“5.231”

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. A pocos días del sorteo de la lotería navideña, la autora aborda otro tipo de loterías que algunas veces también le “tocan” a quien más lo necesita. / Ilustrado con una fotografía de  ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

5.231

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Cuando oyes cantar en la sala de al lado a los niños del colegio de San Ildefonso el 34.956 veinte mil euros, por un momento, Juana, te quedas extasiada, absorta tal vez en el recuerdo fugaz de otros niños y otras navidades, pero al instante lo olvidas para repetir como en una letanía que no eres pobre hasta que no llegas a viejo. Yo te digo que no, que no es verdad, al menos no en tu caso, mientras te muestro la carta que acaba de llegar con la mejor de las noticias.

También tienes el 73.889 cincuenta mil euros que con voz angelical canta ahora un chaval menudo, aunque en tu monedero no tengas ni para una bolsa de pipas y en la cartilla un saldo deudor de menos cinco euros pues tu hijo, autorizado en la cuenta, te dejó sin blanca. ¿Mi Juan? Preguntas abriendo los ojos como platos y en la boca suspendida la duda. Sí, tú Juan, pero no te desesperes ni pases mal rato, ya que a partir de ahora el dinero no lo vas a necesitar.

Tampoco importa que no tengas casa donde ir después de que la tuya se quemara por dejar encendido el infiernillo al lado de un paño de cocina, ni se cae el mundo porque tengas que pasar unos días más encerrada entre todos estos locos que, pese a su mala fama, son sin duda la mejor de las compañías… Mira sino quién te canta estos días a golpe de palmas el “A Belén pastores”, quien te regala la postal-mandala con forma de abeto y tu nombre dentro, quien te señala la calle desde la ventana enrejada cuando te angustias y no sabes dónde estás y crees que estas muy lejos, -¿lejos de dónde, Juana, lejos tal vez de ti misma?-… Además en Nochevieja se servirá en planta una cena especial que en casa ni lo sueñes ibas a encontrar, habida cuenta de que has olvidado hasta los ingredientes de las gachas de pan, tan sencillas.

2.816 sesenta mil euros cantan ahora los niños del colegio de San Ildefonso, y te echas a reír cuando te digo que tienes todas las papeletas, ¿Yooooo?, preguntas poniendo el énfasis en la o y en la boca suspendido el asombro. “Sí, Juana, tú”. “Pero si nunca juego”. “Este año sí”. “Ahhhh”, dices, y bajando la voz, casi en un susurro, añades: “Es que sabes, hija, a veces se me va la perinola, ya no valgo la tripa un cigarro”. Me quedo cuajada ante tu instante de lucidez pero enseguida reacciono, reímos: “No te preocupes, Juana, nos pasa a todos”, a sabiendas de que miento y de que el test del doctor Durán dio un deterioro cognitivo grave. Estaba presente en la entrevista cuando te preguntó: “A ver, Juana, di casa, perro, coche”, y tú “Casa perro coche, qué cosas me dice doctor”. “Ahora cuenta del revés empezando por cien” y tú “Pues cien, noventa y nueve, noventa y ocho”, “Ahora los nombres del principio”, y tú cara de sorpresa mayúscula, “¿los nombres del principio, qué nombres del principio?”.

En cambio, el pasado remoto permanece preservado, eso también lo pone el informe, como si lo hubieras guardado todos estos años en una cajita de tesoros. Por eso me cuentas una y otra vez, cambiando el orden cronológico de los acontecimientos a los que yo trato de encontrar un orden lógico, que heredaste el oficio de tu madre que cosía para fuera llevando allá donde iba una máquina de coser portátil y que a tu padre, Juanillo Picardías, le fusilaron en las tapias del cementerio de Úbeda a los dos meses de empezada la guerra por derrochar alegría y por saber leer. “Ya ve usté, señorita”, añades bajito, modo confidencia, la boca hecha un piñón, “qué daño puede hacer tocar la guitarra y leer Mundo Obrero, que así se llamaba el periódico que se estilaba entonces…”.

Un círculo cerrado como un búnker es tu cabeza, una cabeza que no permite, tal vez a posta, ser consciente de lo sola que estás, que te previene de la cruda realidad, del desamparo. Y no es cosa mala ésta, no creas, para lo que hay que recordar a veces.

Pero hoy, Juana, alégrate, como se alegran ahora los chicos de la sala de al lado que al oír el 5.231 cuatrocientos mil euros, contagiados de la algarabía de la tele, dan saltos de alegría, si parece que el premio grande les hubiera tocado a ellos… pues por fin, después de meses encerrada en esta planta de psiquiatría —ya sé que no era el sitio, pero a ver dónde ibas a ir y tampoco has estado tan mal, ¿a qué no?—, te han concedido la residencia que llevábamos esperando, y dentro de dos semanas, el ocho de enero, lo pone la carta, ingresas en la residencia “El Retiro”. Yo ésa la visité una vez y te aseguro que está bien, con jardín alrededor y salas de terapias y enfermeras amables.

Y baila como si fueras joven, grita como si estuvieras sola en el mundo, da saltos de alegría como si fueras millonaria, pues hoy el gordo de la lotería, el número de la suerte, te ha tocado a ti.

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