Querido diario (91)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor ordena su escritorio repleto de papeles viejos, encuentra cartulinas con dibujos y frases anotadas durante un viaje a Levante, hace más de veinte años… En esta ocasión busca libros para llevarse a un nuevo viaje, a Barcelona, del que dará buena cuenta en estas nuevas páginas de sus diarios. Lo raro es que escoja un solo libro para llevar encima… “¿Estaré curándome?”, se pregunta.

Por AVELINO FIERRO

“En el fondo esto de vivir un poco mejor no sirve relativamente para nada; ni siquiera podemos retener nuestra juventud”. Es una frase que está en las cartas de Van Gogh a su hermano Theo, y que acabo de leer en una de las enormes cartulinas que están desplegadas sobre la mesa. Estoy ordenando papeles viejos, haciendo un hueco en el tablero para poder escribir. Esos papeles amarillean con el tiempo; envejecen conmigo. Tienen más de veinte años y están repletos de frases copiadas de las Cartas, y de dibujos que yo hice sobre ellas.

Habíamos ido a veranear a la costa de Levante y había llevado ese libro –e imagino que otros varios–. Veo que en otra parte se habla del Mediterráneo, “tiene un color como las caballas de mar; es decir, cambiante; no se sabe nunca si es verde o violeta, ni se sabe nunca si es azul, porque al segundo siguiente, el reflejo cambiante ha tomado un tinte rosa o gris…”. Sobre ese texto hay un dibujo de una casa junto al mar.

Este abandono en la mesa de trabajo se debe a esas torpezas o manías de uno que se acrecientan con la edad. Hace unos días íbamos a salir de viaje y buscaba libros para llevar. Si alguien me hubiera visto por el ojo de la cerradura estoy seguro de que habría sentido un poco de lástima. Me paso un buen rato dando vueltas por la habitación, revolviendo entre los montones de libros recientes, en los estantes donde hay algo de orden, en los dobles fondos de las relecturas…, hasta que quedo aturdido sin conseguir nada y lo dejo para intentarlo otra vez. Si al menos aprovechase para quitar el polvo…

Esos papeles en los que en un tiempo dibujaba y anotaba frases en grandes letras –recuerdo aquella de Rimbaud sobre su llegada al calor de África– estaban sobre la mesa tras haberlos llevado a la imprenta para hacer algunas copias y entregarlas a mi amiga Cecilia, que quiere recorrer y fotografiar las tierras holandesas; me dice que empapelará la furgoneta por dentro y eso le servirá de inspiración. Y a su lado, los libros que deseché para el viaje: el último tomo de los diarios de Trapiello, la autobiografía de Chesterton, los estudios sobre el Renacimiento de W. Pater para releer el capítulo sobre Leonardo

Había más, más libros. Elegí esta vez uno solamente –¿estaré curándome?–, y creo que acerté: Cataluña 1937, de Orwell. Es una vieja edición argentina; en la solapa se dice que es la primera traducción de la obra al castellano.

Había empleado más tiempo en decidirme de lo que tarda el viaje en avión a Barcelona. Al llegar vemos la Rambla ochenta años después a como la describe en las primeras páginas, “la amplia arteria central de la ciudad constantemente transitada por una muchedumbre, los altoparlantes vociferaban canciones revolucionarias durante todo el día y hasta muy avanzada la noche”.

En la calle del Carme encontramos a nuestros amigos, Alicia y Menchero, que han bajado a pasear. Entramos en un bar elegantísimo en el que dan una fiesta. Cuando llevamos un buen rato, uno de los encargados, que ha observado que no vamos vestidos para la ocasión y que nuestras maletas, al lado de la puerta, molestan a los que van llegando, nos dice que aquello es una inauguración y nos pregunta que de parte de quién estamos allí. Habíamos tomado ya varias consumiciones de aquel cup exquisito y bastante cargado de alcohol. Tomé la palabra, hablé rápido y dije que hacía tiempo que aguardábamos expectantes el resultado de la rehabilitación y la recuperación de aquel espacio y del mobiliario noucentista; éramos arquitectos que habíamos viajado esa misma tarde desde lejos para ver el resultado. Se ofrece a entrar en detalles técnicos; se lo agradecemos, pero nuevos visitantes lo rodean, felicitan, saludan, abrazan, y le prometemos volver al día siguiente para la visita guiada.

“Qué suerte habéis tenido –nos dicen ya en la calle nuestros amigos–, está refrescando. Estos días de atrás ha hecho un calor insoportable”.

Calor húmedo y despedidas de soltero. Al parecer, un par de bares del barrio han empezado a acoger a las turbas y hay ruido hasta muy tarde. Es jueves, ya es de noche y vamos a cenar a un restaurante portugués, nuevo y a unos metros de nuestra calle. Un lugar amable, de cocina exquisita. Las copas las tomaremos luego en un local en el que somos los únicos heterosexuales junto a un bulldog francés que recorre el negocio. Demasiado ruido.

Llovió, al parecer, por la noche y hasta en un barrio cercano a la ciudad ha caído una gran tormenta de granizo. Se lo dice una señora en bata y zapatillas de paño al kiosquero. El local siguiente está ocupado por ropa y mobiliario vintage y lo atienden una mujer de pelo rojo, madura, que fuma canutos constantemente, y otro dependiente también venido a menos. Suelen estar sentados en la calle, hablando entre ellos sin parar. Hay un callejón lleno de grafitis y a continuación la tienda de discos que lleva la chica de pelo corto con un pequeño tatuaje en el brazo, y que siempre mira la pantalla del ordenador. Hay singles muy caros de música francesa. Pregunté por el precio de la banda sonora de “Le mépris”, con una foto perfecta de B.B.

Hay también negocios de indios, y el pasado año una de nuestras estancias coincidió con el día de su fiesta sij, el Vaisakhi. Un barrio en el centro de la ciudad en el que la vida transcurre –eso creo yo– en un microclima benigno… También hemos paseado largamente por otras calles persiguiendo esa sensación descrita por Gil de Biedma: “Barcelona es la luz submarina de los portales del Ensanche vistos al salir del colegio”. Aquí no se sienten las consignas absurdas de estos últimos tiempos.

En su obra, Orwell lamenta la lucha interpartidaria en periódicos, panfletos, carteles y libros. Los comunistas llegaron a decir que el P.O.U.M. –donde él militaba– era sólo una pandilla de fascistas disfrazados pagados por Franco y Hitler. Le resulta muy desagradable pensar en ello al ver a un muchacho español de quince años transportado en una camilla, con el rostro pálido asomando sobre las frazadas, y ver en él a un antifascista. “Los individuos que escribían panfletos contra nosotros y nos insultaban en los periódicos permanecían seguros en sus casas, en el peor de los casos, en las oficinas periodísticas de Valencia, a cientos de kilómetros de las balas y el barro”.

“En lo que se refiere al aspecto periodístico, esta guerra es un fraude como todas las guerras”. Todo ha seguido igual: en los libros de nuestros padres los comunistas eran tan evidentemente malévolos que aparecían dibujados con cuernos y rabo. ¿Cómo nos ven hoy los vecinos, cómo ven a este matrimonio mesetario que ha venido a pasar tres días a Barcelona y a ver a su hijo tocar con la orquesta del Liceo? Vuelvo a pensar en ello cuando paso por Casa Leopoldo, el restaurante que frecuentaba Vázquez Montalbán. Sabemos lo que pensaba el escritor de esa opción pueblerina de los políticos regionales. No puede uno más que entristecerse.

Hay que hacer la obligada visita a la librería Central en el Raval, a doscientos metros de casa. Y como en los últimos viajes no hemos estado en el Museo Picasso, allá nos vamos. Las otras opciones eran un MACBA deprimido, Björk, o Bowie –lejano– en Las Glorias.

Me cuesta pensar en Picasso, casi me duele. Tanto estuvo en mi vida adolescente que se hizo cicatriz para siempre. Sabía de memoria aquel librito de la editorial Labor, que compré en 1972. Y dibujé bodegones y manos y hasta un retrato suyo en un pequeño álbum de anillas que también por aquellas fechas se perdió. ¿Quedaría en el estudio de Johnny, en el de Marcos, en la buhardilla, sobre la mesa de un bar? Estaría bien que esta entrada del diario llevase como ilustración alguno de aquellos dibujos. Por favor, por favor, hados, amigos… Se gratificará.

Quería ver el mundo y los objetos a través de sus ojos. Trazar líneas como la que recorre la clavícula de su retrato con paleta, de 1906, o el sereno rostro de la modelo descansando en brazos del escultor, del grabado de 1933, con la ventana entreabierta que deja pasar la brisa de la tarde. Ahora estoy viendo como él los tejados de la ciudad. Un rato antes también hemos subido a ver las azoteas desde nuestra casa de la Riera Baixa. La inquilina inglesa estaba adormilada en la tumbona, tenía un desnudo blanquecino y perfecto para pintar. Estos tejados picassianos son azules y el trozo de cielo también lo es, al alba y al anochecer. Picasso ve aquí la parte alta de la ciudad; luego bajará a los cafés y los barrios y pintará prostitutas, y besos, y mujeres acurrucadas. Está empezando ya a sentir cuál será su destino. Y su pintura marchará ya para siempre de la mano de la vida, sin sosiego.

Volvemos a comer con Javi al restaurante portugués. Salgo de allí cantando algunas partes del Leporello y él muge dándome la réplica con las graves notas del contrabajo. Casualmente ha llegado a nuestra altura la directora de la reposición de esta ópera producida por el Covent Garden que nos había ido escuchando, y le dice en inglés a mi hijo que si Anatoli Siuko se indispusiera para la representación de esta tarde bien podría sustituirle quien cantaba en este momento a su lado.

La función resultó muy bien. Buenos cantantes, excelentes músicos, una escenografía con innovaciones tecnológicas razonables. Es inevitable que uno compare esta representación con sus escuchas en disco –sobre todo la dirigida por Carlo Maria Giulini en 1959 o la de Krips– y que algunos intérpretes de aquellas –Siepi, Ghiaurov, Della Casa, Taddei– le parezcan difícilmente superables. Pero esta música, que traduce como ninguna otra el hedonismo, un personaje que es para Kierkegaard el arquetipo del estadio estético, siempre merece volver a ella.

Hablamos a la salida con Javi, Joaquín y otros jóvenes músicos, unos satisfechos, otros contrariados por algunas inercias de otros músicos-funcionarios (también en el arte cabe el apoltronamiento), y no quisimos dedicarle más de un minuto a eso de la política cultural local. Se había levantado un aire muy agradable. Ya empezaban a ocupar la rambla chicas apretadas de ropa y los “pakis” ofrecían su cerveza helada a los paseantes. Nos habíamos enredado paseando por el teatro en el entreacto y no habíamos tomado nada, viendo cómo la burguesía local lucía modelos y enseñaba a sus vástagos. Teníamos hambre y era medianoche. La mejor opción estaba a unos metros, un local angosto y friki, en el que los tallarines y el arroz con pollo o verduras o tiras de bambú y muy diversas salsas componían un menú elegante.

Al día siguiente, en las horas de la mañana que nos quedaban en la ciudad antes de volver a casa, intentaríamos ver a Diego y Olalla y a J. C. Cataño. Y a la vuelta nos esperaba una semana de congresos de filosofía jurídica con amigos entrañables que bien podían estar en el reparto de Don Giovanni: La Salgado como Donna Elvira, Roger Campione como Don Juan, Chus como Massetto, Xacobe en el papel de Don Ottavio… y la aparición estelar de Luigi Ferrajoli –un pequeño homenaje, ya que no posee la tesitura vocal para ese papel– como el Commendatore.

En todo ello pensaba, calle arriba, con el viento en la cara, oliéndome la ropa a especias, mientras en el aire latían aún las palabras del criado y las notas de la orquesta acompañando sus enfados:

Notte e giorno faticar
per chi nulla sa gradir;
piova e vento soportar,
mangiar male e mal dormir!
Voglio far il gentiluomo…

 

  1. Me encanta como escribes. Me transportas a cada instante.

  2. José Luis Avello

    A veces, deseo volar tal y como tú nos lo trasmites. Deseo trasladar tus viajes al Google Earth, marcar de rojo tus itinerarios peatonales y de amarillo tus idas y venidas por tus lecturas. Para comparar los resultados. Aparto la idea; pues el devenir heracliteáneo me lo desaconseja, Me quedo con tus palabras que fosilizan la realidad y la convierten en un mundo permanente. Siempre serán leídas de la misma manera, siempre anidarán en nosotros las mismas formas. Imágenes fijas, como cualquier otro motivo pictórico, que pernoctarán hasta la llegada de un nuevo día o quizás hasta la desaparición del ocaso, de nuestro ocaso, o de esta cultura heredada que se debate entre agónicos estertores de incomprensión.

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