Mesidor 17

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental e inicia una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
En concreto, el título de esta segunda entrega, “Mesidor” (en francés Messidor) es el nombre del décimo mes del calendario republicano francés, el primero de la estación veraniega, que dura desde el 19 ó 20 de junio hasta el 18 ó 19 de julio, según el año. Coincide de forma aproximada con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Cáncer. El nombre proviene del color dorado que toman las mieses en los meses de junio y julio en el hemisferio norte.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Recordará usted, estimada Jane, que Santos y yo solíamos celebrar este día 14 de Mesidor. Contra lo que cantaba Brassens, que era casi un dios, nuestra blasfemia venía justificada por otro tipo de devoción bien alejada de la exaltación patriótica. Por eso precisamente vuelvo ahora sobre esa fecha para dar continuidad a este epistolario y a los ritos interrumpidos de forma tan abrupta.

Cuando él y yo nos conocimos en la universidad, descubrimos que nuestra común francofilia había nacido a la par en el primer año del bachillerato. Para unos tipos como nosotros, a finales de los años sesenta, el planeta se había limitado hasta entonces a Palomares y su entorno y al barrio de la Vega y sus arrabales. Poco más. De modo que el estudio del francés fue en verdad el descubrimiento del mundo, la revelación de que más allá de nuestros paisajes cotidianos limitados había otra vida y que era hermosa. Con el tiempo, de confesión en confesión, supimos uno y otro que ambos la habíamos situado a usted, junto a otros astros, en el eje de ese nuevo universo. De modo que en esto consiste la vida, en construir una mitología personal más allá de herencias genéticas y ambientales. Y, claro, cuando esa mitología es compartida, inevitablemente se transforma en una religión, aunque sólo sean dos sus feligreses.

En esa arquitectura se inserta, pues, la fecha en cuestión. Así como jugábamos con el nombre de los meses o nos colocábamos un ramito de muguet en la solapa cada primero de mayo para afrancesar las marchas del trabajo, aprovechábamos la fiesta francesa por antonomasia para intercambiar presentes más simbólicos que otra cosa: pequeños descubrimientos, literarios o musicales sobre todo y también algo que tuviera que ver con el cine, que poníamos el uno al alcance del otro. Así compartimos por primera vez À bout de souffle, la película de Godard, y así caímos rendidos los dos ante Belmondo y Seberg. Aunque el gran chasco me lo llevé yo al regresar de mi primer viaje a Francia en el verano de 1980. Descubrí en Burdeos a una cantante que me llamó la atención, Isabelle Mayereau, y decidí comprar un disco suyo para Santos coincidiendo con aquella celebración anual. Se lo entregué emocionado. Él observó el retrato de la portada y, sin más, sentenció: “Tiene demasiada pinta de profesora de inglés… Mejor guárdalo tú”. Supe entonces que su práctica religiosa era mucho más ortodoxa que la mía y que su fe tendía inexorablemente a estrecharse.

Al año siguiente, lo recordará usted bien, viajamos juntos a París. La tarde de aquel día 14 me propuso que nos acercásemos hasta la rue de Verneuil, donde usted residía con Lucien. No le acompañé, ya sabe, porque yo era entonces, quizá lo sigo siendo, muchos más idealista o más cobarde, según se mire, y le dejé ir. El resultado de aquella aventura lo conoce usted bien y no necesito evocarlo ahora. El caso es que, como suele decirse, ahí empezó todo. O bien comenzó a reescribirse de otra forma. Sin ir más lejos, el asunto que hoy motiva esta carta se fue difuminando hasta morir definitivamente tres años después. El tiempo de los juegos había tocado a su fin y Santos navegaba ya por otros mares, así en los sentimientos como en su devenir laboral. Hasta el final.

Así pues, estimada señora, un servidor, de naturaleza fetichista en algunos aspectos, prosiguió no obstante con la ceremonia estival con absoluta devoción. De tal modo, que años llevo ya inaugurando esta estación en el momento exacto en que las ruedas empiezan a girar en el Tour de Francia y saludando cada mañana del 14 de Mesidor con una melodía venida del norte. Le confesaré que para esta ocasión he seleccionado un disco suyo, aunque debe comprender que no siempre ha sido así. No llego a tanto. Enfants d’hiver, que es el título elegido, me ayudará de paso a soportar los calores que nos castigan: “Hay un país / inexplicable, / inaccesible / como los muertos. / He pasado mi vida buscándolo. / Como una película en súper ocho / rebobino mi vida”.

Con todo aprecio, Madame.

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