Querido diario (90)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor regresa al pueblo, en estos días de tanto calor, y realiza con su padre labores olvidadas. “Vuelvo, ahora que mi padre está viendo cómo su ánimo y su memoria se van quebrando; intento que estos meses de verano vea crecer los frutos de la tierra, trabaje un año más en el huerto”.

Por AVELINO FIERRO

No arranca el motocultor. Hay que enroscar un trozo de cuerda a un lado, donde se ve un disco con una parte hendida. Mi padre ha tirado con fuerza varias veces y en alguna de ellas le ha sacado una tos bronca, un carraspeo. Yo lo he intentado una vez y creo que se me ha salido el hombro; y no sentí ningún ruido, salvo el de mis huesos. Lleva ahí, bajo ese tendejón, desde el otoño pasado. Estará anquilosado. Es la primera vez que vengo a estas labores. Las recuerdo de niño –siempre leves y como un juego– cuando pasábamos parte del verano en el pueblo. Vuelvo, ahora que mi padre está viendo cómo su ánimo y su memoria se van quebrando; intento que estos meses de verano vea crecer los frutos de la tierra, trabaje un año más en el huerto.

Hemos vuelto a este espacio cerrado con tapia de barro y bloques, en un costado del pueblo, en el camino que va a Fombuena y hacia la carretera. Si se llega desde la ciudad, esa entrada con hileras de chopos que está ahí desde siempre, ordena los prados –hoy sin animales– y abre la espita de la memoria. Senderos del tiempo y de la vida que, lentamente, remueven el pasado con el mismo sosiego con el que se balancean ahora las hojas altas que nos dan la bienvenida en su temblor, y nos dicen que hemos ido con su paso por los caminos y el combate de las horas, en esos nuestros denuedos de luz y sombras del simple vivir. Sí, ese mecerse leve suyo que semeja un batir de alas despacioso parece habernos acompañado siempre. Un aleteo o murmullo que es el que emite siempre este mundo, estos senderos, paleras y negrillos, sementeras y espinos, manantiales ciegos. Algo persistente, como lo era en estas tierras resecas la añoranza del mar, allá lejos, por detrás de los campos. “Más allá de las colinas amarillas está el mar, / más allá de las nubes”.

Tiene ahora ante él este trozo de tierra caliente; caliente como el aire que entra en sus pulmones. Ni cielo ni subsuelo, sólo este ras de suelo que respira con él, al que contempla retador y condescendiente antes de abrir en surcos sus heridas. Yo miro los jirones que dejaron en el nogal las últimas heladas y recuerdo que cerca de aquí escarbábamos tormos buscando el cebo para los peces del estanque. Me recreo en otras remembranzas. Pero viendo este sudor de ahora en la frente de mi padre, que parece no haber dejado nunca de manar, y todas esas tareas y laboreos que siempre llevó a cuestas –como una cruz sin sosiego– mis ideas sobre esos antiguos paraísos van muriendo.

Hay un deseo de vuelta a las formas de vida del pasado y a la naturaleza. Escritores, exquisitos urbanitas arrepentidos, comunicadores de varios pelajes nos insisten y apremian a esa vida idílica y campestre, lloran las tierras vacías. Sí, hemos visto –como escribe mi amigo M.– el lento caminar de comarcas hacia el mar amarillo y blanco de la despoblación. Hemos leído los libros de pensadores de miradas de serenidad y pureza, buscando mañanas de primavera, “cuando Adán y Eva fueron expulsados del Edén”, y “la laguna de Walden ya existía e incluso entonces se disolvía en una suave lluvia de primavera acompañada de la bruma y el viento del sur, cubierta con miríadas de patos y gansos que no habían oído hablar de la caída…”. Hemos escuchado las “palabras mayores” de esa abuela de la aldea de Ladines sobre la mala educación de los guajes por no enseñarles la raíz de las cosas, de dónde vienen los alimentos o cómo se llaman los componentes que engranan la asombrosa máquina del paisaje, qué tipo de madera es el gobexu y qué el recimal. He escrito hace muchos años un poema, “Bucólica”, sintiendo en la piel una tarde de campo y su extraña caricia, casi una visión.

Heme aquí, en las tareas campestres
sintiéndome como el buen salvaje
caminar con los pies desnudos,
aspirando el acre aroma de
la hierba cortada, rastrillo en ristre,
cerca de los negrillos secos
y enfermos del prado alto;
ahora, un viento tenue trae
el primer frescor del atardecer
y mece leve el trigal manso,
ondas abre en el cielo el batir
de las palomas y, atónito,
contemplo el fulgor cenital,
esas nubes incendiadas, sajadas
por rayos de luz purísima,
donde sólo falta el ojo de Dios.

Avanza el agua por el surco. Ha salido a borbotones del pozo; a veces forma mínimos esteros o se desborda, y hay que embridarla con pequeños diques. Agua que corre, pureza y esperanza. Una golondrina baja rauda a beber. Estoy mirando la escena, brazos en jarras. Hemos vuelto al pueblo, en estos días de tanto calor. Ha vuelto el verano y mis ideas sobre cualquier posible paraíso están bastante claras mientras la tinta discurre sobre el papel y abre estas ringleras.

  1. robertomolero

    Discurre este texto por senderos bien conocidos por mi. Simplemente leyendo el texto se abre también la espita de mi propia memoria. Un abrazo.

  2. José Luis Avello Álvarez

    En la canícula todo aflora, es cuando vemos crecer el paso del tiempo, y que nos aproximamos a la vejez, si es que no estamos ya. El cuerpo se queja, la espalda se envara… son síntomas que anuncian que la jubilación se hace necesidad y refugio. Es el tiempo de aislarse, de aparcarse… Hoy, un compañero de trabajo traslada en su coche los papeles más díscolos, los almacenados allá en el quinto infierno de los cajones, los últimos de su
    despacho que a partir de mañana cobijará a otra persona. Vivimos inmersos en el usufructo. Pienso más en tu padre que en ti, quizá porque estoy más cerca de él, mientras contemplo la pantalla de mi hp que es el electrodoméstico que más se parece al motocultor de tu padre.

  3. Limpia la bujía. Pero seguramente fallará el carburador. Si te dicen que van a cambiar los segmentos o la junta de la culata, diles que no, que muchas gracias. Mi consejo (no solicitado): compra una motoazada nueva. Aunque para una huerta pequeña no hace ni puta falta. Si tu siguiente pregunta es dónde está la bujía, está justo delante, unida a un cable y una cápsula de goma y tiene forma de bujía.

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