Diario adolescente (Ella se venga por el dolor)

Fotografía: Óscar García Bárcena.

Un nuevo relato de Sol Gomez Arteaga, escritora nacida en Valderas (León) y afincada en Madrid, dentro de su sección “Trazos de sombra”, sobre el sufrimiento relacionado con los misterios y desórdenes de la mente. Este texto, en concreto, habla del solipsismo, (del misterio) del dolor cuando éste funciona como vehículo para calmar la ansiedad y la rabia dentro de una situación familiar compleja… / Ilustrado con una fotografía de ÓSCAR GARCÍA BÁRCENA.

DIARIO ADOLESCENTE
Ella se venga por el dolor

Por SOL GÓMEZ ARTEAGA

22 de enero de 2018

A veces pienso que los demás no existen, que son producto de mi mente, que existen porque yo existo, y existo porque puedo sentir dolor.

Cuando me lastimo no es la visión de la sangre discurriendo por mi mejilla ni las gotas que caen en el suelo lo que me da conciencia de realidad, sino el ardor del pico acerado del cristal entrando en mi piel. En cambio, soy incapaz de sentir dolor ajeno, nadie puede sentir por otro, quien diga lo contario es un hipócrita. Aunque en ocasiones, cuando paso la mano por el lomo de Dulce y los pelos se le erizan, se le arquea la columna, se le tensa el rabo, participo por unos momentos de su estado electrizante.

4.30 de la madrugada y no he oído llegar a ese cerdo, la escandalera que prepara con las llaves todos los días, ciego a alcohol. ¡Qué le den! Voy a dormir un rato, que mañana a primera hora tengo filosofía y para una asignatura que me gusta.

23 de enero de 2018

¡Qué asco la pota en la bañera! Sus asquerosas bilis amarillentas en el puto medio y la mezcla de olor a descompuesto y a alcohol me han jodido la ducha. Podía haber echado serrín de la gata, pero me niego a malgastar mi serrín con sus babas. El ácido va a comer el color de la baldosa, aunque si piensa que voy a recoger sus inmundicias como hacía mi madre, lo tiene claro. Bastante trabajó mamá para él, la muda siempre limpia, las camisas y los pantalones con su raya bien planchada, sus comiditas, no cualquier cosa, no, al señor le gustaba la ternera de primera y la sopa de marisco bien calentita y con muchos bichos que luego se morían de risa encima de la mesa porque llegaba haciendo eses por el pasillo y había que tumbarle en la cama, quitarle los zapatos, tener bien visible el orinal por si vomitaba, mientras soltaba sus discursos trabados de borracho. Eso todo lo hacía mamá, sin quejarse ni una sola vez. Cuando murió los médicos dijeron que fue un derrame cerebral, pero yo creo que su cabeza estalló de tanto callar y aguantar.

¡Dios, cómo le odio! Ahora se pasará durmiendo la mona todo el día, si por lo menos no hiciera ruido, no soporto sus ronquidos, aún encerrada en mi habitación y con los cascos puestos me taladran los oídos ¿O será obsesión mía? Tengo casi todo lo que necesito en mi cuarto para evitar cruzármelo y me da igual que la casa se caiga y le pille dentro, si eso ocurriera mi querida Dulce y yo ya nos ocuparíamos de ponernos a salvo. Lástima que mi habitación no tenga baño, sino la independencia sería total.

24 de enero de 2018

Colocón del diez se ha cogido el muy cabrón, desde ayer lleva roncando. Lo peor es que sigo sin poder ducharme, porque lo que está claro es que no pienso limpiar su pota ya reseca. Así que me he lavado por partes, me he puesto desodorante con olor a vainilla, mi camiseta de Audrey, y aquí me hallo, querido diario, dibujando florecitas en tus hojas mientras espero a entrar en clase… ¿Alguna objeción? Ah, bueno, menos mal, ja ja ja… Pensé. 

25 de enero de 2018

Vengo del insti, ha sido abrir la puerta y darme de bruces con él. No he podido evitar fijarme en las venillas rojas de las aletas de su nariz, en su cara abotargada, en su cuerpo tan consumido, mientras el olor a alcohol y a podredumbre me iba impregnando. Me ha dicho no sé qué del frigo vacío, de comida podrida, de ir a comprar juntos, pero no le he escuchado porque me niego a escuchar cualquier cosa que salga de sus labios. Le he gritado que me deje en paz, que no me dirija la palabra, que yo no soy como mamá, a la que tenía como una esclava. Que por supuesto no voy a comprar nada con él, ni voy a hacer nada con él, y que de la misma forma que yo no piso su territorio quiero que respete el mío. Le he dicho que se olvide de que soy su hija, que me voy a quitar su apellido y que me largaré de casa en cuanto encuentre un trabajo que me permita pagar una habitación y seguir estudiando. He salido dando un portazo y ahora estoy estada en un banco, intentando superar la crisis de ansiedad, o yo qué sé, que me ha dado, como me enseñaron los del servicio de emergencias el día que murió mamá. Meto la boca dentro de la bolsa del bocadillo, soplo fuerte hasta que se hincha como un globo, suelto y vuelvo a empezar, así una y otra vez y otra hasta que noto alivio.

26 de enero, 8 de la mañana

No he querido ir a casa por no topármelo y me he puesto a deambular sin rumbo. Ya de noche subía por la antigua estación de Méndez Álvaro cuando un coche patrulla ha parado a mi lado. Uno de los polis me ha preguntado con insistencia dónde iba, me ha pedido que le mostrará el DNI. Cuando se lo he enseñado y ha visto que era mayor de edad se ha relajado, pero ha mirado a su compañero y me ha indicado que me subiera al coche. “¿Adónde me llevan?” “A casa”. Como les he dicho que casa no tenía me han traído a la sede del Samur Social. Luego se han largado. Dos gilipollas.

Y aquí estoy, sentada en una butaca, tapada con una manta, rodeada de indigentes, un espectáculo bastante dantesco. Un educador se ha acercado y le he dicho que tenía sueño. Ha respetado el descanso, menos mal, y tras darme un vaso de leche bien caliente con galletas me ha dicho que hablaríamos más tarde. Al despertar he pensado con alarma en mi gata, en mis clases y para que me dejaran marchar he confesado que me había peleado con mi padre. Me han dado una dirección de los Servicios Sociales y me han insistido que vaya, que ellos me pueden ayudar, sí, sí, he asegurado, pero irá quien yo diga, aceitadores del sistema todos.

25 enero de 2018, mediodía

Dios, no sé cómo voy a superar esto, mi pobre gata bajo la mesa de comedor, un despojo sin vida.

Sin pensar en la repugnancia que me da entrar en su cuarto abrí la puerta y me abalancé sobre él, tendido sobre la cama. “¿Qué le has hecho a Dulce?”.

Me debió ver muy alterada porque me miró aterrado: “Hija, fue sin querer”. No sé de donde saqué fuerzas, pero como si una corriente de alta tensión me atravesara entera le agarré del cuello: “NO me llames hija”. Sus ojos me miraban, su cara se iba poniendo más y más roja, y no se resistía. Qué asco. Si al menos me hubiera mirado con desafío, con odio. Si hubiera intentado defenderse no sé lo que hubiera pasado, pero parecía un muñeco desinflado en mis manos. Entonces le solté. Él tosió, seguía tosiendo cuando fui a mi cuarto y agarré el cristal y empecé a lacerarme los brazos que sangraban, y las piernas, no me hubiera importando morir, él salió al portal pidiendo auxilio y me trajeron aquí.

Sí, en el dolor encuentro alivio, es verdad, y escribir también me calma, así que si quiere lea, aquí está todo, pero ahora déjeme en paz.

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