Homenaje a Julio Michel (5) / El último Quetzal

Ilustración de Azahara Domínguez.

Homenaje a Julio Michel (5)

El último Quetzal

Pocas personas de la Ruta Quetzal entrañaban un papel tan fundamental como Julio Michel con permiso de su promotor, Miguel de la Quadra-Salcedo. Su espontaneidad al acercarse a los niños de cualquier pueblo de América, la pasión que ponía con sus marionetas y su dulzaina, la manera de entusiasmar con su grupo musical Libélula y su energía para despertar a los ruteros le hacen acreedor de ser pieza esencial de esa aventura sin fronteras. Lo cuenta Carlos Pécker, quien vivió codo a codo con él esta fiesta educativa y cultural.

Por CARLOS PÉCKER

Conocí a Julio Michel y a Miguel de la Quadra-Salcedo en “Aventura 92”, que a partir de 1993 se llamó “Ruta Quetzal”, y jamás lo olvidaré porque cambió nuestras vidas de una manera enriquecedora y sublime. En 1990 empecé a vivir aquellas increíbles aventuras y, aunque Julio fue un año antes con Juan Antonio Sanz e iniciaron la colaboración con Miguel con sus títeres “Libélula”, no fue hasta 3 años más tarde cuando les observé y varió mi perspectiva de la captación de imágenes y secuencias que fusionasen la Ruta con los habitantes de los innumerables lugares que íbamos descubriendo.

Me comentaba Miguel que la Ruta era algo único, pero que necesitaba conectar más con la gente de los pueblos, con los indígenas, con los jóvenes de Latinoamérica y no sabía cómo hacerlo. Fue cuando nos reunimos con Julio Michel y descubrí una persona hipersensible, muy concienciada en ayudar a los demás, con un alma sumamente creativa y una manera de deslumbrar a los niños como si fuese El flautista de Hamelín, pero con su dulzaina oscura y brillante que sacaba en cualquier momento.

Cada vez que llegábamos a un pueblo, por pequeño que fuese, Julio empezaba a hablar con los niños y a hacerles trucos de magia para luego descubrirles el mundo de los títeres y las marionetas. “Libélula” conseguía, en tan solo unos minutos, ese hermanamiento que quería Miguel, esa confianza, ese “estar a gusto”.

Julio rompía las fronteras del corazón de todos los habitantes de América, desde las tribus emberá o wounaan de la selva del Darién, hasta los que vivían en ciudades o pueblos como Cuzco (Perú), San Cristóbal de las Casas (México) o la isla de Robinson Crusoe (Chile). Cuando actuaban, los críos se acercaban a los ruteros y les daban la mano mientras reían entusiasmados viendo las mini obras de “Cristobita”. Era maravilloso.

Con el tiempo viajaron a la Ruta, además de Juan Antonio, el brillante e inseparable amigo Tonet Lucio, Cuco Pérez con su magistral acordeón que adornaba cada atardecer, Salvador Lucio con su lengua de trovador siempre húmeda para recitar poemas, David Faraco con su alegría desbordante, y Pablo Zamarrón, el mejor dulzainero del mundo, para regalarles tanto a los lugareños como a los ruteros los gigantes y cabezudos, que al principio daban pavor a los niños pero luego disfrutaban perseguidos por esos coloridos cabezones, o cuando recorrían las calles de barro con sus Panama Jack tocando las mejores canciones de su amplio y pegadizo repertorio.

Antonio Lucio, Tonet, y Julio Michel en el Reventón. Foto: Archivo Titirimundi.

Julio era tan genial que hasta compuso con Tonet y los “Libélula” el himno de la “Ruta Quetzal” y el famoso “Alimaña”, que hacían saltar por los aires cualquier momento de angustia o cansancio. Solo los titiriteros podían conseguir hermanar todas las razas latinas y alegrar las jóvenes mentes de los expedicionarios, en un maridaje excepcional entre títeres, magia, cabezudos, dulzainas y poemas al viento.

Pero hubo un año que Julio se convirtió en mi hermano. Fue cuando se enamoró de Paloma. Cada caminata inacabable por aquellas selvas húmedas o por los desiertos extremos, venía a contarme su amor y su deseo. Nuestros corazones estaban en manos de dos ruteras, Paloma Toro y Rocío Gayarre, y a partir de entonces fuimos uña y carne, o mejor dicho mirada y sonrisa, que es como recuerdo la complicidad con este genio de la vida.

Él, ayudado por Juan Antonio, Tonet, Salva, Cuco, Zamarrón y David, renovaron la Ruta para siempre. En septiembre me decían Jesús Garrido y Dolores Vázquez, encargados de hacer la encuesta final de los expedicionarios, que cada año los personajes más valorados, además de Miguel de la Quadra, eran los titiriteros, los “Titis” como les llamábamos cariñosamente, junto a Jesús Luna, el incansable jefe de Monitores, y el astrofísico Javier Armentia, que además participaba feliz con su tambor como un integrante más de los “Libélula”.

Inolvidable fue convivir con Julio, captar con la cámara cómo encandilaba a los niños, su pasión por descubrir mentes y mundos distintos, su energía cada vez que nos levantábamos al alba para despertar a nuestros ruteros, su amor por la vida y por aquella rutera que le entusiasmaba y que al final conquistó. Gracias Paloma por dejarme escribir estas humildes palabras y a Julio, tu compañero, tu amante, tu marido, tu amigo, que cambió nuestras vidas para la eternidad.

Julio Michel y Miguel de la Quadra-Salcedo. Foto: Archivo Titirimundi.

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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