Homenaje a Julio Michel (3) / El gran secreto

Homenaje a Julio Michel (3)

El gran secreto

Tanto amaba el director de Titirimundi a las marionetas que todas las noches antes de dejar el teatrillo las besaba en la cabezota, dice el autor del artículo. No cabe dudarlo conociendo a Julio Michel. Estaba tan identificado con sus muñecos que hasta era uno de ellos, descubre Antonio Madrigal por boca de un gato amigo. Más allá no se puede llegar.

Por ANTONIO MADRIGAL

Un buen día apareció en mi vida el titiritero Julio Michel. ¿De dónde venía aquel personaje? Apareció de sopetón, sin más, pero yo noté que la vieja ciudad de Segovia le necesitaba como agua de mayo, como la manguera necesita al bombero.

Por eso él apareció en la vieja ciudad. Estas cosas no suelen tener explicación, suceden y ya está. Luego vienen los historiadores y los sociólogos y nos explican las causas y las concausas de todo ello, pero el hecho cierto es que si a Julio Michel le hubiera salido una novia en Burgos o en Santander, igual se hubiera ido a una de esas dos ciudades y ahora el famoso Festival del Tititimundi no estaría radicado en Segovia, lo que son las cosas…

O quizá, sí, pero inventado por otras personas y ya no sería lo mismo, ni muchísimo menos, vamos. Porque una cosa es cierta: Julio y Titirimundi fueron inseparables y ahora que ya no está aquí Julio, sin embargo, seguimos teniendo ese congreso alegre de los muñecos de todo el mundo, cosa suya, irrepetible e intransferible.

Dios padre creó el mundo en 6 días y al séptimo descansó y Michel tardó un poco más, pero también lo hizo a su imagen y semejanza. Yo no sabía quién era aquel personaje de los tirantes de colorines y mis amigos tampoco lo sabían. Al principio le llamábamos Julio Libélula porque llevaba a cuestas un leve teatrillo de curritos y cristobitas que se llamaba así, Libélula, Gran Compañía Libélula. Las libélulas, con ese aire de helicóptero libador de charca son muy evocadoras en el mundo de las ficciones infantiles.

Julio Michel era un titiritero de los pies a la cabeza. Se llevaba muy bien con todo el elenco de sus muñecos y eso que los curritos suelen ser revoltosos e incordiones y hay muchos celos artísticos entre ellos.

Julio tenía una buena palabra para cada uno de sus actores de percalina. Por las noches los colgaba boca abajo en el parapeto de madera que se formaba detrás del telón de boca del teatrillo y estampaba un beso en la cabezota a cada uno de ellos con mucho amor.

Mejor dicho, a la bella prima-donna de la compañía le daba más de un beso, lo cual traía por la calle de la amargura al irritado actor Don Cristóbal, que llevaba muy mal todo aquello. En las noches de verano, con un fondo de luna llena, afirmaban algunos que vieron a Julio y a la atractiva muñeca rodar por las laderas del montículo llamado en Segovia La Piedad, fundidos en pasión y en desbocado sexo…

¿Quién afirmaba todo esto?… A mí me lo contó un viejo gato, de esos que se pasan las noches veraniegas subidos a las tejas para intentar ligar a las ebúrneas gatas de salen a lo mismo. Los gatos son muy voyeurs, y suelen ser testigos de ardientes lances, de esos que hacen salir cuernos en las horadadas frentes confiadas.

Y precisamente ese era el gran secreto del director de la compañía de muñecos “Libélulas”: ¡Julio era también un muñeco!…

Ahora se puede contar, una vez desaparecido este personaje que a todos nos ha dejado.

¿Cómo llegó a ser un muñeco, jefe de una compañía de muñecos?… ¿Cómo un títere movía a los demás títeres e imitaba sus voces arreando de vez en cuando cachiporrazos a diestro y siniestro?… ¿Cómo es posible que el titiritero Julio negociara jugosos contratos para su compañía y para sus camaradas del Titirimundi con las Autonomías, con los ediles y concejales de los ayuntamientos, metiéndose a todos en el bolsillo con su labia, facundia y simpatía…?

Y sobre todo, ¿cómo sus compañeros de armas, los demás perroflautas (este es un término despectivo acuñado por la derechona, que el mundo de la marioneta ostenta con orgullo como seña de identidad), repito, cómo es posible que la tropa trashumante del perroflautismo bohemio, no se hubiera dado cuenta de todo esto…?

Hay dos respuestas: Michel fue un genio del disimulo y el transformismo, o entre sus colegas había muchos muñecos escondidos dirigiendo el cotarro teatral. Yo, como vengo del humor gráfico y la historieta, me siento muy hermanado con estos adorables perroflautistas y por eso y gracias a mi amigo el viejo gato (que ya murió) estuve siempre al tanto de todo, y como me lo contaron se lo cuento a ustedes.

¡Gloria al gran Julio Michel!

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*Antonio Madrigal es autor de numerosos carteles del Festival Titirimundi.

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