Conferencia de María Ángeles Pérez López para celebrar el Día Mundial de la Poesía en León

Este lunes 19 de marzo, a las 20 horas, con motivo de la celebración del Día Mundial de la Poesía (21 de marzo), la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de León organiza una ponencia en torno a la poesía, su lenguaje y las fronteras que ocupa y derrumba. Para ello contará con la poeta y profesora de la Universidad de Salamanca María Ángeles Pérez López, que ha titulado su conferencia “En la intemperie del lenguaje”. El acto tendrá lugar en el Palacio del Conde Luna, y el poeta Rafael Saravia actuará como presentador.

María Ángeles Pérez López (Valladolid, España, 1967) es poeta y profesora titular de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Salamanca, donde trabaja sobre poesía contemporánea en español. Ha publicado seis libros de poemas y ha obtenido varios premios. Antologías de su obra han sido publicadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey y Bogotá. Recientemente han aparecido sus antologías bilingües Algebra dei giorni (Álgebra de los días) –en Italia– y Jardin[e]s excedidos –en Portugal–.

Realizó su tesis doctoral sobre “Los signos infinitos. Un estudio de la obra narrativa de Vicente Huidobro”, por la que obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado de laUniversidad de Salamanca. Ha prologado la poesía de Nicanor Parra (Páginas en blanco), Juan Gelman (Oficio ardiente) y Ernesto Cardenal (Hidrógeno enamorado) con motivo del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. Ha formado parte de diversos jurados literarios, entre ellos el Premio Miguel de Cervantes en su edición de 2007. Desde julio de 2016 es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y desde diciembre de 2016 es miembro de la Academia de Juglares de Fontiveros (Ávila).

La profesora y poeta María Ángeles Pérez López. Fotografía: Luis F. Lorenzo Rubio.

Así respondía María Ángeles Pérez López, recientemente, a las preguntas del profesor de la Universidad de Salamanca Pedro Serra sobre:

  • ¿La poesía es una forma de resistencia?
  • ¿Siempre, por definición?
  • ¿O apenas en determinados contextos —sociales, políticos, culturales?
  • ¿Cómo puede resistir la poesía y a qué?

“Para responder en términos concluyentes a la pregunta, si eso me fuera posible, diría que sí, que la poesía es una forma de resistencia, porque cuando busco verbos que definan lo poético, resistir aparece como el único lugar en el que puedo quedarme. Es, también, el lugar al que llegan algunos de los poetas y críticos a los que más admiro. Recientemente le preguntaban a Juan Carlos Mestre si con todas las noticias económicas que nos invaden y atenazan, había lugar para la poesía, y su respuesta era tan concluyente como quiero serlo yo: “Si hay lugar para la resistencia entonces existe un lugar para la poesía. La poesía es un acto de legítima defensa contra la soberbia obstinación del poder para mentir. […] La poesía recuerda qué ha de significar en épocas de penuria la palabra justicia, la palabra piedad, la palabra misericordia. Testigo incómodo, voz sin boca de la dignidad humana”.

Antes, había afirmado René Char: “Parece que la poesía, por los caminos que ella ha seguido, por las pruebas que ha resistido para merecer su nombre de poesía, constituye la posta que permite al ser exhausto y desmoralizado volver a encontrar fuerzas nuevas y razones frescas para perseguir la presa o la sombra una vez más”.

Y Deleuze, en una conferencia que tituló “Qu’est-ce que l’acte de création?”, proponía justamente que la creación artística (en todas sus formas) radicaba en su resistencia. Con sus propias palabras: “los libros de filosofía y las obras de arte tienen en común la resistencia, la resistencia a la muerte, a la servidumbre, a lo intolerable, a la vergüenza, al presente”.

Muchos más nombres ampararían esta visión desamparada: Eduardo Milán, Claudio Rodríguez (“estamos en derrota, nunca en doma”), Antonio Machado (o Juan de Mairena, para quien de nada sirve “la libre emisión de un pensamiento esclavo”), Blanca Varela, Wisława Szymborska (“Nada en las paredes/ y solo la humedad que va cayendo./ Aquí hace frío y está oscuro.// Pero un frío y una oscuridad/ de fuego apagado./ Nada, pero después del bisonte/ pintado con ocre.// Nada, pero una nada pendiente/ después de una larga resistencia/ de cabeza agachada./ Así pues, una Nada Bella./ Merecedora de letras mayúsculas./ Una herejía ante la vulgar nada,/ no convertida y orgullosa de la diferencia.// Nada, pero después de nosotros/ que estuvimos aquí,/ y nos comimos nuestros corazones/ y nos bebimos nuestra sangre”). Quien persigue presa o sombra en el corazón mismo de un lenguaje inasible y refractario, poesía que evita repetir los lenguajes devaluados (del poder, del discurso, de la propia poesía). Que se resiste a sí misma, desde luego, y se resiste al poeta, al mismo tiempo que resiste cualquier intento de mediación o depauperación pues aloja el disenso y la individualidad, evita la visión gregaria y uniforme de gran parte de los lenguajes que nos rodean (y a la vez conforman), se escabulle y no se deja someter a los principios de deshumanización, legalidad, legitimidad o publicidad que intentan constreñir la experiencia de lo humano en términos de lógica postindustrial.

Resistiéndose a ser una mercancía cultural específica cuyo valor es simbólico y funciona también como valor de cambio, la poesía, consciente de sus límites y sus fronteras, genera fricciones en el mismo sistema poético que la alberga, encarna la turbulenta imposibilidad de decir lo idéntico en términos idénticos y tiende a expulsar tanto lo banal como lo instrumental, trazando un arco amplísimo en el que entran lo sublime, lo irónico o lo absurdo, lo alto y lo bajo, lo lírico y lo antilírico, lo repulsivo y lo bello, moneda y cisne, Eros y Tánatos, lo queer y la primera pared de la primera cueva –aquella en la que escribe Szymborska–, y desde luego, el cuestionamiento mismo de la lógica binaria en la que se enredó esta respuesta, pero que es un arco que se tensa y da siempre en el blanco; que alcanza el vuelo del pájaro en tanto vuelo, en tanto trayectoria despojada de su propio deseo de la forma. Y también forma.

Incluso aunque no resista siempre, sino solo en ciertos contextos (ciertos autores, ciertos textos, ciertos fragmentos del lenguaje que quedan como astillas horadando la tradición misma del lenguaje y su astilla), y en realidad responda a nuestra propia necesidad (vuelta deseo) de situar lo poético en el territorio de lo refractario, seguiría diciendo –en voz baja, claro, pero continuaría–, que frente a la deshumanización en todos sus rostros, la poesía nombra aquello que se resiste a las convenciones, a lo aceptado sin cuestionamiento, a lo inhumano, al olvido y a la muerte. Y que cuando de veras merece la pena, se resiste a sí misma. Como se me resiste a mí para traerla hasta este lugar.”

Acerca de Eloísa Otero

Periodista y escritora leonesa.

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