Querido diario (93)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor amanece un 15 de agosto algo aturdido. Recuerda que el día antes se había encaminado al paseo de La Condesa, donde se celebraba la fiesta del Watusi, para, un poco más tarde, pasar por el Móngogo, que estaba de aniversario. Luego buscaría en su biblioteca alivio para la resaca…

Por AVELINO FIERRO

Es cerca del mediodía de este quince de agosto y todavía sigo aturdido; todo está un poco difuminado, como los perfiles de las peñas desdibujados por esa calima, allá hacia el norte.

A media tarde de ayer la luz tenía un extraño matiz; un velo de calor y partículas de arena filtraban el denuedo solar y creaban un ambiente de quirófano clausurado. Un gran toldo naranja. O un incendio lejano. Cuando salimos en dirección al río, los vecinos sin pueblo que quedaban en la capital y no tenían refugio en la zona de los Argüellos o en las casas de adobe del Páramo, se movían amodorrados, y los hierbajos seguían colonizando alegremente los suelos del parque, abandonado después de que los políticos se hubieran hecho las fotos. Un viento arremolinado y cálido completaba esa escenografía de día bobo e insolidario.

Para que inclemencias así no te maltraten, ha ideado Yago las celebraciones del Día del Watusi, esa kermés cultural que, como el guateque del bar El Cuervo a finales de año, tiene cada vez más partidarios. Cuando llegamos, la ladera que va del paseo hasta la orilla del río estaba habitada por distintas maneras de la pereza, y los estorninos volvían a los castaños presintiendo que ese día apagarían más tarde la luz. Un conjunto musical de jovencitos enarbolaba sus sones mientras bebíamos cerveza, paseábamos y saludábamos a Gabri, Castán, Gelen, Libi, jóvenes madres y chicas alternativas. Alguien, pasado un buen rato, avisó del aniversario del Móngogo, en la otra parte de la ciudad. Y allá fuimos, para llegar en el momento en que Mike presentaba a Mark & The Spies. Durante hora y media estuvimos al lado de los altavoces, bailando sin aspavientos. Y aunque luego cambiamos de barrio y de bares –buscando la calma– y han pasado más de doce horas, sigo con ese zumbido de moscardón en el cerebro. No hay nada que no remedie una ducha y el paracetamol; quizá tendría que añadir que a ello ayuda este cuerpo de uno, bien moldeado, casi inmune a la resaca. Pero esta huella…

Por muy distintos motivos puede llegarse a estos estados que hacen que el aroma de los pecados perdure. Hay gulas distintas a la de la cerveza y el rocanrol. Contrito, penitente y reincidente traigo aquí, para explicarme, esta frase de Julio Camba, que leo en una antología que titula Mis mejores páginas, editado por Gredos en 1969, y que lleva en mi ejemplar un sello de la Biblioteca Municipal del Ateneo Salvador Utset, de Tarrasa: “Después de haberse tomado una docena de vasos de vino con una docena de cachelos y una docena de sardinas, puede uno tomarse una docena más, pero no cometer el error de tomar otra cosa: todo seguirá sabiendo a sardinas, durante la noche y el día siguiente”. Y unos párrafos más adelante, en un perfecto acto de remordimiento, llega a afirmar: “Las sardinas asadas saben muy bien, pero saben demasiado tiempo. Después de comerlas uno tiene la sensación de haberse envilecido para toda la vida”.

Al igual que Camba, Pla encumbra a la sardina por encima del resto de pescados. Lo tenía uno leído hace tiempo y recordado recientemente cuando busqué el texto “Sardinas a la brasa” en su libro Lo que hemos comido. “Bate a la lubina, excelente cuando es cortezosa, a la rascasa, al lenguado y creo que a veces bate incluso a la corvina, que es el mejor pescado de este mar”.

Ambos recomiendan no perder los estribos y no comerlas con frecuencia para no aborrecerlas por exceso de felicidad. Camba dice que hay que elegir bien la compañía, al ser lo que los franceses llaman un petit plat canaille: “Las personas que se hayan reunido alguna vez en el acto de comer sardinas, ya no podrán respetarse nunca mutuamente”.

Sucedió que con esas rememoraciones librescas acudía yo a primeros de mes a Palacio, emocionado, casi aturdido por el anuncio del menú: verduras a la plancha, sardinas a la brasa, queso azul a la sidra y vino clarete con un poco de aguja. Todo eso bajo el emparrado que da hacia una finca con árboles gruesos, un regato y tapias de adobe. Nubes sin destino y una brisa que movía apenas las emanaciones de la cocina de humo completaban sin mesura aquel deleite.

Ya sé que el mejor tiempo y lugar para esta comida hubiera sido en mayo y cerca del mar. Y a falta de verduras, bien podría completarse con alguna carne que no se enrisque luego en los adentros.

En uno de sus artículos gastronómicos, propone Cunqueiro a sus amigos el siguiente menú: sardinas asadas, pichones rellenos de mayonesa, y fresas heladas al cointreau. Y ello a la sombra de unos castaños, solemnes como canónigos del tiempo románico. Yo me sentiría bien a gusto en un convite así. Qué le vamos a hacer, uno prefiere estos escritores y esas recomendaciones. Hoy, si te descuidas, estás siguiendo en Twitter a un cantautor cualquiera que escribe poemas para Youtube y te quiere estabular en la veganidad o en el universo foodie.

En esa casa de Rosa e Ignacio, nos acomodamos Diego y Cristina, Miguel y Sali, Marta y Miguel, Emilio y Ana –creo que anduvo por allá Ignacio Jr., recién llegado de Roma–, Mar… Un encuentro que repetimos todos los veranos. Pasan las horas como animales indolentes, se curva el día. Sombras sesgas, viento leve, estrella clara. Licores en la madrugada, cantan los grillos, fronda que se esclarece como una seda frotada. Vibra sólo el pasado más amable, se diluye el barniz pegajoso de la soledad. Y la noche parece buscarnos un hueco acolchado en la órbita ineluctable de los planetas, en el carrusel sideral.

 

  1. ¡Ay las sardinas! tan ensalzadas y tan olvidadas. Pero siempre hay una ausencia imperdonable: las sardinas en lata, bien se encapsulen en versión 60 gr. escurridas o en 900 gr. anchoadas. Las hay de sabores varios, incluso de tamaños diversos, tan apretadas y juntitas… descabezadas para molestar menos. Tan humildes y proletarias, todas iguales sin distinción de clases sociales. ¡Cuánta hambruna quitaron en las trincheras! y, sin duda, volverán hacerlo a poco que se nos desmadren estos políticos gayumberos. Abrir una lata es una delicia, hay que hacerlo con respeto -yo fui agredido cobardemente por una de ellas, aún conservo la cicatriz y la huella de cuatro puntos- y después, ceremonialmente, se aspiran los aromas a guindilla, a aceite de oliva barato; se les debe acompañar con cualquier vino, no hace falta que sea de cosecheros virtuosos, quizá sea mejor alejarse de ellos, con un pitarra de Cáceres o un uno de Valdepeñas, de los de a granel.
    Es un plato de perdedores de guerras, de obreros antes de ducharse, de topos serranos y de labradores enjutos.

  2. Avelino Fierro

    José, creí ver ahora en el texto, al pasarlo rápido, la siguiente errata: “que hacen que el aroma de los pescados [ y no pecados] perduren..”. Bueno, de eso también se trata.
    Gracias por tus comentarios.

  3. Pingback: Retazos de un escritor

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