Fructidor 17

El escritor leonés Ignacio Fernández Herrero cambia de tono, recupera la lírica sentimental e inicia una nueva serie creativa para TAM TAM PRESS que no tiene nada que ver con la anterior (“POSCONTEMPORÁNEOS”). Se trata de un epistolario con el título general de “CARTAS A BIRKIN”. Cada mes, más o menos, iremos publicando una carta con el título de ese mes según el calendario de la revolución francesa. Todo muy francés.
El título de esta cuarta entrega, “Fructidor”
(en francés Fructidor) es el nombre del duodécimo y último mes del calendario republicano francés, el tercero de la estación veraniega, que dura desde el 18 ó 19 de agosto hasta el 21, 22 ó 23 de septiembre, según el año. Coincide aproximadamente con el paso aparente del Sol por la constelación zodiacal de Virgo.

Por IGNACIO FERNÁNDEZ HERRERO

Desde la esquina última del verano, señora, donde cuentan que el sol acaricia en su caída la constelación de Virgo, vuelvo a usted para constatar cómo crece nuestra colección de necrológicas. No es morbo sino coincidencia que los años convierten en abundancia a veces insoportable. No le hablaré mucho de Jeanne Moreau, ida en este estío, como no lo hice el mes pasado sobre Simone Veil. No son nuestras cartas un obituario, y si traigo a colación la referencia a la Moreau lo hago por pura devoción y porque también Santos la veneraba. Al menos en lo que hace a su papelito fugaz en Los 400 golpes o en el estelar de Jules et Jim. Para mí, lo confieso, también por su interpretación del personaje de Anne Desbarredes, la mujer borrosa de Moderato Cantábile, imaginado por Marguerite Duras y filmado después por Peter Brook.

Observe, pues, cómo se nos acumulan nombres que tarde o temprano son pérdidas. Durante una época de nuestra existencia, quiero pensar que sobre todo en la juventud o primera madurez, los vamos acopiando con mimo del mismo modo que obrábamos con las colecciones de cromos en la infancia. Luego, nunca se sabe cuándo, el catálogo empieza a menguar, al principio con parsimonia pero a partir de un determinado momento con excesivo vértigo. Y así la vida se convierte sin querer en un álbum de epitafios. Usted lo sabe bien en lo cercano si pensamos en Lucien o en Kate. Yo empecé a saberlo a partir del accidente mortal de Santos. Hasta ese día tanto él como yo nos creíamos infinitos.

En cierta ocasión, me refirió una discusión que había mantenido en el bar de Palomares con algunos parroquianos acerca del valor de los refranes. Ya sabe, esos dichos sentenciosos tan del gusto popular. Pues bien, él se había obcecado en que el refranero era una construcción reaccionaria y que había de ser combatida por la razón. “Odio que me recuerden que la salud es lo más importante o que no hay mal que cien años dure”, me contaba a propósito de aquello. No se lo discutí nunca porque ingenuamente también yo sabía que estaba en lo cierto. De hecho, no sé a usted, a mí aún me vive el mal de su pérdida a pesar de los años, que no son cien aunque alcanzan ya la categoría de eternidad.

El fallecimiento precipitado de Santos fue, sin embargo, la confirmación del tópico: “siempre se nos van los mejores”, se repetía en el atrio de la iglesia de su pueblo. En realidad, la mayor parte de cuantos estábamos allí no sabíamos qué otra cosa decir, posiblemente era aquél el primer funeral de uno de los nuestros y el infarto mental era de tal calibre que no cabía otra que recurrir a lo que habíamos escuchado y despreciado en ceremonias similares. O tal vez no. Tal vez fuera cierto que se iba el mejor. El mejor de los nuestros entonces, el de mayor genio al menos. Nuestro talento, que no discuto en muchas de las amistades allí congregadas, nunca hizo sombra a su clarividencia. Nuestro humor no llegaba a las botas de su ironía. Nuestro saber quedó fatalmente amputado.

Mas no era mi intención en un principio convertir nuestras cartas en un ir y venir de elegías, bien a pesar de que los tiempos nos abonen el terreno con estos sucesivos fundidos en negro y con otros horrores que no dejan nunca de golpearnos. A veces se me ocurre pensar si no desaparecerá también con nosotros ese género en la medida en que lo que se anuncia para los jóvenes millennials es la no muerte. En fin, Jane, vivir a caballo de dos siglos tiene estas consecuencias: uno no sabe bien si es pasado o si es futuro, si uno es lo que se hizo o si llegará a ser lo todavía por hacerse. De manera que procuraré ser más animoso con usted en próximos envíos, aunque tampoco se lo puedo garantizar del todo. La columna cristiana, de la que nunca lograremos desprendernos, nos llevaba a Santos y a mí, en aquellos años, a tener fe en la providencia. Así que proveeremos, madame, proveeremos.

Y mientras tanto, dejemos pasar septiembre, que es un mes que tiende a la melancolía.

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