“A Fermín López Costero”

Fermín López Costero y, en la pantalla, Antonio Pereira. Fotografía: Manuel Cuenya.

Este texto del escritor y poeta José García Alonso (Pombriego, León, 1962) quiere ser “un pequeño homenaje al escritor y amigo Fermín López Costero, que falleció en Ponferrada el jueves pasado, 15 de febrero de 2018, a una edad en la que debería seguir entre nosotros, 55 años. Y un homenaje a sus cuentos, en los que muchos de sus personajes navegaban con naturalidad, y cargados de ironía, a uno y otro lado de la vida y de la muerte. Fermín fue autor de varios libros de relatos cortos –La soledad del farero y Teatro de sombras son dos buenos ejemplos de su manejo de este género–, varios de poesía y muchos artículos y ensayos divulgativos de la cultura y el patrimonio del Bierzo. Además fue buen amigo y buena persona”.

A Fermín López Costero

Por JOSÉ GARCÍA ALONSO

Para Isabel

Entre poemas, “Cuando me preguntan, digo que somos ángeles vagabundos” [1], hemos enterrado a Fermín. El cielo no sabía muy bien qué hacer. Se abrían claros y, a la vez, había nubes grises que prometían agua y otras blancas que parecían querer componer la primera tarde primaveral del año. Como en sus cuentos, el cielo y la tarde han jugado con nosotros, nos han confundido hasta no saber si era invierno o acaso primavera, o acaso una tarde de otoño que ha perseguido con su tristeza a nuestro amigo hasta aquí. Quizá Fermín, que sabía de La fatalidad [2], esperó paciente hasta encontrar en esa tarde de límites difusos la metáfora que le permitiese mostrarnos, una vez más, lo borrosas e imprecisas que son las fronteras que separan la vida de la muerte.

Volví a casa tras su entierro y, al entrar, acudí a su Teatro de sombras [3]. Lo abrí al azar y me topé con “La tristeza de las acacias”, un pequeño relato de niños difuntos que observan la vida mientras juegan en el patio del colegio. Después apareció “Venganza”, la historia de un fantasma que se desquita del orden que otros pusieron en su existencia anterior cambiando los objetos de su casa de sitio, para perplejidad de lo vivos. Y seguí leyendo hasta que me vi obligado a cerrar el libro, cercado, como estaba, por una tristeza creciente. Los personajes inquietantes de esos cuentos, envueltos en el embozo de alivio con el que la ironía inteligente y fina de Fermín los abrazaba, se convirtieron esa tarde en los protagonistas desazonados de un diario que parecía haber sido escrito con antelación, en fechas que no correspondían, en un tiempo trastocado, injusto. Personajes que antes me provocaban una inocente turbación, personajes que antes había leído –y sonreído, y hasta reído a veces–, eran, a esa hora, los protagonistas desolados de mi tarde. Todo eso pensaba cuando, en la soledad de la casa, alguien, desde el televisor apagado, dijo con voz socarrona: “Pero hombre, no te pongas así, si solo es literatura, y en la literatura, ya se sabe, se es y no se es al mismo tiempo, hoy me ves ahí y quizá mañana no, pero no es para ponerse así, hombre”.

Recordé entonces una cita de James Rhodes, que aparece en el último y recomendable libro de Yolanda Izard, Zambullidas [4], que dice “Todos somos seres atormentados. No conozco a nadie que no lo sea”. “Lo ves –volvió entonces a decir la voz, que se adornaba de un suave carraspeo que me resultaba conocido–, en el fondo nadie sabe distinguir con plena certeza lo que es real de lo que es imaginario. En ese Teatro de sombras navega tu tarde ahora”.

Yo, entre impresionado y temeroso, miré a mi alrededor. No había nadie en la casa. Recorrí estancia por estancia. Las ventanas estaban cerradas, la voz no podía venir de la calle. Los portátiles, plegados como libros metálicos, descansaban desenchufados sobre la mesa del estudio, el mando del televisor hacía días que no aparecía y en la pantalla negra de la tele ni siquiera la luz roja de espera estaba encendida. Azarado, volví a sentarme. Y volvió la voz, ahora para contarme “Una historia de amor”: “La vi desde el coche patrulla, nada más comenzar a dar vueltas…” Cuando terminó, sonreí, ¡quién no lo haría ante semejante historia! Hubo después un silencio, pocos minutos, ocupado por recuerdos, y cuando, espantados los recelos iniciales, me decidí a pedirle a la voz de la televisión apagada que me contara ese en el que…, antes de que yo dijera nada la voz me reconvino: “Pero, hombre, ¿no te parece que merezco unos días de descanso?, anda, ya volveremos a hablar, que por estas cosas de la vida se han quedado muchas historias en el tintero”.

Ponferrada, 18 de febrero de 2018

NOTAS:

[1] LÓPEZ COSTERO, Fermín, “Respuesta”, Memorial de las piedras, Ayuntamiento de Talavera de la Reina, Toledo, 2009.
[2] LÓPEZ COSTERO, Fermín, La fatalidad, Editorial Nazarí, Granada, 2014.
[3]LÓPEZ COSTERO, Fermín, Teatro de sombras, Editorial Nazarí, Granada, 2016.
[4] IZARD, Yolanda, Zambullidas, Ediciones Espuela de Plata, Sevilla, 2017.

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