Querido diario (104)

© Ilustración: Avelino Fierro.

El autor habla de “música clásica” en esta nueva entrada de su diario. O de “música”, a secas. Relata su deleite al asistir a un concierto del organista Giampaolo di Rosa en la catedral de León, cita al compositor minimalista La Monte Young y, ya al final, recuerda aquello que decía Nietzsche: “En relación a la música toda comunicación mediante palabras es de una clase desvergonzada…”

Por AVELINO FIERRO

“Estoy en lo alto del Guadarrama; no he ido por la autopista, aunque hay nieve; vengo de hacer una prueba y vuelvo a Linares; ah, dile a papá que ha muerto Jóhann Jóhannsson”. Mi hijo Javier sabe que tengo varios discos del compositor islandés y que suelo escuchar esa música cuando escribo, algo tan de tarde en tarde…

Desde hace más de un año tenía apartado un ejemplar de la revista Scherzo para leer una entrevista que le hacían en ese número. Preferiría no haberlo hecho, porque se me ha vuelto inoportuno el personaje; y los obituarios deben quedar para la indiferencia o la reverencia, no para el desdoro. “Hablar de música clásica es una impostura” o “el futuro será ecléctico: la gente joven está mucho más abierta a todo tipo de sonoridades y no acepta lo que tradicionalmente se conoce como ‘música clásica’” son dos afirmaciones suyas cuando el entrevistador le pregunta por el futuro de la estética neominimalista o de la “Ola nórdica”. Algo parecido ha declarado Wim Mertens a mediados de este febrero de 2018, de gira por Alcalá y el corredor mediterráneo: “La música clásica es autoritaria”. Dice también sentirse orgulloso de que los “remixes” de dos de sus canciones se convirtieran en himnos de la Ruta del Bakalao.

No pasa nada porque los menos bienhadados quieran huir de complejidades técnicas, y –bienintencionados ellos– quieran llegar a todos los escasos de oído y simples de corazón. Ni tampoco si La Monte Young, que nace en 1935 en una diminuta comunidad lechera de Idaho y pasa su niñez escuchando la música secreta del paisaje al aire libre (dice Alex Ross), bajo el influjo de la mescalina titule sus obras Composition 1960#15: Esta pieza consiste en pequeños remolinos en medio del océano, o Piano Piece for David Tudor #3: La mayoría eran saltamontes demasiado viejos. Yo también, afectado de alguna manera que no viene a cuento, he escuchado varias veces Rothko Chapel, de Feldman, esperando que pase algo.

Javi, ¿cómo estás? Estoy escribiendo sobre Jóhann Jóhannsson. La verdad es que no lo estoy dejando demasiado bien retratado; si me sale largo, igual escribo sobre los minimalistas y sus ruidos de repetición. Por cierto, ¿sabes que Scherzo ha cumplido treinta y tres años, la edad de Cristo? ¡Llevo comprándola desde que nació Nuestro Señor! Oye, te dejo, que vamos a la catedral al concierto de órgano”.

Fuimos bien abrigados; Carlos y Carmen llevaban una pequeña manta con la que se cubrían cual indios de la reserva del Condado de Pawnee. Si hubieran empezado a musitar sonidos –que se entremezclarían con el vaho en el aire gélido– pateando levemente para que los pies entrasen en calor, habrían conformado sin duda una obra similar a las de Robert Ashley. Los oyentes habríamos colaborado repitiendo motivos sonoros con procesos algorítmicos de fondo. Ritmos estáticos.

El programa era variado, yo creo que bien elegido; un respiro tras la integral de Messiaen del pasado año. Bach, Scarlatti, César Franck, Guilmant, Alain y dos improvisaciones, con las que Giampaolo di Rosa, el organista residente, deleita. Puse la bufanda sobre el asiento y un periódico bajo los pies, aislándome de los objetos fríos. Una luz lateral entraba por la abertura del coro y llegaba hasta la sillería de nogal negro, alcanzaba unas rejas y se diluía en una de las capillas de la parte sur.

Más o menos, hacia la mitad de “Pièce heroique”, de Franck, los claroscuros grisáceos de la piedra fueron tomando otra tonalidad, y un tono vibrante de melaza se aposentó en la sillería; cobres y dorados cintilaban en los tubos del órgano; empezaban a oscilar los azules de las vidrieras más altas; y en un La sostenido las estrellas ansiosas penetraban por la techumbre del templo destrozando la sombra.

Young siempre dijo que la influencia de ciertas frecuencias musicales podría llevar a la alteración de la conciencia. Yo estaba empezando a ver chiribitas, destellos quizá –pensaba– de algún retazo de eternidad propiciado por aquella música divina, sumido en un estado hipnótico. Duró unos instantes, hasta que bajé los ojos, que llevaban un buen rato mirando hacia el techo, compuse el cuello y la sangre afluyó a la cabeza de nuevo. Falta de riego.

Pero también hubo algo que no sabría definir, una especie de éxtasis; no sé narrarlo. “En relación a la música –decía Nietzsche– toda comunicación mediante palabras es de una clase desvergonzada: la palabra diluye y embrutece; la palabra despersonaliza: la palabra hace común lo no común”. Sí, las Sirenas me habían tenido amarrado al banco, turbado y casi desprovisto de razón, avecindado en la Creación, sin Logos.

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