“La penúltima”

© Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión pone de relieve ese trazo en sombra que supone la adicción al alcohol. / Ilustrado con una fotografía de Óscar García Bárcena.

LA PENÚLTIMA

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

—“¿Por qué bebes?—, preguntó el Principito.
—Para olvidar—, respondió el bebedor.
—¿Para olvidar qué? (…)
—Para olvidar que tengo vergüenza (…)
—¿Vergüenza de qué? (…)
—¡Vergüenza de beber!”

Todas las noches acaba tomando la penúltima, para él siempre es la “penúltima”, en la barra del bar de Poli. Saca de la máquina el paquete de tabaco negro para el día siguiente y se encamina con paso precipitado y torpe y sinuoso hacia casa. Abre la puerta, se dirige a oscuras a la habitación y a oscuras palpa el lado de la cama libre mientras Amparo, apenas un rescoldo bajo las mantas, se revuelve levemente. No median palabra.

Pero desde que esta mañana discutió con el jefe del almacén por un pedido urgente que resultó que no había hecho y luego volvió a discutir, reconoce que por una tontería, con uno de los colegas del viejo barrio, está revuelto. Así que en vez de pedir una cerveza, pide un sol y sombra que bebe de un trago. Luego pide una segunda copa. En una mesa está la pareja joven que conoce de otras noches. De tanto coincidir ya se saludan y hasta alguna vez han iniciado una conversación sin trascendencia. Le caen bien pues como él van a su bola. Hoy la chica menuda parece muy enfadada, gesticula, mueve los brazos y al hacerlo la serpiente tatuada en ellos parece cobrar vida. Esta escena que le tiene hipnotizado se prolonga unos minutos más hasta que al final el chico se acaba marchando. La muchacha apoya la cabeza sobre la mesa de mármol y sus brazos quietos, como aletargados, le sirven de almohada. Se acerca, le pregunta si le pasa algo. Ella asiente. “Por un gilipollas”, “No te preocupes, el mundo está lleno de ellos y hasta peores”. La chica al oírlo suelta una carcajada mostrando sus dientes blancos, menudos. Es bella y muy joven, su aspecto animal le gusta. “Tómate algo, te invito”. Como el bar está a punto de cerrar, el camarero les sirve dos gins tonics en vasos de plástico que toman en un banco. La chica se sienta en el respaldo, enciende un porro y mientras le da largas caladas le cuenta que hace dos años llegó a la ciudad para ser bailarina de primera línea, pero no es nada fácil. Al decirlo, mueve los pies pequeños y ligeros como una expresión de sí misma. Le dice que conoció a Rafa hace ocho meses en el ensayo de un musical que al final no llegó a estrenarse, y que desde entonces no ha tenido más oportunidades. Añade que está harta de la inmadurez y falta de iniciativa del chico. “Lo que yo necesito es alguien que me entienda, ¿comprendes?”.

La muchacha se ha ido resbalando desde el respaldo hasta el asiento para colocarse a su lado. Está tan cerca que puede notar su respiración. Él le busca la boca al tiempo que con la mano bajo la camiseta recorre su espalda, ella se estremece, gime, pero súbitamente, como si despertara de un sueño profundo, se levanta y echa a andar. “Espera, dónde vas”. Ella sigue andando sin prestarle atención y cuando consigue darle alcance le dice que no entiende qué le pasa, que solo busca ayudarla, entenderla, que es muy joven y que tiene un gran porvenir por delante. Al oír esto la chica se gira, le grita: “Qué sabrás tú de eso, borracho de mierda”. El hombre se queda muy quieto en medio de la acera, los brazos estirados a lo largo del cuerpo, como si le pesaran una barbaridad mientras ve cómo cruza la calle y se pierde en la oscuridad de la noche.

Repentinamente desganado, no tiene ganas de volver a casa y bajo el tejadillo de una iglesia espera a que amanezca. Dasaliñado, sin cambiar de ropa, sin asear y con un fuerte dolor de cabeza coge el autobús que le lleva al almacén, pero incapaz de desempeñar la tarea, pide permiso para irse antes de la hora. Su jefe se lo da, pero le recrimina que así no puede seguir, que está destruyendo su vida. El autobús le devuelve al inicio de la parada. Está tan cansado que nada más sentarse en un banco se queda dormido. Cuando despierta, a pesar del cálido sol de mediados de noviembre dándole de lleno en el rostro, siente frío. Al ver cinco llamadas perdidas de Amparo piensa en el momento en que comenzó todo. Fue hace quince años, cuando los hijos se hicieron mayores y se independizaron. Entonces cogió la costumbre, tras dejar el trabajo, de ir al viejo barrio a tomar unas cervezas con antiguos amigos de infancia. Al principio volvía pronto a casa, pero con el tiempo esas cervezas llevaron a otras y el regreso a casa se fue postergando hasta bien entrada la noche.

Con Amparo apenas habla pues apenas coinciden y cuando lo hace es para echarle en cara la vida que lleva e insistirle en que se ponga en tratamiento. Alguna vez le ha amenazado con dejarle. Pero él sabe que no es capaz. Que no lo hará.

Aunque también sabe que así no hay futuro y que debería afrontar su problema y dejar de beber. Entra en la boca de metro con intención de explicarle a su mujer lo que le ha pasado, también de pedirle ayuda, pero al llegar al cruce de líneas en el que debe de decidir si va a casa o se acerca como todas las tardes al viejo barrio, siente el regusto de la cerveza en el paladar, un regusto que además de ser como un canto de sirenas le aplaca la angustia, le hace olvidarse por unas horas de sí mismo, de su malograda vida.

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