Procrastina, que algo queda

Ilustración de Javier Zabala.

Por LUIS GRAU LOBO

Es un verbo feo, lo sé; pero, como muchas cosas feas, resulta muy práctico, en este caso para denominar con exactitud algo que hacemos a menudo. O más bien, algo que no hacemos. Demorar el emprendimiento de trabajos importantes ocupándonos antes de otros triviales para evitar la mala conciencia de la inactividad debería convertirse en deporte, al menos preolímpico. Aunque el diccionario académico despache su significado con un par de pseudo-sinónimos (diferir, aplazar) el buen procrastinador sabe que hay mucho más detrás. No es el “vuelva usted mañana” de Larra, sino el “para mañana” en versión 2.0. No se trata tan solo de posponer la realización de tareas inevitables o decisivas, sustituyéndolas por otras menos comprometidas y más livianas; sino que también consiste en encontrar y cultivar en ello un placer perverso y adictivo que diluya responsabilidades y aquiete remordimientos.

La imagen del ciudadano atareado abunda en este comportamiento: quizás no finiquitemos gran cosa, pero estamos ocupados siempre. Se nos va el vino en catas, tan ricamente. Liadillos con lo anecdótico dejamos para otro rato (un rato mejor, un rato que nunca llega), lo básico. Desde el principio de los tiempos sabemos fehacientemente qué cuestiones son necesarias y cuáles contingentes, que diría la filosofía “amanecista” (que no es poca), pero nos interesan principalmente estas últimas, más asequibles, más de andar por casa. Así en la tierra como en el cielo.

La realidad acaba imponiéndose, por supuesto, pero cada uno hace el papel del Houdini que está a su alcance. En Cataluña, hubo unas elecciones procrastinadoras de libro: nadie trató de los problemas de los ciudadanos porque por medio hay un asunto, a todas luces menor, del que ocuparse imperiosamente. Así con todo. Dicen los científicos y expertos, con Hawking al frente, que el plantea está a punto de irse al cuerno: si no nos mata con presteza la pareja de baile Trump/Kim lo hará lentamente el cambio climático, la sed, la polución o cualquier fenómeno atmosférico desbocado por nosotros. Mientras tanto, contemplamos las puestas de sol con melancolía dominguera.

Le sucedió al hombre de Neandertal, que vio llegar al Cromañón como quien ve llover más allá del umbral de la cueva y cuando se quiso dar cuenta le habían pintado el techo entero de colores. Penélope tejía y destejía en su telar mientras sus pretendientes acaban con la despensa. En Roma –Cavafis lo apuntó– los bárbaros no acababan de llegar para solucionarlo todo porque ya estaban dentro y no habían solucionado nada, ni intenciones tenían. Y a mí me pasa otro tanto: había pensado hablar aquí de un asunto interesantísimo y, mira por dónde, ya no me queda espacio para hacerlo. Ni año me queda para tanto como pretendía. Comenzaré el próximo con propósito de enmienda. Propósito, digo, entiéndase bien. En 2018 disfruten de las omisiones, ese manjar procrastinador.

(Publicado en La Nueva Crónica de León el 31 de diciembre de 2017,
en una serie llamada “Las razones del polizón”; la ilustración es el Bartleby de Javier Zabala)

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