Querido diario (107)

“Van metiendo ruido los recuerdos, como esas latas vacías que amarran a los coches de los novios, y a los que el viento no barre, haciendo daño…”, apunta el autor en esta nueva entrada, abriendo el álbum de fotografías de su infancia.

Por AVELINO FIERRO

Imágenes rotas, sensación de tardes interminables del verano, rosario de certezas, mundos pequeños inabarcables, nostalgia quizá. Así, porque he estado marchando sobre los diminutos jardines del pasado, me sucede de unos días acá. Al encargo de escribir de forma breve para un libro colectivo sobre el lugar donde uno nació, se han venido a sumar, por mor de algunos encuentros, otros de aquellos días de cabellos blancos ya.

Ayer estuve viendo un partido de fútbol con varios amigos de la infancia. Hace unos días los saludé al pasar por ese bar. Yo venía de un barucho de las afueras, en uno de esos paseos tontos, solitarios y nocturnos en busca de no sé sabe qué, si la calma o el pequeño barullo o el destello de la vida, que se encuentran en los lugares menos concurridos de los extrarradios. Ahí se perciben mejor los corazones latiendo, la luz desvencijada de las canchas deportivas, las lenguas de Babel y el frío que corre entre las estancias sin tabicar en esas construcciones abandonadas y sin vientre de la crisis.

Allí estaban Miguel y Joaquín, que salen retratados conmigo en esa foto que tengo a los nueve años, en blanco y negro, en la clase de doña Donata. El aula era una habitación grande de una casa particular, al final de una avenida; al lado de las vías del tren y de los prados y del campo de fútbol que casi siempre estaba muy embarrado. Ahí estoy en esa foto, enmarcado –fantasía y cortesía de “Laboratorios fotográficos Minerva”– en una pantalla de televisión. Los pupitres parecen muy modestos, tablones montados sobre unos soportes. Sólo yo, que estoy sentado solo, miro a la cámara. Los demás –seguro que siguiendo instrucciones del fotógrafo– en un segundo plano hacen que leen y escriben con mucha aplicación. A mi izquierda, justo detrás de mí, asoma una estufa de carbón. Tengo los ojos almendrados y la boca bonita y una mirada triste. No sé qué estación del año era y si el ángel que me cuida estaba en aquel momento pendiente, o distraído, o sentado y haciendo jeroglíficos en la arena con una vara de avellano.

Hablé con ellos de esa fotografía y he quedado en escanearla y enviársela. También lo haré con otras de un par de años después, ya en el colegio. Algunos se reúnen –me dice Joaquín– desde hace tiempo todos los años en época de Navidades. Me enseña fotos en su móvil; reconozco a varios. La mayoría me parecen muy mayores y desmejorados. Nunca he asistido a esas reuniones del colegio o de la carrera o de las oposiciones. No es por nada, no es que les tenga manía, es que puede que justo en ese instante me haya despistado y esté leyendo en casa un libro de poemas, o en un paseo nocturno oyendo todas esas notas y murmullos que hacen las hojas cuando el viento se golpea contra los árboles.

En la foto sólo se distingue a los tres niños de la primera fila que están detrás de mí. Y hoy, a primera hora, he visto al tercero. Puede que siga viviendo por el barrio, un poco más arriba, hacia la zona de la iglesia de ladrillo rojo. Pero hacía mucho que no coincidíamos. Estaba acompañando a su padre a las puertas de la sucursal de un banco. Allí estaba yo, también muy temprano, porque a las nueve tenía que acompañar a mi madre a una consulta médica. Lo saludé y di un pequeño paseo alrededor de la manzana, porque faltaban unos minutos para que abrieran al público. Vi el muro de los cuarteles militares, la esquina en la que estaba el cine y el lugar de aquella otra escuela a la que yo fui únicamente unos meses, puede que antes de esa época de la foto. Recuerdo que en aquellas aulas hacía frío y que en el recreo nos daban un botellín de leche, también helada.

De un solar cerrado con tapial sale un joven con un caldero que ha ido a dar de comer a un perro y a otros animales. Al lado todavía está la tapicería de Toño. Ya estoy girando hacia la avenida después de entretenerme unos instantes en las filigranas que en la pared dejan los grumos y pegotes de los carteles arrancados.

El padre de Mata trabajaba en la carbonería del barrio. Tenía siempre puesto un mono azul, y negro por la suciedad. Sus pupilas –el único punto de luz en aquel orbe tenebroso– brillaban en la oscuridad del local. Ya no sabe firmar cuando el empleado se lo pide y queda poco de aquel hombre al que yo recuerdo fuerte y resuelto.

También suceden encuentros en el ambulatorio momentos después: Joaquín el relojero, su mujer y una vecina –todos vivían en mi antiguo barrio, avenida arriba, más hacia el norte–. Un joven o no tanto –ropa deportiva y una gorrilla–, maltratado por la vida, que me saluda y al que no puedo recordar. Y una mujer joven que sube a ese segundo piso en el que están las consultas acompañando a un ciego nervioso que habla y habla y golpea suelo y paredes con su bastón a pesar de su lazarillo. Es guapa, así como de una belleza griega a lo Irene Papas. No recuerdo su nombre. Charlamos y me dice que su hija –estaría con ella por mi oficina– está mejor… Yo asiento y no puedo decirle que no sé muy bien de qué me habla. Leo mientras espero con mi madre un librito de aforismos. Lo he llevado para meter dentro el volante médico y otros papeles. No amo los haikus ni los aforismos. “La vida es cuanto se perdió”.

Luego ha sido un día de mucho jaleo en la oficina; tenemos citada a mucha gente que viene a declarar. Vuelvo a ver a uno de los gitanos que el otro día lanzaron piedras contra la pareja y el coche de la Guardia Civil. Lleva moño y tatuajes en el cuello. Le digo que le queda nada y menos para cumplir los dieciocho y que entonces se dará cuenta de lo que vale un peine. Viene la adolescente que lo reconoce todo y no para de llorar y que siente mucho haber grabado en vídeo mientras su amiga le daba una paliza a la que ahora anda con su ex novio. Y la testigo que habla con tanto desparpajo que creo que dice la verdad. Hay más, mucho más, más vidas abruptas y nítidas que pasan después desteñidas y diluidas a nuestros papeles.

Siento un poco de andancio. Voy a Pilates y salgo algo recompuesto, aunque después de la siesta no me encuentro demasiado bien. Pero hace un día de los que apetecen, con luces inciertas y nubes y sol y viento. Salgo a comprar el libro que tenemos que regalar el domingo a M., aunque ella parece cumplir todos los días del año. Encuentro a Manilla, que dice que en un rato leerá un puñado de poemas nuevos en un bar. No puedo dejar de ir. Aunque sienta un poco de frío en las entrañas cada vez que voy sorbiendo el aire de la tarde. Porque los hombres no lloran sólo puedo sentirme triste cuando lee los versos a su madre muerta. Y sonrío cuando le oigo recitar uno inédito sobre mis amigas rusas. Ha hecho comentarios sobre el origen de alguno de ellos o ha dado explicaciones técnicas. Y ha leído bien, mejor que nunca, con una voz cargada de ecos.

Voy luego a otros bares con Luis, “el chovo”, y una amiga. Cada vez estoy más sin fuerza; puede que tenga algo de fiebre. Cuando vuelvo a casa, al barrio, arrastro momentos y rostros de estos días. Van metiendo ruido los recuerdos, como esas latas vacías que amarran a los coches de los novios, y a los que el viento no barre, haciendo daño. La vida llena cada vez más de costurones, melancolías, desvalimientos, oscuridades que hoy me zarandean como las olas. ¡Nubes y brisas de la noche, llevadme con vosotras, no me dejéis con mi pasado a solas!

  1. Que buenos recuerdos me trae esta entrada. Gracias, un saludo

  2. tino r.

    Hace algún tiempo, bastante, me hablaron de cierto poeta, local de su localidad, mundial para el resto, que en determinados momentos de su quehacer, tal era la intensidad con que su ser parabólico recibía y procesaba las realidades que después excretaba en más o menos bellas abstracciones que, por un tiempo, su cuerpo mortal se convertía en un atlas de sangrantes e incómodos estigmas.
    No sé si me lo contaron para santificar al poeta o para poner en zapatillas a tantos santos de las alturas como han sido.
    Mientras tanto, su cuerpo inmortal, ni se inmutaba. Su localidad, dormía.
    Ave, cuídate.

  3. María G.C.Sánchez

    He leído el nuevo diario antes de empezar la tarea, muy temprano. Sencillamente brillante, me llegan colores de otros tiempos, melancolía y nostalgia de la niñez, de amigos olvidados, de la vida en blanco y negro, libre y sin adornos…..Seguramente hoy tendré una jornada muy, muy diferente. Un abrazo.

  4. Reyes González Zapico

    Muy entrañable el diario , certero describiendo esos días en que te pueden los recuerdos. Retrato de una epoca
    y un barrio demasiado castigado. Un diario que te llega al alma,y que retrata muy bien el desánimo.

  5. José Luna Borge

    Si, como alguien dijo, la patria del hombre es la infancia, traerla a cuento nunca es un ejercicio de nostalgia ni tampoco se trata de que la autenticidad y ajada belleza de aquellos días blasone la tibieza de los actuales, nada de eso, es simplemente un ejercicio de humildad en el que uno se descalza para cruzar ese quicio y entrar en aquel mundo sin mancharlo para purificarse después de tanto camino y tantas mataduras.
    Avelino lo hace con especial tacto y gusto literario. Mi enhorabuena

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