Mon amour

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. En esta ocasión, la autora aborda el desconcierto o el desánimo de una mujer (la protagonista de este relato) tras un episodio de desamor y abandono… / Ilustrado con una fotografía de  ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

Mon amour

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

Se mira en el espejo de la entrada y se ciñe a la cintura el lazo del abrigo color camel, se esparce el carmín rojo con los labios. No se disgusta y eso ya es mucho. Lleva toda la semana pensando en ir a Aranjuez y ayer por la noche por fin decidió a llamar a Marco. Aranjuez le gusta, tiene algo de irreal y como de suspendido en el tiempo. Además, hace lo menos seis años que no va. Atribuye el deseo de visitar la pequeña ciudad a que el tiempo ha mejorado, también a que poco a poco los días crecen y la luz con ellos. Suena el timbre, baja las escaleras con premura. Entra en el taxi que le espera con el motor puesto.

—Buenos días.

—Buenos días, señora.

La mujer se sienta en la parte de atrás, se coloca el cinturón de seguridad. El coche circula por la calle de Alcalá y en la salida de Ventas coge la M-30. Hay bastante afluencia de vehículos a esa hora.

—¿Qué tal, cómo va todo?

Sus miradas se juntan en el espejo retrovisor. Tras un silencio, la mujer dice:

—Ahí vamos, aceptando lo raro que fue todo… Raro empezó, así que raro tenía que acabar. Es la vida, supongo.

En parte porque el sol le ciega cuando alcanzan la carretera Andalucía ya mucho más despejada de coches, pero en parte también porque quiere evitar la mirada del joven taxista, saca sus gafas oscuras con montura de carey y se las pone.

Sí, fue la vida la que les hizo coincidir aquella mañana de febrero en la pescadería del mercado de Torrijos. La vida la que hizo que a ella se le olvidarán los salmonetes recién comprados y él corriera tras ella y se los entregara, y en esa entrega sus yemas se juntarán un momento. Y también la vida, qué si no, la que hizo que una semana más tarde volvieran a coincidir en la cola de la exposición de Hopper, ese pintor de soledades que al final vieron juntos y paradójicamente les unió durante tres años en una relación que ambos calificaron de intensa, única, fundida en lo intelectual y, aunque ninguno de los dos eran jóvenes, también en lo sexual –en lo sexual ella nunca había sentido así, él decía que tampoco– hasta que un día, sin mediar palabra, él se fue. Cuando eso ocurrió cayó en el desánimo: no salía, no se aseaba, se pasaba los días tumbada en el sofá, no tenía apetito ni interés por nada. Su familia le aconsejó que se pusiera en manos de un profesional y hasta le sugirieron un terapeuta prestigioso al que empezó a acudir sin que notara ninguna mejoría, más bien al contrario, cada se encontraba peor. Un día que volvía de una de esas visitas al psiquiatra decidió acabar con todo aquello. Le pidió al taxista que parara cerca del viaducto y como una sonámbula se dirigió al puente. Estaba a punto de tirarse cuando sintió que una mano le sujetaba con fuerza por detrás.

El joven taxista que la acababa de dejar y ahora le devolvía a la vida la miraba sobrecogido, perplejo, temblando. A ella entonces le entraron ganas de llorar. Luego le contó como hacía tiempo que no contaba a nadie.

—No sé, yo no entiendo mucho de la vida, pero pienso que no somos demasiado importantes y que solo por eso merecemos vivir por nosotros mismos, sin pretensiones.

La conversación en un tirante del puente con el joven, más que toda la terapia de meses, fue lo que le ayudó a salir del abismo.

Desde entonces, en vez de ir al psiquiatra, llama a Marco y se dan un paseo en taxi por los alrededores de Madrid. Han ido a montones de sitios. El paseo es un acuerdo tácito para hablar y desahogarse, pero a veces, como hoy, no sale nada, o casi nada. Cuando eso ocurre ninguno de los dos fuerza el diálogo.

Como un anticipo de la ciudad que se avista a los lejos, la vegetación reverbera a ambos lados de la carretera.

La mujer se quita las gafas.

—¿Conoces la canción dedicada a Aranjuez? —sin esperar contestación recita—:

Mi amor,
Sobre el agua de las fuentes
Mi amor,
Que mueve el viento
Mi amor
Cae la tarde, mientras se ven
Pétalos de rosa flotar…

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