

También atrapé un párrafo de la colaboración semanal de Muñoz Molina en El País, en el suplemento Babelia de 29 de abril, recordando los insultos que había recibido por un viejo artículo, “Andalucía obligatoria”, sobre los cursos de “espíritu rociero”, que programaba la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.

Escribe el novelista: “En vez del pensamiento crítico, que por naturaleza es individual y tiende a la disidencia, se han fomentado las adhesiones irracionales a lo unánime. Cuanta menos historia se enseña y mayor es la ignorancia del pasado inmediato, más fuerza tienen los orgullos identitarios: cuanto más sagrada es una tradición, más innecesario y hasta peligroso se vuelve el conocimiento verdadero”.

Esa afición a desfilar marcando el paso, un paso rancio y beato, la había sentido la semana anterior en esta ciudad. Esta ciudad cada día más ensimismada, donde ciudadanos y políticos no cesan de mirar atrás, con miradas estériles que corrompen el hoy y niegan el futuro. Y recordé otra mirada al pasado, otro insecto que se posaba en mi pensamiento, una mariposa de alas negras, la de Stefan Zweig al abandonar Austria ante el ascenso del nazismo:

“Pasé de largo por Salzburgo, la ciudad donde tenía la casa en la que había trabajado durante veinte años, sin ni siquiera bajar del tren en la estación. Por supuesto que desde la ventanilla habría podido ver la casa de la colina, con todos sus recuerdos de los años vividos. Pero no volví los ojos hacia ella. ¿Para qué, mirándolo bien, si no volvería a vivir allí?, y en el instante en que el tren cruzó la frontera, supe, como el patriarca Lot de la Biblia, que detrás de mí todo era polvo y ceniza, un pasado petrificado en sal amarga”.

Esas fueron algunas de las presas que cobré en un par de días tratando de llenar el título que yo había elegido apresuradamente.

El caso es que tenía la barca ya bastante llena, pero las redes de las ideas medio vacías. Habían pasado diez días y no había empezado a atar cabos, a reflexionar. Seguían llegando más presas, atontadas falenas a darse contra el farol que yo dejaba brillando con una luz exangüe.

Tenía que empezar a escribir y encontrar un cierto tono. Dice Piglia que el tono no es el estilo, es la relación del que narra con la historia: puede ser una relación apasionada, puede ser irónica, elegíaca, distante.

Una casualidad vino en mi ayuda, pues a través de mi amigo Julio Llamazares vine a conocer el título del Congreso: ¡resulta que yo todavía desconocía ese dato esencial! Su traductor al griego, que es uno de los participantes, le había enviado el programa que desarrollaba un enunciado general “Crímenes contra la humanidad en la literatura y el cine”. Bueno, pensé, eso suena más a Derecho Penal que a otra cosa, y es a lo que me dedico profesionalmente. Me propuse expurgar el material, quitar lo más literario y resolver mi intervención dándole un enfoque jurídico.

Era una tarea, además, más sencilla. Y lo jurídico tiene también la virtud de la asepsia; mi trabajo sería diseccionar algo con el escalpelo de la técnica forense.

Pero poco a poco se imponía la visión más literaria. Y se iba afianzando esa idea de la mirada hacia atrás, esa sensación de que en los hallazgos o en algunas formas del pasado está la solución a los errores del presente, aunque tuviera que entonar ese lamento jeremíaco por el mundo de ayer, arriesgándome a quedarme petrificado como estatua de sal, o con cara de tonto. Y esa “atención flotante” que recomienda Freud a los psicoanalistas para acercarse a los nuevos pacientes o problemas me ayudaba en ese acopio de materiales sin seleccionar demasiado. A las noticias del mundo de la cultura se añadían cada vez más las de la actualidad, y los picos del encefalograma iban dando cuenta de los sobresaltos y la histeria que dibujan la mala salud del globo terráqueo.

Para confeccionar esa especie de radiografía de un mundo enfermo, me servía todo, también las imágenes. Pensé en que podía proyectar durante la charla un dibujo a lápiz que hice en el poema “La vida continúa” de Mark Strand, tras leer los versos siguientes:

No sabéis. Decidles que todos tratáis
de manteneros ocupados, aprendiendo a inclinaros y a oír
el descuidado respirar de la tierra y a sentir su servicial
languidez adueñarse de vosotros, una onda tras otra,
enviando
pequeños estremecimientos de amor a través de vuestros
breves
e irrefutables yos, a vuestros días y más allá.

Allí, en la página 65, aparece la esfera del mundo con gesto cariacontecido, de tristeza.

Llegó el día de mi conferencia, que inauguraba aquellos tres días de congreso. La inicié narrando las dificultades con las que me había encontrado para hilvanar el discurso. Los asistentes comenzaban a sospechar que aquella charla no iba a empezar jamás, porque yo seguía enumerando los materiales que había reunido sin entrar en materia. De vez en cuando les mostraba algún recorte de periódico o blandía algún libro desmenuzado días antes. Mas con un autor hindú, Pankaj Mishra, comenzó la parte central de mi conferencia, una exposición convencional. Una larga cita –sobre el liberalismo cosmopolita, la globalización, la crisis económica de 2008, el Brexit y las elecciones presidenciales norteamericanas de 2016, los hackers anónimos, Boko Haram…– dio paso a Rousseau, Voltaire, Sandel, Gomá y Sánchez Ferlosio para describir este disparatado mundo en que vivimos. También hablé del resentimiento y la vileza del corazón humano y del pesimismo antropológico para hacer ver que el desastre no era sólo consecuencia del egoísmo de gobernantes y empresarios. Hablé de los románticos alemanes que advirtieron contra la búsqueda agresiva de riqueza material y poder a expensas de las dimensiones estéticas y espirituales de la vida humana. Me detuve en esa deseada ejemplaridad de los políticos –son todos unos comediantes, decía Baroja en La caverna del humorismo–, y dije que el bien común tendría que ser su dedicación principal.

Y aunque los asistentes eran en su mayoría de otras ciudades del país o babelparlantes– americanos, belgas, griegos…–, también me detuve en un asunto de marcado sabor local.

Vine a decir que la madre de todos los males es la incultura, y que en la última campaña electoral española ningún partido pronunció la palabra Cultura. Tengo para mí que los políticos padecen un defecto congénito. Si han medrado en la política, si su encarnadura está hecha para ella, no pueden tener la finura suficiente para apreciar la belleza.

Esto puede suceder también con otros personajes, que no serían en principio “sospechosos habituales”, como esos estupendos artesanos que son a veces los arquitectos, que vienen a algunas tareas vacíos de alma. Los rigores de su disciplina han espantado ese cierto descuido, esa mirada clara, esa libertad que es necesaria para hacer algo sin demasiado compromiso, sin demasiadas razones.

Unos y otros no pueden ver, apreciar, oír –y menos, entender– las proporciones o el aroma de lo bello en las cosas un tanto modestas, desvencijadas, humildes. Con su incapacidad sucede como con esa frase que uno oye con frecuencia a buena gente: yo no leo poesía, es que no la entiendo.

Todo tiene que ser para ellos muy evidente, brillo y oropel, todo tontamente ambicioso y como de una modernidad absurda. Lerdos, sordos y ciegos. Sirva como ejemplo en nuestra ciudad ese empeño que tienen de “reparar” como auténticos zopencos lo que para ellos es un armatoste ininteligible, pueblerino, improductivo y estéril, la Plaza del Grano.

Volví a coger vuelo y cité a Vargas Llosa cuando habla en su libro La civilización del espectáculo de la democratización de la cultura –sucede que han metido mano en este asunto antropólogos, sociólogos y deconstruccionistas varios, poniendo a todo aquel que toque la gaita a la altura de Beethoven– y de la cantidad a expensas de la calidad. “Cuando la idea de la cultura torna a ser una amalgama semejante es inevitable que ella pueda llegar a ser entendida, apenas, como una manera agradable de pasar el tiempo”.

Cultura, decía Eliot, no es sólo la suma de diversas actividades, sino un estilo de vida.

Quien mejor ha descifrado y lamentado esa barbarie dulce de la poscultura, el mundo absolutamente plano del que está excluida toda “presencia real”, es George Steiner. Para él ningún arte, literatura o música estúpidos perdurarán. La creación estética es inteligencia en grado sumo. Edipo Rey, Madame Bovary, el Políptico de Isenheim de Grünewald, o la Pietá de Miguel Ángel, “Ein Winterabend” de Trakl, un andante de Mahler que parece derribar la cárcel del yo y nos reconcilia con la recurrente paz del ser, son re-actualizaciones, reencarnaciones por medios espirituales y técnicos de lo que la interrogación, la soledad, la inventiva y la aprehensión del tiempo y la muerte humanas pueden intuir del fiat de la creación, del cual, inexplicablemente –sigue diciendo–, han salido el yo y el mundo en el que estamos arrojados.

Continuaba con mi soflama –no sé si a estas alturas les había leído un viejo texto publicado en la revista del Colegio de Abogados y unas notas sobre Guy Standig, el “precariado” y la Renta Básica Universal–, pero en una breve pausa para beber agua y escanear a aquel auditorio, me pregunté si era necesario continuar hablando. ¿Tenía que seguir perorando sobre lo evidente? ¿No tenía ante mí a los reservistas de la Cultura, a los portadores de la llama sagrada, a los estudiantes de filosofía, profesores, traductores de varios lugares del planeta? A pesar de ello, quise acabar con la lectura del folio que tenía encabezado con un título a lápiz, “Manual de Instrucciones para la salvación de la Tierra”.

¿Qué podemos hacer para cambiar este estado de cosas? Creo que estamos obligados a dar la tabarra –como moscardones, zzzzz, como un bajo continuo– en defensa de los clásicos, del rigor de los maestros, de la educación, de las humanidades. No pasa nada si nos dicen que vamos de “intelectuales” o “exquisitos”. Brodsky –¡cuántas veces lo he citado!– afirma que la cultura es “elitista” por definición, y la aplicación de los principios democráticos en la esfera del conocimiento propicia la equiparación de la sabiduría con la imbecilidad.

Ser radicales, salir a los caminos a predicar. Y volver al pasado, mirar a los antiguos sin temor porque así no seremos estatuas de sal sino más sabios.

Y también tenemos que ser más exigentes con nosotros, llevar a cabo una tarea de introspección, escudriñarnos. “Yo me escudriñé a mí mismo”, dijo Heráclito. ¿Qué podemos hacer?

Como un imperativo absoluto sigue teniendo vigencia aquella admonición, ese mandato que nos llega desde el último verso del poema de Rilke. “Torso arcaico de Apolo”: “Has de cambiar tu vida”.

No conocemos la inaudita cabeza
en que maduraron sus pupilas. Pero
el torso arde aún igual que candelabro
donde su vista reducida tan sólo
se mantiene y fulge. Si no, no podría
cegarte el curvado pecho, ni en el giro
leve del muslo vagara una sonrisa
hacia aquel centro en que gravitaba el sexo.
Si no fuera hermosa esta piedra trunca
bajo la caída clara de los hombros,
no luciera así igual que piel de fiera,
ni irisara desde todos sus contornos
como una estrella: pues ahí no hay un punto
que no te vea. Has de cambiar tu vida.

Esa prescripción se complementa con la conclusión, esa resolución que está en el prólogo que escribe Azúa a la recopilación de sus artículos políticos, Contra Jeremías:

“Un individualismo radical es la única salida que concibo para las tribulaciones que se avecinan. Eso es, para mí, la política en su sentido más honesto: lo que cada cual lleva a cabo desde su responsabilidad, con imaginación e iniciativa, para impedir los atropellos del poder”.

Hay que seguir defendiendo y difundiendo a los creadores verdaderos, las lecciones de los maestros, la vigencia de las humanidades frente al mercantilismo y los planes Bolonia; insistir en ello, en privado y en la barra del bar, en las comparecencias públicas, en bodas y bautizos; con un zumbido persistente, como moscas soldado; tendremos de nuestra parte ese ruido de fondo de las obras de los clásicos que persiste –como dice Italo Calvino– incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone.

Hagámosles ver –y repito aquí una frase de Martha C. Nussbaum– que con las artes sucede lo mismo que con el pensamiento crítico, que resultan fundamentales para el crecimiento económico y la conservación de una cultura empresarial sana.

Puede que en esta tarea no estemos muy solos, que al final seamos un enjambre sobrevolando como drones nuestras ciudades, posándonos en las cabezas calvas de sentido de los ciudadanos cada vez más zombis sumidos en las telarañas de la crisis que sólo aprovecha a los poderosos, distraídos con acontecimientos ficticios creados por los medios de comunicación (Richard Rorty), alejados cada vez más unos de otros, del enfrente real, por esa dependencia de los medios digitales…

Cuando queramos estar más en ”modo político” podemos leerles al oído algún párrafo de Zygmunt Bauman o Byung-Chul Han.

Y cuando estemos más líricos podemos susurrarles algunos versos. Decirles que la poesía les puede hablar también a ellos, de sus cuitas diarias y de realidades no humanas, de su dolor y su felicidad, de lo intemporal; de ese momento cotidiano que se transforma luego en algo más profundo, en una epifanía. Eso sería un poema logrado para el poeta polaco Adam Zagajewski. Leamos algunos de sus versos para finalizar.

Perdidos, perdidos en grises pasillos. Por la noche
las bombillas silban como los pitidos de barcas
   hundiéndose.
Leemos libros olvidados por sus autores.
No existe la verdad, repiten los sabios.
Las tardes de verano: un festival de vencejos,
en los suburbios estallan las peonías.
Parece que las calles se acortan.
Por el calor, por la facilidad de la visión.
Lentamente, avanza el otoño sin hacer ruido.
Pero a veces emergemos por un momento
y sucede que brilla la puesta de sol
y aparece una seguridad pasajera,
casi una fe.

 

  1. Fermín Gallego

    Magnífica nueva aportación a tu diario, como siempre. En este caso en formato “conferencia” con una aportación muy interesante para ese congreso que la originó. Además con la premonición añadida de acabar con esos versos finales del hoy nuevo laureado Princesa de Asturias.

  2. José Luis Avello

    Me lleva tiempo leerte a ti y a los cuarenta y tantos que normalmente citas. Sois demasiados para el poco tiempo que dura una vida. ¡Hay tanto dónde mirar! y lo peor es que lo más lento es el rumiar. Ahora, dentro de un poco, me pondré a deconstruir tu proceso, pasarán horas y no lo lograré, seguro, pasarán días y tampoco, al cabo de unos años miraré achinadamente -con ojos de chino- como estatua de sal hacia el pasado, y quizás hacia tu entrega 89 la cuál aún seguirá pendiente. Iré avanzando, como siempre, entre restos y fragmentos de lecturas amigas de esas que nos ayudaron a sobrevivir y nos alimentan a continuar para librarnos de esos otros personajes molestos que ensucian las páginas de sus propias historias.

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