“Partículas invisibles”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión la autora busca expresar un trastorno obsesivo compulsivo (TOC), “aunque el nombre de lo que le sucede al personaje es lo de menos, lo que importa es lo que le pasa y siente y su forma de enfrentarse a eso que le pasa y siente”. Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

PARTÍCULAS INVISIBLES

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Al oír el golpe seco en la puerta, Alicia, que ha estado mucho rato contenida escuchando como su madre se prepara frente al espejo y le recuerda todas las cosas que tiene que hacer, incluida la pastilla, se levanta del sofá y corre al baño. Abre la ventana de par en par para que se vaya el olor del perfume que tanto detesta y se lava con fruición el lado de la cara donde su madre la ha besado. Pero cierra enseguida no sea que la polución del exterior, esas partículas invisibles y nocivas que lo infestan todo, invadan también la estancia. Va a su habitación, deshace por completo la cama y la vuelve a hacer, estirando mucho las sábanas, hasta cerciorarse de que no queda una arruga. En la cocina friega los cacharros del desayuno. Los posos de café y migas de galleta que han quedado en el fondo de las tazas le producen un tremendo asco, por eso cuando acaba vuelve al baño y repite el ritual de lavado de manos. Se seca despacio, concienzudamente. Vuelve al salón, sentada en el sofá abre los apuntes de historia y cuando llega al apartado que explica los progresos tecnológicos a los que ha conducido la Revolución Industrial, nota un nudo opresivo en la garganta. Mentira, se dice, todos esos inventos de la máquina de vapor y el motor de combustión, son la causa de que el aire esté así de envenenado. Claro que eso no lo puede decir y mucho menos ponerlo en el examen. Cierra el cuaderno con rabia e intenta tranquilizarse respirando hondo como le han enseñado en la terapia de relajación. Decide cambiar de actividad, ir al súper, así se evadirá un rato, pero al ver una mancha de tomate, puaf, que asco, en un extremo de la lista de la compra, la rehace con su propia letra. Antes de salir saca la mascarilla que tiene escondida en el cajón de la ropa interior, y con ella puesta camina hacia el súper que hay dos manzanas más allá de su casa. De las estanterías coge el pan, los espaguetis, la leche, el nesquik, y con la compra bajo el brazo se dirige a la caja. Nota que la cajera la mira raro, como si estuviera enferma, pero no, los enfermos son ellos que no toman precauciones, si hasta puede ver los millones de partículas invisibles y nocivas flotando por todo el establecimiento. Paga con un billete, la dependienta le da el cambio en monedas y ella, en vez de cogerlas en la mano, le muestra el monedero para que las meta dentro. No obstante, nada más llegar a casa lo primero que hace es ir al baño, abrir el grifo de agua caliente, enjabonase. Se está así mucho rato, hasta que le asalta la idea de que debe parar, como le ha dicho el doctor, como le repite la plasta de su madre cada vez que permanece encerrada en el baño más de diez minutos. Cierra el grifo de golpe, se seca, come, es la hora de la pastilla también, pero coge ésta y la tira por el váter, luego tira de la cadena. No, por mucho que se empeñen su madre y el doctor no va a tomar una pastilla que además de estar contaminada como todo cuanto le rodea, no sirve para nada. Se echa siesta en el sofá, se despierta, ve en la tele una nueva serie de dibujos animados manga que la aburren soberanamente. Se dice que en vez de ver los dibujos debería estudiar un rato, por eso abre de nuevo los apuntes y está leyendo, ahora sí, en serio y concentradamente, los descubrimientos de los personajes importantes de la Revolución Industrial, Robert Owen y Malthus y James Watt, cuando suena el móvil. Es Carolina, y aunque no le apetece mucho charlar con Carolina, al final lo coge. Hablan del examen que ambas tendrán dentro de tres días, de una nueva tienda de cómic que acaba de inaugurar en el barrio de Malasaña, y luego Caroll le cuenta que anoche salió con un chico que la metió mano, el chico la gustaba y ella se dejó hacer, “me puse como una moto, nunca me había pasado así…, tanto, ¿sabes?, acabamos haciéndolo”, pero Alicia nota de nuevo el nudo opresivo, casi insoportable en la garganta, y como puede, pues nota que se ahoga y que le cuesta hablar, le dice que tiene que cortar, que su madre ha vuelto, que la llama luego. Con la respiración entrecortada va al baño, abre el grifo de agua caliente de la bañera, se quita apresuradamente la ropa, se mete dentro, restriega con el estropajo todo su cuerpo y lo hunde en su sexo en un intento desesperado de quitarse la suciedad que siente, ahora la vuelve a sentir, al evocar de nuevo el dedo de Jorge metido dentro de ella.

Sentada en la bañera, envuelta en una nube de vapor que lo nubla todo, la piel en carne viva, medio inconsciente y repitiendo “sucia sucia sucia, me siento sucia”, la encuentra su madre al volver del trabajo.

Llama a los servicios de emergencia:

“Vengan rápido, necesito ayuda, mi hija se ha vuelto a descamar, sí, es la segunda vez que ocurre”.

Más relatos de Sol Gómez Arteaga en TAM TAM PRESS:

Deja un comentario y fírmalo con tu nombre o no saldrá

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: