Querido diario (94)

© Ilustración: Avelino Fierro.

Le suele ocurrir al final de cada verano. El autor se sumerge en la lectura de algunas cartas de Rilke, dedica su tiempo libre a la lectura de libros franceses… y las lecturas se entremezclan con viejos recuerdos de París, tiempo atrás, cuando el autor apenas tenía 25 años…

Por AVELINO FIERRO

Ese violín y esa cadencia y ese piano que ahora oigo, marcando un tempo como de atardecer, me recuerdan a la banda sonora de Los modernos y a alguna de sus escenas. Pero es posible que no tenga nada que ver y sólo sea añoranza, o necesidad de volar al tiempo de la juventud y más allá. Miro por la ventana, veo la masa de nubes como enormes cetáceos moviéndose muy lentamente hacia el sur, con solo la parte alta de su crestería y sus aletas encarminadas por los últimos rayos de sol. Se ha levantado viento, el ailanto mueve sus hojas y se nota esa temperatura más baja en la forma de volar de los estorninos y palomas. Sí, algo hay en esta melodía –“A Six-Lane Highway”, de Copenhagen Dreams– de aquella versión casi susurrada, a lo Gainsbourg, del “Parlez moi d’amour”, en la película de Alan Rudolph. Y al igual que ahora oscurece y la luz se retira como empujada por el aire, en la película los títulos de crédito desaparecían surcando lentamente la pantalla.

Al menos, nadie podrá negar que esa interpretación de más de ocho minutos es perfecta para despedir a los artistas y amantes del film. No sé quién es el cantante ni el violinista; puede que el trompeta sea Mark Isham

Caerá también ahora la tarde en París y el viento arrastrará las primeras hojas, las primeras en morir por haber sentido demasiado, ensimismadas, las partículas de amour fou que nunca han dejado de flotar cerca de los quais.

Por allí pasea un 11 de octubre de 1907, viernes, Rilke, y contempla un alto álamo en abanico que juega con las hojas delante de un azul que no se posa en parte alguna.

Suele ocurrirme, al final del verano, que vengan a visitarme las palabras y los días franceses. Es como una necesidad de evadirme a otros lugares, a otro idioma, y a la tristesse. Y leo para ello esas cartas de Rilke dirigidas a Clara desde Rue Cassette, 29, París VI.

Y en estas fechas, también he dedicado tiempo a otras lecturas francesas. Una novelita de Modiano, que me ha defraudado: personajes principales inciertos y actores secundarios desdibujados; un flashback final traído por los pelos. Una especie de guión inacabado para una película caprichosa de la nouvelle vague.

Todo lo contrario sucedió con El tren, de Simenon. Los extraños vaivenes de la prosa de Modiano se convierten aquí en una historia más lineal, anodina y trágica a un tiempo –la de Marcel Féron huyendo del norte ante la ocupación alemana– que se mece con el traqueteo de esa máquina de vapor que acaba su viaje en la costa atlántica, en La Rochelle. También el personaje principal, como en El horizonte de Modiano, aparece convertido en narrador casi al final de la obra. En fin, recursos y manías innecesarios y con los que los autores parecen descargarse de responsabilidad colgándole el mochuelo a su protagonista. Quizá lo hacen siguiendo las recomendaciones de Nathalie Sarraute en su obra crítica La era del recelo, que también he leído en estos atardeceres gabachos: “La narración en primera persona satisface la legítima curiosidad del lector y contiene los escrúpulos no menos legítimos del autor. Además, tiene la ventaja de poseer el aspecto de una experiencia vivida, de algo auténtico, que despierta el respeto del lector y le apacigua”. Palabras, ya, de 1956.

A monsieur M. le daré otra oportunidad con Dora Bruder, que tengo en una edición de bolsillo de Gallimard, y que intentaré leer en francés.

Y acabé El peatón de París, de Léon-Paul Fargue, que decae bastante en sus últimas páginas, cuando el autor deja de pasear –“siempre en estado de ósmosis”– por la ciudad. De esa parte final sólo me sirve una frase, que es adecuada para marcar el inicio de la caminata de un flâneur cualquiera: “Le agrada penetrar en la ciudad a la hora en que el cielo se repliega en el horizonte como una inmensa polilla”.

Con El aldeano de París, de Aragon y un librito de Ch. Bobin sobre el alzheimer, acabarán estas jornadas. Al primero podríamos incluirlo en esa clasificación que hace Julien Gracq de escritores miopes para describir y présbitas, pero que no dejan constancia de una visión absolutamente normal. Enumera en 1924 los recovecos, negocios, cachivaches y personajes del pasaje de la Ópera, pero todo parece quedarse en ese inventariar. Ya terciado el libro, he visto un párrafo que me atrae (“Un tenue resplandor glauco, en cierto modo abisal, semejante al súbito claror que irradia una pierna descubierta al levantarse una falda”), con el que quiere dibujar la luz de aquellas galerías cubiertas que todavía eran habituales en la ciudad. En Bobin, en cambio, esos detalles aparecen con timidez, queriendo pasar desapercibidos, como una gota de lluvia brillando en las hojas carnosas del árbol. Pero lo inundan todo.

Las lecturas se entremezclan con los recuerdos de la ciudad. Cuelga de una de las estanterías de mi biblioteca una foto en blanco y negro en la que Menchero, Mar y yo, de espaldas, vamos paseando por el Père Lachaise. No sé quién hizo esa foto, quizá Pedro Alaíz, que apareció por la buhardilla sin avisar, como era normal en aquellos días. Todo era un poco de todos, reinaba más la fraternidad. Se nos ve caminando deprisa a última hora de la tarde, saliendo del cementerio, seguramente arreados por aquel gendarme con pinta de borrachín que tenía como misión recoger a diario a los groupies y colgados que acampaban en la tumba de Jim Morrison. Teníamos veinticinco años. Pasamos un tiempo en uno de aquellos cuartos altos destinados al servicio, con baño comunal al final del pasillo, y que habían comenzado a alquilar para mejorar sus pensiones los apergaminados propietarios de los pisos inferiores, jubilados de las guerras de Europa y Argelia y que paseaban sus mostachos y condecoraciones por el quartier XVI al lado de ancianas maquilladas con polvos de arroz.

Íbamos al Louvre y al viejo Jeux de Pomme; a media tarde acompañábamos a Menche, que ponía sus figuras de alambre a la venta en la calle. Bebíamos vino peleón en Chez Georges y nos colábamos en las estaciones de metro. Habían inaugurado no hacía mucho el Beaubourg y pasábamos tiempo en aquella plaza llena de músicos, mimos y saltimbanquis, como figurantes de una estampa picassiana del periodo rosa, como personajes fugaces y a quienes les retuerce una voluntad nunca satisfecha de los versos iniciales de la V Elegía de Duino que evoca a la troupe del père Rollin. Toda la ciudad era un regalo para los sentidos.

Sí, puede que ahora también allí esté atardeciendo, que alguna hoja ya muy débil se suicide arrojándose a las aguas del Sena, que comiencen a cerrar sus puestos los bouquinistas y un joven bardo recoja su guitarra y cuente las monedas. Que se mezclen las vidas y las juventudes consumidas y formen un humo claro que suba alto, rasgando el aire, como las almas.

  1. Áurea

    En Dora Bruder está todo Modriano.

  2. José Luis Avello Álvarez

    Para ser un escritor de “Diarios” hay que vivir de “Memorias”. Estas aparecen, solas, sin nadie llamarlas y a veces nos distraen, nos arrastran a aquellos tiempos enterrados por la vorágine de los acontecimientos. La labor del arqueólogo es desenterrar el pasado, eliminar los estratos superiores para alcanzar los más antiguos que se muestran comprimidos por el peso de los demás. Hay que ceñir los párpados para captar todos los matices allí encerrados. Necesitamos vernos por detrás, para perseguir nuestros propios pasos y esto se consigue reviviendo nuestras propias “memorias”. ¿…?

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